Las plumas de Galileo - Opinión

Las plumas de Galileo

Autor:

Luis Luque Álvarez

«Sin embargo, se mueve…», dicen que musitó bien bajito el viejo para que los inquisidores, complacidos con su «marcha atrás», no se dieran por enterados. Mejor ser discreto, y librarse de ser convertido en humeante chicharrón, ¿no?

Dicen que dicen… Y por decir, muchos universitarios de la Unión Europea, en una encuesta de los años 90, dijeron, que el eminente Galileo Galilei, defensor del heliocentrismo (el Sol como centro del sistema, y los planetas orbitando en torno suyo), había muerto en la hoguera. El 97 por ciento estaba convencido de que había estado en la cárcel, y que le habían apretado las tuercas…

La historia así contada, sin matices entre «buenos buenos» y «malos remalos», ha llegado al presente en versión incuestionable; ¡casi un dogma! Pero las verdades no nacen de elucubraciones, sino de contrastar evidencias favorables y contrarias; eso es dialéctica. Apagar el análisis de unas y darles aire a las otras es fomentar el mito, «irse con la de trapo», montarse en la primera guagua que pase, aunque uno vaya para el Cotorro y aquella para Alamar…

Cuenta una fábula que un jovenzuelo cuya debilidad era propagar calumnias, acudió a un sabio en busca de consejos para remediarla. «Toma las plumas de una almohada y riégalas al viento», le pidió, y así lo hizo él. Después le ordenó: «Ahora ve y júntalas todas nuevamente». ¡Imposible tareíta! Así como imposible, sentenció el viejo, es detener las falsedades una vez que han comenzado a esparcirse…

Cojamos al vuelo algunas de esas plumas: una de ellas trae grabado que Galileo fue condenado por ser partidario del heliocentrismo. ¡Pero vamos! En su época —la primera mitad del siglo XVII— varias universidades europeas ya enseñaban dicha hipótesis lo mismo que la de Ptolomeo (la Tierra como centro, y el Sol y comparsa girando), al gusto del consumidor. Eso sí, como ninguna de las dos había sido demostrada, quedaban solo en ese escalón: el de hipótesis.

Sin embargo, Galileo, en su obra Diálogo sobre los principales sistemas del mundo, de 1632, insistió en dar el heliocentrismo como irrevocable, pero basado en un argumento fallido: las mareas. Para el astrónomo, estas no se debían a la atracción gravitatoria de la Luna, ¡que es lo que sucede realmente!, sino al movimiento de nuestro planeta, que «dejaba atrás» a las aguas. Un error, sencillamente. Como el que cometió en 1618, cuando dijo que los cometas no eran objetos reales, sino «ilusiones ópticas». ¡Al mejor escribano se le va un borrón…!

Veamos otra «plumita»: ¿Cárcel? ¿Tortura? La evidencia histórica muestra que en los días del proceso legal de 1633, nuestro hombre —gente de influencias—, se alojó en Roma en una confortable casona junto a los jardines vaticanos. Por cierto, y ya que se habla de «condena», ahí va: arresto domiciliario en su casa de Florencia (donde murió, tranquilito, a los 78 años) y prohibición de su obra sobre el heliocentrismo como verdad absoluta hasta que fuera demostrado. ¡Si esto último no es un saludable principio científico…!

En cuanto al «sin embargo se mueve», agarrémonos bien de la silla: ¡no es de Galileo! Se le ocurrió a un periodista italiano con fama de fantasioso: Giuseppe Baretti, en 1757, tal vez inspirado en un lienzo del español Murillo, de 1640, que representaba al astrónomo en una celda donde, a modo de grafitti, aparecía la mentada expresión.

Pero las plumas obedecen el capricho del viento. Se alejan más y más, y dejan atrás a la objetividad. Y a la justicia…

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