La nación y el individuo

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Una sociedad verticalizada propende a un individuo verticalizado. Las personas requieren descubrir primero sus propios horizontes para después, como las sociedades, horizontalizarlos; o sea, hacerlos coincidir con la bendita y venerable extensión social.

Me gusta la apreciación de un analista que en fecha reciente replicaba uno de mis comentarios. Para este, a veces se ha olvidado que antes de ser ciudadano se necesita, inexorablemente, asumirse en la condición de individuo.

El ser humano considera, se trasciende a sí mismo hacia la búsqueda de su sino, su individualidad, su otredad con respecto al otro y lo otro, y solo después decidir, desde la independencia de criterio y según sus intereses como individuo, pertenecer a un proyecto de conjunto social, para el cual tendría que cultivarse la actitud de ser ciudadano.

La celebración, el pasado 4 de abril, de los 50 años del parto unitario de la Juventud Comunista cubana, hacía recordar una idea esencial de nuestro Héroe Nacional. Para Martí cuando se es inteligente se produce. No se adapta, se innova: la medianía copia; la originalidad se atreve.

El Apóstol cubano, se ha recordado por estos días, señalaba que la juventud es la edad del crecimiento y del desarrollo, de la actividad, y de la viveza, de la imaginación y el ímpetu…

Y el ímpetu es un estado espiritual. Que anida primero también en los individuos, y a través de ellos en las naciones. Cuando se logra elevar de la modorra al impulso, del sopor al arranque majestuoso y constructivo, los pueblos alcanzan su mejor estado espiritual.

El prominente jurista alemán Rudolf von Ihering, un venerable a quien la ciencia del Derecho debe importantes contribuciones, como he recordado aquí, apuntaba que una nación es finalmente la suma de todos los individuos particulares, y según estos sienten, piensan, obran, así siente, piensa, obra la nación.

Una sociedad solo es el resultado de la comunidad de objetivos de los individuos. Así que aquella que pretendiera negarlo estaría privándose de la más esencial de sus partes, y sufriría una lamentable amputación.

Por ello, ya defendí en este espacio la idea bolivariana de que el sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce la mayor suma de felicidad posible. Y la felicidad, como es lógico suponer, solo alcanza una medida subjetiva en el sentir de cada individuo. El Libertador agregó también a su idea del Gobierno perfecto: la mayor suma de seguridad posible, y la mayor suma de estabilidad política.

Por ello estimula que las decisiones de la actualización apunten a enaltecer la esencia del verdadero ideal socialista. Aquel en el que más allá de las experiencias políticas concretas en su búsqueda, no puede identificarse con la pretensión de anular al individuo.

Es preciso acudir nuevamente a la carta del Che a Carlos Quijano, editor del semanario uruguayo Marcha, en 1962. En la misiva el Che señalaba que es común escuchar en boca de los voceros capitalistas, como un argumento en la lucha ideológica contra el socialismo, la afirmación de que este sistema social o el período de construcción del socialismo al que estamos nosotros abocados, se caracteriza por la abolición del individuo en aras del Estado.

A la Cuba que reconfigura los alcances de su socialismo no se le puede negar el propósito manifiesto de conciliar cada vez más los intereses de la sociedad con los del individuo, que por las circunstancias políticas e históricas en que se ha levantado la Revolución, sufrió reconocidos déficits.

Están ahí para afirmarlo, entre otras señales, la actitud proclamada al más alto nivel de que el Estado no debe interferir en las relaciones entre los ciudadanos, la apertura al trabajo por cuenta propia y la cruzada que le acompaña contra aquello que pudiera frenarla, la reciente firma de decretos  para la compra venta de vehículos y viviendas entre personas naturales y extranjeras, los pronunciamientos rotundos contra los prejuicios religiosos o de otra índole, y contra la incapacidad de aceptar las opiniones divergentes, así como los anunciados cambios en la política migratoria.

Pero la ingenuidad no puede llevarnos a creer que solo las experiencias socialistas han cometido este pecado de invadir al individuo. No faltan fundamentos para afirmar que la gradual intromisión del Estado en los actos de estos es uno de los dilemas más acuciantes del mundo actual.

Tal vez la única solución está en que frente a tan aberrante importunación lo único que queda es seguir edificando la idea de la sociedad humanizada de Carlos Marx.

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