La América profunda

Autor:

Graziella Pogolotti

No nos conocemos todavía. Desde Cristóbal Colón empezaron a  edificarse las leyendas sobre América. Era un sitio donde sobrevivían las amazonas —mujeres de pelo en pecho—, donde había caníbales y donde se ocultaba —mito recurrente y fascinante— El Dorado. Fue el imán que atrajo aventureros hasta que fueron llegando los científicos, nuevos descubridores de una naturaleza pródiga y desconocida. Más tarde, acudieron arqueólogos, etnólogos, para revelar la grandeza de una civilización soterrada, el carácter de las culturas primigenias y el singular mestizaje de inmigrantes   —voluntarios e involuntarios— llegados de todos los continentes. Los escritores nacidos en esta orilla del Atlántico y del Pacífico volvieron la mirada hacia adentro. De tanto ajiaco surgieron ritmos musicales que invadieron el mundo. Siempre hemos tentado la codicia de las grandes potencias y, ahora, cuando se agotan los bienes de la tierra, guardamos enormes reservas de minerales, de suelos feraces y de agua.

Hemos indagado las fuentes del ayer, pero se nos escurre la compleja realidad viva del continente. Uno de los méritos de la entrevista de Ignacio Ramonet a Hugo Chávez consiste en mostrar la estrecha imbricación de política y cultura. Al conocer la Tierra Firme, de Alejo Carpentier, advirtió la presencia deslumbrante de una geografía hecha de contrastes que modelaron tradiciones, estilos de vida, contaminaciones diversas a través de las porosas e interminables fronteras y espacio abierto hacia el ámbito caribeño. El duro espinazo andino, los anchos llanos, la selva conjugan un panorama racial, una sicología social y un imaginario colectivo.

Sabaneta era una aldea moribunda. En el patio de la abuela nació el amor a la naturaleza entre plantas y animales. Lo hermoso era también útil. Por ambos motivos había que cuidarlo. Lo hacía el niño que salía a la calle a ganar unos centavos con la venta de dulces y frutas.

Desde el patio de la abuela, la mirada se extendió al paisaje. La convivencia con ella le transmitió un saber, una curiosidad por los orígenes de su mestizaje, punto de partida para indagar las raíces del pensar y la memoria llaneras. Su andar callejero de ambulante le viabilizó el contacto directo con los diversos estratos de la sociedad pueblerina. En la inocencia del niño travieso se iban sembrando las inquietudes del adulto. La intuición primero y el estudio más tarde, lo concreto de una experiencia de vida, lo condujeron a buscar testimonios de una oralidad amenazada por el olvido y a convertirse en lector omnívoro, capaz de complementar por vía autodidacta la enseñanza académica.

La tradición popular nutre la leyenda de Maisanta y, con ella, las claves de la historia social de Venezuela, ignorada por la narrativa oficial, unilateral y reduccionista. El cono sur tuvo su Martín Fierro, pero la intrincada geografía del continente cuenta con sus coplas desgajadas de distintos orígenes, fragmentos de un devenir colectivo que Chávez preservaba en su prodigiosa memoria. Es el alma llanera de hombres a caballo, invencibles en el batallar de José Antonio Páez, el catire. El guerrear llanero prosiguió en la rebeldía de cuantos se alzaron contra los Gobiernos republicanos entregados al poder económico, dispuestos siempre a reverenciar el nombre de Bolívar mientras traicionaban sus ideales. La atroz dictadura de Juan Vicente Gómez venció a la caballería mediante la modernización del ejército. La riqueza petrolera acrecentó la diferencia entre la ciudad y el campo. Los llanos se fueron despoblando. Las pequeñas urbes subsistieron en permanente agonía.

Para aproximarse en profundidad a la dimensión humana de su entorno, Chávez no subestimó el estudio de la literatura venezolana. Hizo una lectura personal de algunos libros fundamentales del siglo XX. La mirada de los especialistas se detiene en las limitaciones de los procedimientos narrativos empleados por Rómulo Gallegos, así como en el diseño maniqueo de sus personajes. Chávez había memorizado pasajes enteros de Doña Bárbara, mito llanero singularmente encarnado en una mujer. Sobre el trasfondo de la contraposición entre civilización y barbarie —también notorio en Canaima, el mito de la selva— el texto apunta a la violencia del choque entre subdesarrollo y modernización, algo que el futuro Comandante había experimentado de manera directa.

En Casas muertas, de Miguel Otero Silva, alegoría de la muerte de un poblado, Chávez pudo reconocer el poder subdesarrollante del boom petrolero, base de la dependencia neocolonial y causa de la deformación estructural de la economía. Por muchas razones, el diálogo implícito con Arturo Uslar Pietri resulta de sumo interés. Recuerdo todavía el impacto que me produjo mi primera lectura de Las lanzas coloradas, recién terminados mis estudios de bachillerato. Fresco todavía el recuerdo de mi curso de Historia de América articulado en el enfrentamiento entre independentistas y servidores de la metrópoli española, la violencia de la caballería al mando de Boves en su lucha contra los independentistas con el respaldo de los pobres de la tierra, me dejó desconcertada. La obra expone con fuerza dramática las raíces de una violencia desatada por la contradicción entre los criollos terratenientes volcados a la independencia política y las masas proyectadas hacia la emancipación social, nudo gordiano resuelto en Venezuela por Simón Bolívar y en Cuba por Carlos Manuel de Céspedes al liberar los esclavos en Yara. Chávez encomia una novela de Uslar inspirada en Simón Rodríguez, La isla Robinson, libro que me propongo buscar de inmediato.

Una vez graduado de la Academia Militar, Chávez tuvo la oportunidad de completar su aprendizaje de Venezuela. Quienes intentaron alejarlo de Caracas, lo enviaron sucesivamente a cumplir su tarea en los cuatro puntos cardinales del país. En cada lugar conoció las condiciones de vida de los pobladores, tocó con las manos la pobreza y la progresiva muerte del alma por ausencia de futuro y de esperanza. En el tronco de su cultura de raigambre popular injertó martianamente otros saberes que lo dotaron de un instrumental teórico indispensable para el análisis de una realidad cambiante. Leyó los clásicos del marxismo, cursó ciencias políticas, se acercó a los problemas de la economía. Del cúmulo de libros que siempre lo acompañaron supo extraer las ideas útiles para llevar a cabo su proyecto. Oteó el horizonte de América. Pudo hacerlo de manera efectiva, descartando lo superfluo porque su pensamiento crítico se entrenó en perforar la letra impresa a partir de la permanente actualización de las interrogantes básicas, aquellas que desde su juventud condicionaron la elección de un destino conscientemente trazado. Surgió de abajo, de lo más profundo de nuestra América silenciada para hacerse intelectual orgánico fundiendo pensamiento y acción en la llama del trabajo diario.

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