¿Adónde va el humor?

Autor:

Juventud Rebelde
«El cubano tiene tremendo sentido del humor», me comentó un vecino, cuyo hobby principal resulta asistir a los lugares en que se presentan humoristas durante las noches habaneras, por donde, según él, «pasan los mejores y los más completos». Mi vecino se refiere a los lugares menos concurridos por la mayoría. Yo difiero con respecto a los pesos, y no hablo de la moneda, sino de los pesos completos dentro del humor. Como le comenté a mi amable interlocutor: «No son todos los que están, ni están todos los que son.»

No quisiera entrar en los ya cacareados temas del cuero, las malas palabras, el hacer la noche con... el hablar de... o desacreditar a... Hay cosas mucho más importantes. Preguntarnos (comenzando por los propios creadores) si son suficientes justificaciones el período especial o la caída del campo socialista, para la depauperación de la creación humorística. Mientras se desarrolla el teatro dramático, se eleva el nivel en la creación musical de todo tipo, el cine siente el empuje de jóvenes creadores, el ballet, la literatura, en fin, mientras el arte evoluciona y revoluciona, son cada vez menos los humoristas que se interesan por la búsqueda de una creación renovadora, interesante y sobre todo inteligente.

Quien comenta, valga la aclaración, no lo hace desde la acera de enfrente, sino desde el centro de la cuestión, desde el corazón de la institución que debe representar a la vanguardia de la escena humorística, donde desgraciadamente no son todos los que están, ni están todos los que son. Soy además, de los que prefiere renunciar a los halagos superfluos y asumir la crítica en función de su crecimiento artístico y personal.

Le conté a mi vecino del espectáculo Aquícualquier@, de Osvaldo Doimeadiós, de La divina moneda; de Ciclos, del desaparecido grupo Salamanca, Marketing, de Humoris causa, y otras propuestas realizadas durante el más recio período especial y que constituyen ejemplos de auténtica creación humorística. Le hablé de estos y otros humoristas, a los que al decir de Julián González, presidente del Consejo Nacional de las Artes Escénicas, los defiende su obra. Ellos no son de los que mayormente se ven en los centros nocturnos, o solo realizan esporádicas presentaciones en estos lugares; sin embargo, continúan un trabajo escénico trascendental, porque de eso también se trata, de trascender... por supuesto, de manera positiva.

No hay que olvidar que la mayoría de los que en la noche se ríen con el chucho, bajo los efectos del trago, mañana comentan en la sobremesa (y otros espacios) la falta de recursos, respeto e inteligencia que tienen algunos humoristas para hacer sus chistes.

Romero (que es el nombre de mi vecino), me insistió en el tema del humor en el cabaret. La desaparición de este género, un medio donde se lucieron grandes artistas, considero está ligado a varias causas.

Reflexionemos un poco: hace algún tiempo, cuando todavía ni por asomo aparecía el período especial, los grandes humoristas eran también respetados por sus desempeños dramáticos; recordemos a Carlos Moctezuma, Juan Carlos Romero, más cercanos Natalia Herrera, Aurora Basnuevo, Mario Limonta y otros con menos presencia en el drama pero respetados por igual como Arredondo, Chaflán, Eloísa Álvarez Guedes o el inolvidable Idalberto Delgado, entre muchos otros; me cuentan (yo era muy joven para asistir a un cabaret) que se presentaban variedades, y hasta espectáculos completos donde el humorista establecía una comunicación especial con el público, sin renunciar a la jocosidad, ni al mero entretenimiento, partiendo siempre del respeto que mediaba entre artista y espectador.

Primero: el cabaret del que me hablaron, ya no existe; este ha sido sustituido por los centros nocturnos donde las condiciones para realizar espectáculos son casi nulas, si tenemos en cuenta que ni siquiera los trabajadores de esos espacios están preparados para asumir un hecho artístico real, ni qué decir del sonido y las luces, y en muchos casos del espacio, que no está diseñado para una propuesta artística de calidad; y la dirección de muchos de estos lugares tiene gustos que difieren de los entendidos en el tema, porque sigue interesando más tener llenas todas las mesas, que mostrar una propuesta artística con un valor real.

Segundo: el público. En lo único que tienen razón (con respecto al público) los humoristas que optan por el facilismo y la falta de elaboración, es que hoy nadie se ríe con los chistes de los 80, pero eso no significa que cambió el público.

En mi opinión cambió el contexto social, cambió el espacio, cambiaron las fuentes de la creación, y eso presupone un esfuerzo superior si quieres mantener un nivel, e inferior si te conviertes en un mercenario del chiste, y lo digo con conocimiento de causa. La gente es capaz de asumir una buena propuesta porque sigue teniendo la agudeza suficiente para saber quién es quién, pero sobre todo porque tiene patrones de referencia.

Es muy difícil hallar una línea casi infinita para hacer reír como la que encontró Antolín, que no se parece a nadie, o sacar todo lo que pueda dar una situación, a golpe de histrionismo, como lo hace Doimeadiós, dueño y señor de la creatividad humorística.

Es este el tercer aspecto a debatir: es muy difícil ser artista. Estamos hablando del respeto que se gana alguien por su trabajo, limpio en todo sentido, sin lugares comunes en la creación, sin temor a no ser el más gracioso. Trabajar por ser el más auténtico, luchar no por ser el que más gana, sino por quedar en los demás.

Terminará nuestro paso por la escena, y antes que termine nuestra vida veremos como otros nos aventajarán en juventud, agilidad, creatividad, destreza comunicativa, y entonces dejaremos de llenar lugares y los directivos tendrán otros favoritos que si no se preocupan por eso, por quedar en los demás, encontrarán el ocaso de una carrera que nunca arrancó, y solo les quedará decir como algunos dicen hoy: «de mí nadie se acuerda, pero yo era...» No como otros a los que el respetable les llama maestros, esos seguirán siendo los humoristas de siempre, los artistas de la gente, como le explicara a una amiga argentina la vendedora de flores del humor club Cocodrilo refiriéndose al humorista de la noche: «A él lo queremos mucho, porque es artista, y un artista, es alguien nuestro».

¡Qué lástima, no siempre es así! Alguien del público puede acercarse para pedirle al «cómico de la noche» que le ponga el dedo, pues anda con una chica nueva, y esto le favorece en su afán de conquista porque lo marca como muy conocido dentro de la farándula, o algún personaje «vip» que en el mejor de los casos piensa que pagó una suma suficiente para que se le haga el chiste que quiere disfrutar, esté o no en el programa.

¿Será que el público cambió? pues no, el hecho de que algunos hayan maltratado el humor, llevando incluso a los teatros propuestas no muy convincentes (ni siquiera en intención) puede confundir (y alentar) la mente de los que van a «pedir sangre» hasta en el más selecto escenario.

No quiere decir que el respetable cambió su gusto. Es solo cuestión de inteligencia, no del confundido, sino del creador.

Mi vecino, digo, Romero, desconoce el trabajo teatral de muchos de los humoristas que no aparecen en su lista, y se sorprendió cuando supo que la gran mayoría de sus favoritos no pertenece al Centro Promotor del Humor.

Ahí no tuve más remedio que repetir el leit motiv de este comentario: ¡Romero... porque no son todos los que están, ni... bueno, ya ustedes saben!

Estas consideraciones no buscan la aprobación unánime de artistas ni directivos. Ojalá sirvan de punto de partida para debates profundos por parte de los creadores y de los responsables de las instalaciones nocturnas tan distintas a las de antes, pero tan necesarias en el presente.

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