Un día cualquiera del vendedor de libros

Autor:

Melissa Cordero Novo

«Vende a la vez que sueña.
/ (…) Tiene los ojos hinchados
de mirar sin ver,/ y
los tímpanos carcomidos por
palabras esdrújulas…».

Alexis Díaz-Pimienta

Pedro tiene los pies cansados de colocar sus pasos sobre los pasos de ayer. No recuerda bien su nombre, y puede llamarse hoy Damián y mañana Ricardo. A Pedro (que no sé cuál era el mote de turno aquel día) solo le interesa llamar la atención de los clientes con las letras que trae debajo del brazo, y sacarle un buen precio a los libros, un precio que le permita tener monedas para después, para las noches, cuando el dolor de las piernas sube desesperado a atormentarle la cabeza; para después, cuando ni Balzac ni Stendhal son capaces de atenuar la inconsistencia de la vida.

Las mañanas llegan demasiado rápido en casa de Pedro, donde, aunque él no lo aprecie demasiado, hay literatura desde los rodapiés hasta el techo. Quizá los calderos cocinen solos las recetas, tal vez alguno de los Páramo cabalgue perdido entre los cuartos, o El principito le balbucee secretos a sus hijos. Pero amanece antes de que a Pedro se le baje la hinchazón en los tobillos. Se viste. Sale a la calle con la mochila y las manos llenas de letras.

¿De dónde ha salido este Pedro que cultiva pregones para los bestsellers, y que conoce de gustos rebuscados y de los clásicos escritores que no tuvieron un destino más flamante que el suyo? ¿Por qué Pedro prefiere desandar la ciudad vendiendo libros en la era de los discos compactos, de las cafeterías por doquier y los suvenires para que los extranjeros se lleven consigo un pedazo de Cuba? ¿Quién es este Pedro?: Pedro errante, caballero náufrago de su tiempo, un salvador que intenta también salvarse.

Era de noche cuando llegó hasta nosotros. No lo vimos acercarse, aunque tal vez alguna letra jugueteó medio escondida con nuestras sonrisas. Venía con el semblante pálido y la voz adormecida, pero con las carátulas al aire como trofeos de guerra. Se acercó despacio. Fue directo a nuestra mesa, entre tantas otras que había en F y 13. ¿Acaso advirtió nuestra debilidad por la buena literatura?, ¿acaso conoce también los rostros de la gente?

Pedro traía un abanico de opciones, todas envidiables, de esas que usted no encuentra con frecuencia, ni logra que un amigo se las preste; de esas que usted sabe que quizá se muera sin leer. Pedro nos habló en voz baja de los escritores, como si fuesen amigos íntimos desde mucho tiempo atrás: «Aquí traigo La guerra y la paz, tengo lo último de Gabriel García Márquez, y para su niño, mire: El principito. Usted no debería dejar de leer El rojo y el negro, o Madame Bovary, Emma no se lo perdonaría; tampoco Flaubert, ni Faulkner, Proust, Borges, Cortázar, Carpentier y menos Lezama».

Ilusos nosotros que le preguntamos a Pedro por los precios, sin darnos cuenta, como él bien sabe, que la buena literatura se paga con los pies en alto para que baje la hinchazón, y con los zapatos deshechos; que se paga con poco sueño y nuevos recorridos por La Habana entera antes de que finalice el día.

Pedro se aleja sobre sus mismos pasos mientras nosotros nos quedamos con una nostalgia extrema por Tolstoi, y por Kafka y por Hemingway. Pedro se pierde en la noche, o la noche se lo traga en acto pleno de misericordia.

Pedro duerme poco y camina demasiado. Pedro tiene los ojos desbordados de sueños y «los tímpanos carcomidos por palabras esdrújulas».

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