La jungla

Autor:

Julio Martínez Molina

No, no voy a hablar aquí de La Jungla, la obra de Wifredo Lam, sino de otra, la de asfalto en variante de tránsito.

Permitan los lectores personalizar el inicio de la historia. Recién pasé las de Caín para hacerme de la licencia de conducción, la segunda, la de motor grande (en jerga técnica ni sé cuál es, lo juro) y no la de paseo que poseía hace diez años.

Como las mujeres de Almodóvar, estuve al borde de un ataque de nervios al desaprobar los dos primeros exámenes prácticos. Hasta que al fin…

Confieso que aunque, entonces, entendía el rigor de quienes examinan, no aquilataba su dimensión con la totalidad de miras que ellos lo hacen.

No se llega aquí al extremo de cierto país en el cual, de acuerdo a una información publicada en la sección Hilo Directo de Granma, una frágil viejecita debió pasar la prueba cerca de 800 veces, pero se trabaja con celo, diligencia y responsabilidad.

Mas el problema no está ahí. La cosa empieza luego en la calle, cuando se olvidan reglas, son pasadas por alto las normas e impera la ley del más fuerte. Esto es la rastra que se atraviesa, el camión parado en la esquina que hace imposible la visibilidad del conductor de la transversal, el ladrón de vía, el ebrio al timón…

El comodín del indisciplinado vial es «a mí no me va a pasar». Pero el accidente llega, tarde o temprano. Y lo más penoso es que no solo lo implica a él, sino al inocente que queda lastimado, dañado física, material y emocionalmente, o incluso muerto a causa de un simple apuro, una «travesura» o una mera demostración de fuerza tan vista en tanto estúpido «vehiculizado».

Nunca he abogado por los extremismos, en nada. Y en Cuba están bien delimitadas las medidas de los agentes de tráfico contra los infractores.

Pero al parecer se hace necesaria mayor energía en su aplicación, porque si tuviéramos la intención de publicar aquí la lista de irresponsabilidades que han derivado en pérdidas económicas y de vida a través de los años, no habría periódicos para hacerlo, de tan comunes y reiteradas.

Mayor acción restrictiva contra ese negligente que se coge in fraganti: eso siempre es al menos tan importante a nivel social como revisar la licencia u otros procederes de rutina.

Si a las malas mañas de los depredadores del asfalto, sumamos la ligereza de ciertos conductores de coches o bicicletas, los baches y la insuficiente señalización, los cuatro jinetes del Apocalipsis para quien conduzca un volante en Cuba —para no hablar de las calles canibaleadas entre agujeros y zanjas cavadas al arbitrio privado, los desniveles de las carreteras, centenares de perros sueltos, la hez equina derramada, el aceite vertido por equipos sin las condiciones para transitar—, llegamos a una conclusión que no por colegida se hace menos dura de digerir: manejar supone difícil carrera con obstáculos.

Todo por su nombre. La misma ignorancia o mala leche apreciada en muchas personas en diferentes expresiones de la vida cotidiana es traspolada al hecho asfáltico.

Hay quienes proyectan los vacíos de su existencia mediante el enojo al timón; otros, por el contrario, sus triunfos económicos —ahí entra el nuevo rico con sus equipos adquiridos a miles y miles— mediante una alegría desbordante a ritmo de «Soy un animal» en la reproductora.

Viene luego lo de todos sabido. Pero ni cinco ni cien años de cárcel pagan ninguna vida inocente.

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