A golpe de tijeras

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

«¿Cómo llegó el VIH a tu vida?» Tal pregunta, dicha así en pleno almuerzo, disparó toda la adrenalina de mi cuerpo y me llevó —entre sorbos de agua para tragar el susto— en apurada retrospectiva por el último lustro de mi existencia.

Creo llevar una vida estable, me hago pruebas de sangre regularmente y el gong de mi conciencia no ha sonado desde hace un buen tiempo. ¿Sería posible que esa persona supiera algo de mí que...?

Adivinó mi espanto y se apresuró a salvar la madeja de su conversación: «Quiero decir, ¿cómo te enteraste de la epidemia del SIDA, cómo veías a esas personas en aquel momento, cómo percibes tu riesgo personal de contagiarte?».

Suspiré, visiblemente aliviada, y junto al tenedor ordené los recuerdos de mi primera visita a un sanatorio, hace diez años. Volví a ver a aquellos jóvenes «anfitriones» que hablaban de antiguos pacientes con una mezcla de cariño, repulsión y resignación por su dantesca muerte, de la que ellos mismos no tenían perspectivas de escapar.

Hablé de cuántos libros y noticias sobre el tema me he bebido desde entonces, para intentar por mis amigos lo que ellos no pudieron hacer por los suyos. Incluso le conté de cuando un alumno me comparó con su abuela campesina, que cortaba rabos de nube con una vieja tijera y algunos rezos.

«¡Qué falta haría esa tijera ahora!» Por un momento la seriedad pasó de mi silla a la suya, pero se recompuso de inmediato para volver a la carga: «Pero a ver, dime, ¿cómo son para ti esos seres que viven con el VIH en estos tiempos? ¿También les tienes lástima?».

Antes de responder pensé en cuántas y quienes eran esas personas que a ciencia cierta conocía como portadores. Difícilmente alguien pueda decir, en este inicio de siglo, que no conoce a ninguno.

El mayor de mis amigos en esa situación tiene cerca de 70 años, y he luchado con él durante meses para que no caiga en ese dos por ciento de pacientes cubanos que abandona el tratamiento de los antirretrovirales.

«Son seis pastillas diarias, y me dan unas reacciones tan malas...» Pero está muy repuesto, lozano, animoso, y sobre todo agradecido: «La verdad es que el tratamiento mío es de los más suaves. Hay quien se toma más de 20 al día... ¿Y en qué lugar del mundo un jubilado sin familia, como yo, tendría esto?» Arrastra sus chancletas hasta la repisa, abre el pomito y saca su carga de vida. Su pasaporte a la vacuna, como él y muchos le llaman, alimentando con sus náuseas la esperanza.

No, no les tengo lástima. Es un sentimiento que no ayuda. Inmoviliza. Lo dije de sopetón, estirando el mantel de mi lado. Pero mi espontáneo inquisidor imitó el gesto para insistir: «Por supuesto, te crees a salvo de los azares... Al final, la transmisión del VIH es asunto de los otros, los infectados. Los sanos aspiran a contar con su actitud responsable y autoexcluyente para parar la epidemia, ¿no?».

Apenas disimulé el brinco en mi asiento. Claro que no soy tan ingenua como la abuela de mi alumno, pero ¿por qué no esperar honestidad, compromiso, reciprocidad de quienes portan hoy un mal que en menos de un decenio cambió el apellido de «mortal» por el de «crónico»?

No es un alivio que haya salido de la nada. Mucho más que rezos y tijeretazos ha empleado el mundo en esa pelea contra los demonios. Desde el laboratorio hasta el barrio. Desde el adulto diagnosticado, hasta el grupo de púberes que despierta al amor con menos prejuicios y más sentido de sí mismos.

Y yo le doy las gracias a esos amigos especiales cuando me dicen que les va bien con el tratamiento y no lo dejan por nada del mundo, o me muestran una pareja estable y me hacen un guiño para aclarar que se protegen, o rasgan su guitarra en una peña literaria en nombre de la vida, de los sueños, de los afectados por este mal, que somos todos, aunque solo un por ciento esté infectado.

Claro que en esos momentos yo me siento a salvo, lista para la vida, y además del condón, echo un poema en la cartera.

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