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Ecuador se dio la elección que merecía

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Solo una afirmación del derrotado candidato de la derecha, Álvaro Noboa, merece recordarse entre tantas barrabasadas de demagógica politiquería con que quiso hacerse de la presidencia: «Los pobres —había sentenciado con su prepotencia característica, apenas unas horas antes de la segunda ronda, el domingo— no son brutos».

Solo él podría pensarlo. Los resultados preliminares demuestran que la altisonante frase es cierta. Al revertir la errática votación del 15 de octubre, dispersa en un abanico distorsionador de 13 aspirantes del que Noboa había emergido como el de más puntuación, el pueblo ecuatoriano mostró su capacidad y se ha adjudicado en las urnas, una victoria que ya había ganado antes en la lucha social y callejera. Dos gobiernos corruptos y entreguistas fueron demovidos en los años 2000 y 2005, respectivamente, por su fuerza. Habría resultado dramático que, a merced del engaño, los ecuatorianos llevaran ahora a un ejecutivo aún peor a la presidencia.

Foto: AP Pero no ocurrió. Nutrido por ese 60 por ciento de personas que se calcula bajo el umbral de la pobreza, aquel mismo pueblo acaba de derrotar al proyecto neoliberal representado en Noboa, y ha abierto la posibilidad de concretar, bajo el gobierno de Rafael Correa, el cambio que añora.

Cuando estaba a punto de concluir el conteo preliminar y cerca del 90 por ciento de los votos se había escrutado, los cómputos mostraban un triunfo contundente del representante de Alianza País, superior al 57 por ciento, donde puede leerse que Noboa (42 por ciento) no logró engatusar al electorado; tampoco pudo sembrar el terror con su campaña de satanización contra Correa.

Se advierte de ahí, el eficaz trabajo político desarrollado en la base y en los niveles medios por las mismas organizaciones sociales y políticas que, desde el liderazgo, manifestaron su respaldo a Alianza País, para hacer la luz en medio de la confusión que quería imponer el empresario del banano. La vida vuelve a demostrar todo lo que puede la conciencia: sin transacciones políticas ni concesiones, el voto en Ecuador se unió para cerrarle el paso a la derecha.

Por otra parte, el programa de Rafael Correa recoge las principales demandas enarboladas por los ecuatorianos: no al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos; salida de la base de Manta de las tropas yanquis en 2008, cuando expire el tratado que autorizó su presencia allí; renegociación de la deuda externa que puede incluir una moratoria; renovación de los convenios de explotación del petróleo para que no prosiga el saqueo trasnacional, y una reivindicación muy sentida para las víctimas de los delincuentes de cuello blanco: el enfrentamiento a la corrupción.

En el quehacer nacional, empero, un propósito será punto de partida: la instalación de una Asamblea Constituyente, indispensable para llevar adelante las necesarias reformas políticas.

El entramado en ese derrotero puede no resultar fácil para Alianza País, que ratificó su desprecio por la politiquería tradicional absteniéndose de presentar candidatos a los comicios legislativos realizados el 15 de octubre, razón por la cual la agrupación de Correa no tiene ni un curul en el parlamento.

Pero, como en otros terrenos, el mandatario electo no ha cedido un ápice. En sus primeras declaraciones a la prensa, el lunes, dijo que el legislativo no será quien defina para materializar la Constituyente, sino el pueblo. «El Congreso debe someterse a los deseos de la ciudadanía», afirmó luego de anunciar que su gobierno convocará a una consulta popular sobre el tema.

De hecho, Correa restó trascendencia a un Congreso que, obviamente, considera símbolo de la «partidocracia» contra la que se pronuncia. Interrogado acerca de una propuesta del ex presidente Lucio Gutiérrez para lograr reformas constitucionales por medio de las cámaras legislativas, respondió: «Sería una contradicción que el poder constituido se convierta en poder constituyente». De esa declaración se desprende que la renovación pretende hacerse desde la raíz.

Son profundos los cambios que se avecinan si Alianza País mantiene, como ha sentenciado su líder, la «apertura al consenso sin traicionar los principios». Y podrá resultar Ecuador otra oleada que se sume a la marea redentora latinoamericana. Mas, para ello también resultará esencial consolidar esa unidad circunstancial fraguada en la urgencia, que el domingo —también en Ecuador— infligió otra severa derrota a la derecha y al neoliberalismo.

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