Soliloquio del desamor

Autor:

Marina Menéndez Quintero

No, no hablo de la partida del ser amado a sitios lejanos, una ausencia que enciende y hasta sublima aquella pasión ya un poco apagada.

Digo ese otro alejamiento que, sin mediar conclusiones, incluso cuando la «partida» no es un hecho consciente aún, se adivina en cierta frase, en aquel gesto, en ese tono rudo de la voz que no se sabe bien al principio por qué, pero ya no es tan tierna…

Sobrecoge entonces palpar lo que antes parecía cosa de las victrolas y ahora provoca el sustillo que da la certeza de lo inevitable; la gravedad de lo que aparentemente no tiene marcha atrás: sí, el amor se acaba.

Comprobarlo puede significar una carga de demolición tan pesada que sería capaz de aplastar el alma si no fuera porque, en los umbrales de la vida, tal encontronazo con la verdad puede sobrellevarse gracias a ese eterno mañana que siempre tienen delante los jóvenes, soñando con lo por venir; sabedores de que otra ventana se abrirá apenas despunte el alba.

Cuando se ha caminado por la vida algún trecho, el dolor tremendo del amor perdido puede echarse a la espalda también, solo que ocurre al revés. Como el futuro no parece ya tan ancho ni promisorio, corren en auxilio del sorprendido objeto del desamor los romances mozos; alguno desventurado tal vez, pero envuelto todavía en ese papel de celofán donde la memoria atesora lo que no pereció desgastado. Ese amor decapitado, a lo mejor de cuajo, sin chance de sacar a flote lo que también hubiera terminado matándolo a la vuelta de unos años, podría ser la tabla de salvación para compensar la noticia de que el amor «imperecedero», lamentablemente, se desvaneció. ¡Ah, qué sería de los mortales sin los recuerdos!

Joven o entrado en años, el aludido no podrá evitar entonces preguntarse desde cuándo habría empezado a derrumbarse la pasión de eso que todavía esta mañana parecía indestructible, y que aún podría sobrevivir; solo que resultaría como esos edificios que conservan intacta la fachada, pero con estructuras incapaces de tenerlo en pie.

¿Dónde se habrían detenido las olas que, como describiera el ecuatoriano Jorge Enrique Adoum en un poema, les envolvían y dejaban, luego, exhaustos en la arena? ¿Dónde se congeló la sonrisa al descubrirse en el lugar en que no se esperaban? ¿Por qué, en fin, tuvo que acabar el deslumbramiento?

Insistente, el sentimiento seguirá tratando de hallar explicaciones que no encuentran asidero en el raciocinio, hasta que llegue otra vez el oleaje que arrastra y revuelca. ¡Qué bueno ser llevados y traídos así! Todo, menos el peligroso retorno del mar a la calma.

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