Siria: el plan de paz que no se concretará

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

La paz en Siria parece una quimera. Fracasó la iniciativa del enviado especial de Naciones Unidas y la Liga Árabe, Kofi Annan, para frenar la violencia e impulsar un proceso de diálogo político. Los grupos opositores armados, alimentados con hombres, dinero y armas procedentes de países de la región y el apoyo político y diplomático de las potencias occidentales, continuaron sus ataques y acciones terroristas. Ante esta situación, era demasiado pedirle a Damasco que retirara sus tropas y sacrificara la seguridad y estabilidad nacional.

Una vez convencido de que su iniciativa no avanzaría, Annan convocó a una reunión en Ginebra, en la que participaron los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Rusia y China), Turquía, Kuwait, Qatar, Iraq, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon y la representante de Política Exterior de la Unión Europea. El objetivo era reanimar la opción de una salida negociada a la crisis.

Involucrar a naciones fronterizas y otras de peso e influencia en el conflicto, como quería Rusia, fue una decisión muy atinada. Sin embargo, hubo dos ausencias notables: Irán, aliado de Damasco que procura una salida al conflicto sin intervención extranjera, y Arabia Saudita, enemigo que no solo apoya la opción bélica, sino que la implementa entre bambalinas.

Washington, Londres y París se negaron a que Teherán, víctima de una campaña difamatoria contra su programa nuclear, estuviera presente en la cita, a pesar de los deseos del propio Annan. La voz saudita estuvo representada por la qatarí.

El plan que salió de Bruselas, no sin escollos, prevé un Gobierno de transición que incluiría a integrantes de la actual administración y de los opositores, se encargaría de supervisar el proceso para promulgar una nueva Constitución y convocaría a elecciones. Para EE.UU. está implícita la idea de que Bashar Al-Assad en algún momento tendría que dejar el poder, pero Rusia —apoyada por China— se encargó de hacer valer que solo los sirios pueden decidir el destino de su país.

Rápidamente, Washington exhortó a Al-Assad «a irse», aunque el documento no dijera que el presidente sirio debe ser excluido de la transición.

Para que el pueblo sirio pueda decidir su futuro es imprescindible frenar la violencia. La paz será inalcanzable si los contendientes siguen renuentes a deponer las armas. También es necesario que Arabia Saudita, Qatar, Turquía y las potencias occidentales dejen de apoyar a los opositores armados. La reunión de Ginebra, antes de abrir el camino a una Siria pos Al-Assad, debió presionar a estas naciones para que no actúen de manera tan negativa en el conflicto.

Por otra parte, el diálogo ha sido imposible. El Gobierno admite esa posibilidad, pero se opone a negociar con quienes considera ajenos a los intereses sirios y además se oponen al nuevo plan. Sin embargo, los grupos no comprometidos con agendas foráneas han aceptado dialogar.

Dos días después de la reunión de Bruselas, grupos opositores se dieron cita en El Cairo, Egipto, bajo la sombrilla de la Liga Árabe. Allí no se habló de paz, sino de enfrentamiento armado. Los 250 miembros de la oposición acordaron respaldar al denominado Ejército Libre Sirio (ELS) hasta la caída de Al-Assad. Burhan Ghalioun, exiliado en Francia y ex presidente del Consejo Nacional Sirio, reclamó la entrega de armas al ELS. Eso es lo único que esperan de la ONU, dijo.

Según un plan de transición para nada claro —al que llegaron después de agrias disputas propias de una oposición fragmentada y sin líder—, el gobernante partido Baaz sería disuelto y se excluiría a Al-Assad y otros altos funcionarios de un futuro proceso de transición. Es lo mismo que defienden sus financiadores occidentales.

No obstante, esos socios externos esperaban más; por ejemplo, que la oposición salvara sus discrepancias y se uniera, de manera que pueda ser presentada como una alternativa viable ante Al-Assad. Pero no ocurrió, y la trifulca llegó a los puños. Grupos como el Consejo Nacional Kurdo abandonaron las sesiones.

También saltó una vieja discrepancia: unos creen que solo los sirios deben derrocar al Gobierno; para otros, la ayuda militar extranjera es esencial.

La reunión de El Cairo no fue más que un boicot a lo acordado en Ginebra. Y no es el único. Este viernes, París acogerá la tercera edición de la conferencia de los mal autotitulados «Amigos del pueblo sirio».

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