Belleza

Autor:

Raiko Martín

LONDRES.— Van pasando los días y quedan cada vez menos historias que contar. Menudo problema para el vasto ejército de periodistas apostados en esta ciudad con el objetivo de reflejar cuanto acontece en esta fiesta deportiva.

Afortunadamente en los Juegos no solo se habla o se escribe de deporte. O mejor dicho, se mezcla todo con el deporte. Así, aquí han tenido su espacio el debate político, la fe religiosa, el sexo y los chismes de las celebridades, porque muchos atletas lo son o tienen alguna relación con ellas. Y como celebridad está casi siempre asociada con glamour y belleza, tarde o temprano alguien tenía que batir la champola.

Tal vez a estas alturas no sea noticia, pero no fue hasta ahora que me topé con un listado de las atletas más bellas de esta cita estival. También hicieron un escalafón de hombres, porque bajo los cinco aros no puede haber discriminación, pero…

Del tema solo apunto que me sorprendió la ausencia de un «clásico» como la tenista rusa María Sharapova. Además, salvo por la inclusión de la espectacular jabalinista paraguaya Leryn Franco, sin duda mejor modelo que atleta, me he «desayunado» con la existencia de muchas de estas diosas atléticas, salidas de disciplinas tan insospechadas como el fútbol o el hockey sobre césped. ¡Enhorabuena para esos deportes!

Más allá de la hermosura deportiva, otras bellezas han saltado al ruedo arrastrando también todo tipo de comentarios. Un ejemplo es la estructura metálica instalada en medio del Parque Olímpico, ante la cual nadie queda indiferente.

Millones de personas se han acercado a esta durante los últimos días, pero quizá muy pocas sepan que es una obra conjunta entre el famoso escultor indio Anish Kappor y el diseñador Cecil Balmond. O que este mirador de dos alturas es ahora la escultura más alta de la ciudad, y que a su nombre Orbit se le antepusieron las palabras Arcelor Mittal, como exigió la empresa siderúrgica que patrocinó el proyecto.

Para mí, que de estructuras artísticas conozco lo justo, al principio no representaba más que un amasijo de tubos rojos retorcidos con posibilidades de acoger el fuego olímpico. Sin embargo, confieso que poco a poco le voy descubriendo su gracia.

El tiempo se encargará de definir si la obra se puede convertir en un ícono de esta ciudad como el Big Ben o el Ojo de Londres. Su «belleza» no parece ayudarla, pero es solo el criterio de un periodista.

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