Ellas siguen siendo nada

Autor:

Julio Martínez Molina

No era Bin Laden, sino una niña de 12 años la Osama protagonista de la cinta afgana homónima de 2003, la cual vimos los cubanos hace unos meses.

Al personaje de la pequeña no le quedaba otro remedio que aparentar ser varón, porque el régimen talibán le prohibía todo a la mujer —en ese todo también figuraba trabajar—, y ella debía impedir que su paupérrima familia muriera de inanición, realizando alguna labor que le proporcionase un mínimo jornal. Aunque solo alcanzara para traer una sandía al anochecer a la madre y la abuela.

Hay cosas que nos hacen dudar si somos humanos o una especie de virus letal en fase de mutación (como definiera alguna vez Noam Chomsky ciertas conductas de la especie).

Es preferible ser camello que mujer en el Afganistán que puso en una pica la cabeza de Najibullah, y ahora es controlado —o aparenta serlo— por Estados Unidos, cuya batuta nada ha hecho por subvertir el status quo de indefensión en que se encuentra el sexo femenino en esa nación asiática.

Lo cierto es que, con los hombres barbudos vestidos de negro o con los norteamericanos, las Osamas de la tierra del opio siguen siendo el estropajo con que son lavados los trastes.

Despachos eventuales provenientes de Kabul, materiales aparecidos en medios alternativos, o reportajes realizados in situ para algunos diarios occidentales, dan fe de ello.

En la edición del 2 de noviembre de 2006 de El Periódico de Cataluña aparece uno de estos últimos, titulado Afganas a lo bonzo, que atestigua el elevado índice de suicidio de las mujeres de ese país hoy en día.

Obligadas a ello por la difícil situación económica, la discriminación de que son objeto o el maltrato físico de los esposos —en buena medida intérpretes a rajatabla de doctrinas islámicas que minimizan al género—, a las afganas no les queda otro remedio que rociarse combustible y prenderse fuego. Y se aclara que dicho método de suicidio es el preferido por las sufridas criaturas porque les está prohibido acceder a los somníferos o a las armas.

El reportaje se hizo en la ciudad de Herat, la de más alta tasa de intentos de inmolación femenina en lo que va de año, cuyo hospital registra numerosos casos de ingresos de jovencitas, casi niñas, con quemaduras autoinfligidas como símbolo de protesta por la estructura patriarcal ultramachista del sistema, en nada disminuida por EE.UU.

Una de las fuentes es la joven Mina. El texto asevera que las llagas de la muchacha «convivirán, durante el resto de sus días, con la cicatriz del odio hacia la familia y el hombre con el que se iba a casar».

«Me había prometido con un hombre, pero las que debían ser mi cuñada y mi suegra no me querían y difundieron falsos rumores sobre mí», explica Mina. Escribir una carta de protesta no bastó para que ella evitase el injusto veto impuesto.

Y fue entonces cuando optó por pegarse candela. Solo para «demostrarles que estaban equivocadas», según las propias palabras emitidas al reportero por la muchacha, parecida en su suerte de perros a la Osama del filme.

Así transcurre la existencia de miles de mujeres en el Afganistán al que un día Estados Unidos «iban a llevar la democracia». Llevó a raudales, sangre, destrucción y horror, pero la liberación femenina no era un término que figurase en la agenda del Pentágono.

Osama y Mina siguen siendo nada, al igual que tantas otras, como la golpeada Sabyana, hoy a punto de morir por sus quemaduras, con 18 años, un bebé de dos meses y otro pequeño en la casa abandonada, donde su puesto de hembra será reemplazado pronto.

Productos de compraventa ignorados como seres humanos, objetos siempre dispuestos a tener descendencia preferentemente masculina. Estrellas de luz apagada, eternos ceros a la izquierda en su cosmos infinito de desolación.

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