Una palanca, ¿para mover qué...?

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Pese a todas las «aguas» dadas al dominó nacional, por muchas de las esquinas de nuestro «juego» económico aparece el problema del dinero y los ingresos, convertido en un inquietante círculo vicioso.

Muchos años después de que Eduardo Chibás lanzara su consigna Vergüenza contra dinero, y en medio de la actualización para reactivar nuestra economía, la frase puede seguir leyéndose en su sentido literal, pero podría agregársele otra dimensión: «No hay vergüenza en buen dinero».

Si la asumimos también de esta última forma, no se cambiaría el definitorio sentido con el que pronunció la sentencia aquel hombre que escogió la escoba como símbolo para limpiar la podredumbre moral de Cuba antes de 1959, mientras el pueblo padecía la más estremecedora miseria.

Aquella cruzada del líder del Partido del Pueblo Cubano Ortodoxo, que terminó en suicidio, se ubicó para siempre en el altar moral de esta Isla, en la dimensión ética que ha latido siempre en el corazón de Cuba, esa que vertebró nuestro sueño de nación y dio forma a lo más hondo y sensitivo de su espiritualidad.

La nueva dimensión al apotegma de Chibás me acudió mientras repasaba sucesos que la casualidad o la iniciativa juntaron simbólicamente en Cuba en la presente semana. El congreso de los economistas y contadores del país coincidió con el cumpleaños 85 del Che, ese adelantado y visionario que advirtió siempre sobre el difícil equilibrio entre las palancas económicas y las morales en la construcción del socialismo, cuyas honduras superan, por supuesto, ese desfile a veces superficial de diplomas y reconocimientos en que derivó en oportunidades «lo moral».

Esta semana también repasé, casualmente, una presentación que hiciera el intelectual Fernando Martínez Heredia de los libros Apuntes críticos a la Economía Política y Retos de la transición socialista en Cuba, 1961-1965.

El premio nacional de Ciencias Sociales nos recuerda que el Che insiste, incansable, en desbaratar la imputación que se hace a sus ideas de mantener un desprecio «idealista» por el interés material, en su opinión un simplismo que busca devaluarlas y rehuir la discusión.

Nos recuerda que para el Che nadie en sus cabales desconoce la fuerza y el arraigo del interés material, instalado a lo largo de la historia de las sociedades de dominación, y multiplicado y refuncionalizado por el capitalismo.

La elección entonces está entre utilizarlo llana y acríticamente, o como un mal necesario, sin depender de él. Ser creativos desde la situación concreta e inevitable, y organizar un proceso de erradicación paulatina de los comportamientos económicos egoístas e individualistas.

Es bueno debatir sobre estas ideas mientras la actualización económica nacional deja atrás una larga etapa en la que nos dejamos inducir por algunos idealismos, voluntarismos, puritanismos y otros ismos, nada mal intencionados como ha reconocido Fidel, pero que desembocaron en efectos contraproducentes y hasta en amargas dobleces.

La extensión del trabajo por cuenta propia y su triunfo sobre prejuicios e incomprensiones, el reimpulso y expansión del cooperativismo, la flexibilización del objeto social de las empresas, la transformación de la empresa estatal socialista, la separación de las funciones estatales y empresariales, entre otro conjunto de decisiones y medidas en estudio, en marcha o experimentación, deben buscar el equilibrio adecuado entre los intereses de los individuos, los colectivos y la sociedad.

Esos pasos deben darse sin fracturas que abran paso a lo que el Che clasificó como «la sociedad donde la filosofía es la lucha del hombre contra el hombre, de los grupos contra los grupos y la anarquía de la producción», que nunca servirían a una sociedad basada en el poder socialista.

Esta última —apuntó— exige control riguroso y consciente, «la colaboración entre todos los participantes como miembros de una gran empresa (el conjunto de la economía), en vez de ser lobitos entre sí dentro de la construcción del socialismo».

Nada resultaría más venenoso para el país que la corrupción de las aspiraciones socialistas, el triunfo del egoísmo individual sobre el bienestar colectivo, el sálvese quien pueda, y como pueda.

Así que mientras ajustamos la «máquina» —nada simple—, para mover el dominó de nuestra economía, para transmitirle fuerza a su desplazamiento, debemos hacerlo con la pasión y la precisión de Arquímedes, para evitar los errores de «la palanca».

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