Asaltar otros muros

Autor:

Juventud Rebelde

Rondaban los 20 años. Quizá solo dos tenían más de 30 —y eso también era tener la vida por delante—. Atravesaron la Isla del oeste al este, algunos a solo horas de la acción, porque ser nuevos en el escenario también formaba parte de la sorpresa. En cuanto a armas, habían empezado de cero, comprándolas en tiendas convencionales, haciéndose pasar por simples comerciantes. En cuanto a prácticas, las hicieron en varios puntos de La Habana, también haciéndose pasar por hombres de negocios o aficionados a la caza.

El arresto, la discreción y la disciplina les acompañaron como aura. Decidieron disfrazarse de militares. Aquello tendría que parecer en los comienzos una sublevación de sargentos, para confundir al gobierno durante unas tres o cuatro horas, y para magnificarse después, con el armamento tomado en la guarida y repartido entre el pueblo de Santiago.

Los uniformes serían hechos tras las puertas de casas clandestinas. Y otros —porque la buena estrella también funciona en historias de este tipo— serían conseguidos por un militar del ejército en el poder.

Se identificarían entre ellos por los zapatos de civiles. No tenían concebido un plan de retirada, justamente porque una mole como el Cuartel Moncada solo podía tomarse mientras sus ocupantes dormían, y en el plan no había otra opción que sacarlos al patio, a medio vestir y desarmados, estupefactos en el frío de la madrugada.

Ya sabemos que el factor sorpresa falló. Un detalle —el merodeo de dos guardias en esos días de fiestas, algo inusual que los asaltantes no previeron— desató la avalancha del revés. Ya sabemos que muchos fueron capturados y asesinados; y que hubo episodios insólitos, como la aparición del teniente Sarría, persona honesta que impidió mataran a Fidel cuando fue tomado prisionero y que solo sabía murmurar algo que quedó para la historia: «Las ideas no se matan...».

Parece todo esto cosa de novela. Mas fue real, aunque parezca inverosímil, del mismo modo que resulta una verdad asombrosa ese barquito sobre el cual navegaron 82 soñadores, y uno todavía se pregunta cómo.

He estado más de una vez parada al pie del Cuartel Moncada. Y confieso que ante esos muros enormes, hechos para sugestionar a cualquiera, he tenido que reverenciar el coraje casi demencial de aquellos muchachos que en su mayoría, más que por argumentos teóricos, estaban alentados por un elemental sentido de la justicia.

Ahora es fácil contarlo, leer cómo ese suceso comenzó a cambiar las cosas. Pero haberlo vivido, elegir ser partícipes sin otra garantía que la muerte, solo es algo que regalan las circunstancias y la fibra más íntima de cada cual.

Es una gran suerte que la Revolución tenga en sus cimientos tanta entrega, pureza, tanto soñar y audacia. Tanta imaginación y frescura. Aquellos instantes duros —con otros precedentes y los que vendrían después—, marcaron una nota muy alta, fueron inspiración de un devenir cuyos triunfos, y bien lo sabemos, no son per se.

Las motivaciones de aquellos combatientes de la Generación del Centenario siguen en pie: lo dieron todo para que los suyos nunca más fueran humillados en una esquina con un culatazo; para remontar masivamente siglos de ignorancia; para que un cubano no mirara al otro por encima del hombro; para que el oscuro color de la piel dejara de ser una maldición; para que las mujeres no fueran carne del abuso; para que los niños sonrieran; para que el trabajo y la creación fueran el camino de los ciudadanos decentes al bienestar; para desterrar el egoísmo, la prepotencia, la impotencia, la desesperanza.

He meditado, como tantas otras veces, en que la historia no nos perdonaría traicionar aquella impronta, adocenarnos en un universo donde la suerte prueba a diario que el pasado y sus malas cosas gustan de volver y acechar como fantasmas. Sería terrible no diseñar ahora las tácticas de las pequeñas victorias una vez que hemos tomado el cielo por asalto.

Sería inexcusable, me he dicho en estas horas simbólicas, temer y no seguir saltando por encima de los abismos; no seguir revelándonos contra las fuerzas retardatarias; no «jugárnosla» apasionadamente mientras asaltamos otras moles (a veces invisibles pero tan dañinas), en esta carrera de fondo y sin límites que es hacer Revolución.

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