Obama en su encrucijada - Opinión

Obama en su encrucijada

Autor:

Lázaro Fariñas

Cuando yo era un muchachito de ocho o nueve años, por lo menos un día sí y el otro no tenía una pelea con otro muchachito de la misma edad. No era que me gustara pelear, pero la costumbre en aquella época era que los varoncitos se pelearan entre sí, solamente para demostrar que no tenían miedo. Incluso, la mayor parte de esas bronquitas eran entre amigos o conocidos.

Recuerdo que a veces, en medio de una discusión sin importancia, alguien trazaba una raya en el piso y decía que, el que la tocara, estaba insultando a su madre, aunque no era exactamente la palabra que utilizábamos y que, por no ofender a los lectores de esta columna, no digo.

Más que una muestra de valor, aquello era un verdadero reto que nos hacíamos a nosotros mismos ya que, por supuesto, no iba a faltar alguien entre los reunidos que, con la testosterona brotando por los poros, decidiera pisar la raya para tener la oportunidad de intercambiar unos cuantos golpes. Son recuerdos de la niñez que nos vienen a la mente ahora, tantos años después.

Pero el Presidente de Estados Unidos parece que nos está imitando. Tanto con la República Popular Democrática de Corea, como con Irán y últimamente con Siria, Barack Obama ha hecho algo parecido a lo que nosotros hacíamos cuando niños. Tanto a Irán como a Corea les ha dicho públicamente que, si hacen pruebas nucleares, estarían cruzando una raya roja que les traería grandes consecuencias. A Siria, hace ya bastante rato, le está diciendo lo mismo, pero en este caso, con respecto a las armas químicas. Hacer esa promesa públicamente es sumamente peligroso.

En nuestros juegos de niños significaba ponerse contra la pared, y si alguien se atrevía a tocar la raya, de hecho o nos fajábamos, o hubiésemos tenido que salir corriendo cobardemente, avergonzados. Claro que una postura valiente nos llevaba a caernos a piñazos con el que se atreviera a aceptar nuestro reto, y lo contrario nos obligaba a recluirnos por largo tiempo, apenados, en nuestras casas.

El Presidente se ha puesto su propia trampa. Estoy convencido de que Barack Obama no quiere iniciar ninguna guerra, igual que algunas veces nosotros no queríamos iniciar ninguna pelea, pero cuando uno se pone entre la espada y la pared, tiene que tirarse contra la espada o tiene que resignarse a tirarse en el suelo, humillado y ofendido, al decir de Dostoievski.

Entre niños, salir corriendo para la casa y no hacerle frente a la pelea, aunque nada agradable, era una posición cobarde pero aceptable. ¿Puede ser esa la posición de un país? ¿La posición del país más poderoso del planeta? Lo dudo.

De los tres tristes tigres que han estado locos por caerle a bombazos a Siria, solo el tigre norteamericano ha hecho tal afirmación pública. Ha sido el único que ha marcado una raya. Esa es la razón por la cual David Cameron se puede esconder detrás de la resolución del Parlamento británico y no participar en el festival de las bombas. También lo puede hacer el Presidente francés. Pero Obama no. Obama se ha puesto él mismo en una situación muy difícil ya que, aunque el Congreso no apruebe el bombardeo a Siria, a él no le va a quedar más remedio que actuar, no le va a quedar más remedio que tirar, aunque sea, unas cuantas bombas sobre las ciudades de aquel país para poder salvar la cara.

Es incomprensible que el Presidente haya creado su propia trampa y que haya caído en la misma. Estoy convencido de que Obama sabe que es un error político intervenir militarmente en Siria, y que esa es la razón por la cual está buscando que la responsabilidad no caiga solo sobre sus hombros, y por lo tanto ha acudido al Congreso para que este comparta la culpa en caso de que todo salga mal y que el conflicto escale niveles superiores a un simple bombardeo.

Se ha comprobado, a través de diferentes encuestas, que la mayoría de la opinión pública del país está en contra de dicha intervención, así como lo están la mayoría de las naciones del mundo. Siria no ha atacado al territorio de Estados Unidos, ni a ningún buque o empresa de este país, ni incluso a su mejor aliado, Israel. Por lo tanto, no existe una razón de peso para justificar una acción militar, como estoy seguro se va a llevar a cabo, con permiso o sin permiso.

No veo la forma, y ojalá esté equivocado, de que el Presidente de la nación más poderosa del planeta vaya a retirarse con el rabo entre las piernas, después de haber hecho la promesa sobre las armas químicas y haber marcado la raya. Verdaderamente, lo siento por Barack Obama, pero más lo siento por este país, Estados Unidos, al que tanto quiero y por las posibles víctimas de uno u otro bando.

*Periodista cubano radicado en Miami

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