¡No ahogue su vida!

Autor:

Heriberto Cardoso Milanés

Todos podemos tener un vecino como Manolo, adicto al alcohol. Un tipo que es buena gente, simpático, servicial y hasta respetuoso con los demás… siempre que no se haya dado dos o tres «malucazos». Porque cuando esto ocurre, Manolo grita, llora, patea, tira las cosas, ofende a su mujer e hijos, y hasta a su madre; ni qué decir de los vecinos, si la coge con alguno de ellos. Esa es la diferencia.

Manolo, Paco, Ñico, Gallego… Son solo uno de esos tantos rostros que adivinamos detrás del personaje que vemos, siempre con pena, en el impactante mensaje televisivo que nos llega a través del «Panda». Puede ser un tío, como Beto, o un hijo, como Cheíto; puede ser un hermano, un padre, un amigo, un compañero de trabajo… Y estamos hablando de hombres, porque también las hay féminas, como una infeliz que yo conozco, que se toma todos los días lo poquito que hace vendiendo algunas bagatelas.

Quizá porque el calor «pide una fría», o porque un pueblo amistoso y hospitalario tiene la tradición de ofrecer un café o un trago; tal vez porque somos hombres y mujeres a quienes gusta la fiesta; o porque no se valoran otras formas de ocupar el tiempo libre, que para algunos es mucho, lo cierto es que no son pocas las esquinas y portales donde varias personas juegan dominó, conversan o trajinan, mientras «bajan» una botella o se refrescan con unas pocas cervezas.

El alcohol no tiene distinciones, más que las marcas, que sí escogen a las personas por su nivel de ingreso o rango social. Pero eso no cambia en nada el efecto. Un borracho es… un borracho. Y da lo mismo que su botella sea fruto de un «invento cualquiera», fabricado en casa, o que se trate de la bebida más exquisita. Aunque, por supuesto, las hay más o menos destructivas de la salud física que otras. Pero, no es de esa salud de la que hablamos, sino de la cuestión ética, moral, que implica el creciente consumo de bebidas alcohólicas.

Aunque cada alcohólico tiene su historia, hay momentos comunes: la invitación al primer trago, que puede venir de un amigo, de un encuentro casual y hasta de un padre que supone que así su hijo se va haciendo «un hombrecito»; y luego otros, hasta agotar la botella; primero, la aceptación por compromiso; luego, la motivación, el deseo, el hábito, la dependencia… Es una espiral que conduce siempre a un mismo punto: la esclavitud de la persona, paralela a su depauperación moral y a la pérdida gradual de su autoestima.

Lo peor quizá es que para no pocos jóvenes, de uno y otro sexo, igualmente existe la idea de que una fiesta o recreación no es posible si en ella no hay un predominio de las bebidas alcohólicas.

Este analista considera que estamos a tiempo de adoptar medidas que conduzcan de manera más efectiva al enfrentamiento de estas tendencias. Hablo de acciones profilácticas, preventivas, en las cuales el centro de trabajo y las organizaciones sociales pueden desempeñar un rol importante; así como también las entidades distribuidoras, evitando principalmente el expendio indiscriminado de bebidas en lugares, horas y días inadecuados.

Al propio tiempo la escuela, la familia, los factores del barrio y nuestros medios de comunicación deben asumir un papel más activo ante este problema.

Aún no es tarde para Manolo. Pero el mayor tiempo lo tiene aquel para quien el vaso es todavía solo una compañía agradable en el entretenimiento. Ese ha de escuchar este consejo y repetirlo a un amigo: ¡No ahogue su vida en el alcohol!

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