¿Buena suerte? - Opinión

¿Buena suerte?

Autor:

Luis Luque Álvarez
Alguna vez escuché que, entre los griegos, existe una peculiar forma de desearse salud y buena suerte: escupirse. Según me confirmó una amiga que vive en aquel legendario país, la costumbre perdura sobre todo entre la gente mayor. ¿Te casas? ¿Conseguiste un buen empleo? ¿Eres agraciada? ¡Pues toma...—¡shuj!—, y felicidades!

Las tradiciones de los pueblos pueden ser realmente pintorescas y exóticas, incluso pegajosas, literalmente hablando. Y lo que a miles de kilómetros podemos tomar como una acción demasiado ofensiva, en otro rincón del planeta es signo de buenos augurios. A lo mejor Pericles, allá en Atenas, agradecería el gesto benefactor, pero Lazarito Machete armaría la gorda en una esquina de Párraga.

Lo curioso es que, por estos lares, también me he tropezado con singulares bendiciones, que deberían ponerme contento, aunque confieso que hasta el momento no puedo, no las tolero. Quizá ejercitándome un poco...

Así, puede que a alguien le parezca que el humo del cigarro es una delicia de la que el resto de los parroquianos no nos podemos privar. Y la comparte «fraternalmente». ¿Cómo guardársela para sí solo, y desperdiciar la oportunidad de mostrarse dadivoso en una parada de guagua, o dentro de la misma guagua, si hasta el chofer lo hace?

Pero entre la variedad de «buenas costumbres», ninguna sobresale tanto como aquella de echarles la basura encima a los demás. Días atrás, caminando por la estrecha y calurosa San Rafael, tuve la impresión de que me llovían confetis o estrellitas. Y no. Eran partículas de polvo, trozos de papel, plumas de gorriones, enredadas en motas de cabellos. Al voltearme y mirar hacia arriba, descubrí que quien me coronaba con toda esa materia era una dulce y desentendida abuelita que, armada de una escoba, dejaba su balcón limpiecito limpiecito, sin importarle que los transeúntes que pasábamos por debajo quedáramos suciecitos suciecitos.

Solo exclamé un sonoro ¡ño! cuando volví la cabeza para seguir mi camino, y me sacudí el pelo. Incluso suspiré aliviado pensando cuánto mejor me fue, en comparación con un amigo al que le cayó al lado una maceta, con cactus y todo. Si el tortazo no lo sacaba de este mundo, las punzantes espinas hubieran sido las encargadas de hacerlo...

No puedo pensar, desde luego, que la viejita de la escoba haya barrido sobre mí de modo intencional. Tal vez alguna rara tradición reza que es justo y necesario lanzar los desperdicios al descuido, y vaya bien el que los reciba en su cabeza. ¿Será por ahí que viene aquella extraña cuestión de que, si un pajarito hace la gracia sobre la camisa de uno, le irá bien? Pues claro que le irá bien... ¡al pajarito! En lo que a mí respecta, que siga de largo y me deje en paz, que no deseo llegar al trabajo con ese distintivo encima.

Hago extensiva esta misma invitación a algunos moradores de las plantas altas, que por no sé qué curiosa razón creen que les hacen un favor a los de los bajos, bautizándoles la puerta recién pintada con el agua con que baldean sus pisos. Y no olvido a los que, descreídos de que la manzana le cayó efectivamente a Newton en el cráneo, cada día hacen el mismo experimento, arrojando hacia abajo pomos plásticos o de cristal, zapatos descosidos, tenis enteros sin su par, papas podridas, huesos de pollo, gallinas negras folclóricamente muertas, cabezas de muñecas, cuerpos de muñecas decapitadas, barras de plomo, yunques de 50 kilogramos, en fin, una variada oferta que, además, provoca un sobresalto cuando llega al suelo.

¿Pensarán acaso que, como los griegos que reciben su húmeda bendición, uno debe estar agradecido? Pues no, sino dolido por la poca atención que le prestamos al bienestar del prójimo, empleando el estilo «¿le molesta?; que se mude».

¡No, no! Si le molesta, ¡no se lo haga, señor mío! ¿Cuesta tanto ponerse en el lugar del otro, y darse cuenta de que, si un martillazo en el dedo gordo me dolerá, también mi semejante, que tiene dedos y nervios, pegará un brinco?

Cuidado entonces con las escobas, las macetas, los yunques y los salivazos. ¡Que aquí nadie es griego...!

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