Julito, el «Dequi» - Opinión

Julito, el «Dequi»

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

«Les regalo una idea», dijo, y recordó, con el viejo Inmanuel Kant, que «cada ser humano, al estar dotado de razón, constituye en sí mismo un fin», por lo que nadie puede ser obligado a pensar con cabeza ajena, y los principios, por más justos que sean, no deben ser dogmáticamente impuestos.

El Aula Magna, repleta de alumnos, familiares, profesores y amigos, lo escuchó como todos los años, con la admiración y el afecto que solo ganan los buenos. Fue este viernes, en la graduación de 410 licenciados en Periodismo, Comunicación Social y Bibliotecología, la promoción más grande que la Facultad de Comunicación ha alcanzado en su cuarto de siglo. Pero igual sucedió el año pasado, el anterior, y otros tantos, desde que Julio García Luis guía los rumbos de este hogar de pensamiento en la Universidad de La Habana.

«A mí me dan ganas siempre de salir a abrazarlo», me confió bajito una veterana maestra. Otro docente, joven, lo miraba con los ojos brillosos. Y sus alumnos, callados, recorrían tal vez los pasillos de la vetusta casa de estudios en G y 21, donde el «Dequi» rige sin mandar, enseña sin aparentarlo, ama y sufre hasta el delirio.

Yo no pude evitar volver a mi propia graduación, hace tres años, cuando nos aconsejó que intentáramos saberlo todo, porque solo así llegaríamos a conocer algo. U otro acto similar, en el que aseguró que cada nuevo licenciado era como una saeta que la Universidad disparaba hacia el futuro de la nación. Flechas del conocimiento, de la virtud, del compromiso.

Julio, o Julito, como lo llaman en el gremio de la prensa, es un decano sin oficina. La suya es más bien un corredor abierto, adonde lo mismo llega un estudiante a imprimir un trabajo, que pasa una amiga a saludar, que un empleado se detiene a compartir un buchito de café.

Me parece estarlo viendo en el aula, pausado y firme, persuasivo y enérgico, diciendo como un secreto de campesino sabihondo las artes del buen periodismo. O en la cosecha de papa —short, sombrero e inseparable camarita fotográfica—, trabajando y riendo con sus estudiantes.

Lo evoco con esas manos rudas de linotipista madrugador y una letra casi perfecta de escriba medieval. Jamás alardeando de su sobrado talento, jamás aplastando con su autoridad el criterio de los principiantes.

En los periódicos hablan de sus años de cronista, cuando salía con Fidel y luego llevaba a letras queribles la epopeya de la Revolución. Muchos recuerdan cómo dirigió —con digno afán— la Unión de Periodistas de Cuba en las horas cruciales de finales de los 80 y principios de los 90. De él partieron tantas ideas para hacer un periodismo más militante y bello... De él emanaron cuántos sentidos para que la «herejía cubana» sobreviviera aun atravesando las más finas y tensas cuerdas.

Después, una nueva tarea. Y como soldado de fila estuvo en el diario Trabajadores y luego en el mundo de la Academia. Ya lo conocía, porque fue de los pioneros en Cuba en reflexionar sobre la opinión periodística. Pero en este momento le entró de lleno, con la humilde constancia que en él produce teoría.

«¿Dónde está la Facultad?», preguntó ayer en el Aula Magna. Más que en las gastadas y calurosas paredes del recinto universitario, está en el esfuerzo de los padres para traer hasta aquí a sus hijos; en el Partido, los medios de comunicación, las bibliotecas, las empresas, los organismos que apoyan sinceramente la misión educativa; en cada uno de sus graduados, esté donde esté, abriendo con el diálogo y la persuasión el camino de los grandes empeños.

Y la Facultad, pienso, está también, estará por mucho tiempo, en los desvelos de su Decano, de Julito, el «Dequi».

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