La familia y la escuela

Autor:

Graziella Pogolotti

Llegan las vacaciones. Los niños están en la casa con un apetito descomunal. Según sus posibilidades, los padres tienen distintas opciones. Algunos se disponen a compartir el tiempo con los más pequeños. Quienes tienen computadora, los dejan en libertad de entregarse a juegos que pueden convertirse en adicción. Muchos abren las puertas para que puedan retozar en el barrio con otros chiquillos.

Las vacaciones son también un paréntesis entre el fin y el comienzo de un curso. Es el momento de evaluar los resultados, no solo en términos estadísticos sino en el plano cualitativo del aprendizaje real. En este terreno tenemos pendiente un buen trecho por recorrer. Uno de los temas recurrentes al abordar el problema se centra en el papel de la familia y la escuela. En el intercambio de opiniones, el espectador imagina encontrarse en una partida de voleibol. La pelota pasa de un lado a otro de la malla, en ausencia del personaje principal, el niño. Dividido en dos partes, se tiende a delimitar la responsabilidad que corresponde a cada cual. En su etapa de desarrollo y, aún más allá, en la madurez, la persona está sujeta a influencias multidireccionales, entre las que no pueden desconocerse los   amigos y las posibilidades de acceso a los medios. En tan compleja red, se van configurando los paradigmas.

Movidas por un mismo propósito, familia y escuela tienen que afincarse en la complementariedad tanto como en una relación porosa y cómplice. Muy lejos de definir culpables, lo verdaderamente productivo resulta del análisis conjunto de los problemas para encontrar el modo de subsanarlos.

Los niños del siglo XXI han dejado de creer en los reyes magos. Diversas fuentes de información, incluida la convivencia con otras generaciones y la escucha de conversaciones que no corresponden a sus edades, han cercenado la inocencia. No son los conocimientos privilegiados por los textos escolares, pero estimulan potencialidades que deben orientarse de manera eficaz. A modo de entrenamiento la escuela debe ofrecer, a ese espíritu alerta, la contraparte de estímulos siempre renovados, subiendo la varilla, tal y como sucede en la preparación de los saltadores de altura.

Obsesionada por los promedios, la familia no puede reducir el maestro a un mero distribuidor de notas. El docente es un aliado, nunca un antagonista. Ante las dificultades, unos y otros pueden analizar conjuntamente las causas y razones de cada problema. Ocurre a veces que responden a dificultades de salud enmascaradas, a rasgos de la personalidad, a cuestiones derivadas de las relaciones grupales. Para casi todos existen vías de superación.

Valdría la pena, por lo demás, estudiar comportamientos familiares originados en expresiones de nuestra psicología social. Hace tiempo, escuché comentar a una psicóloga, la costumbre arraigada de pasar de un extremo a otro, vale decir, de la más absoluta permisividad al castigo corporal correa en mano. Quizá fuera una visión caricaturesca de la realidad, impulsada por el deseo de subrayar la importancia de una conducta equilibrada y consecuente, algo indispensable, sobre todo cuando observamos otros extremos con repercusiones negativas en la vida futura de los pequeños. Así ocurre con las tendencias a la sobreprotección contrapuesta al descuido.

Los niños están habitados por una personalidad en desarrollo. Indivisible, no se fragmenta en parcelas que corresponden al aula, al hogar y a la comunidad. De suceder de ese modo, sufriría daños irreversibles, los menos graves y más frecuentes, se derivan de la dificultad para adaptarse al medio y cumplir con lo que habrá de tocarle una vez adulto. La escuela no se limita a ser una escalera que promueve de grado en grado hasta llegar a la cima. Como parte de la sociedad, su papel es formativo. Contribuye, junto a los restantes factores, al crecimiento de un proyecto humano. No se circunscribe a proveer un entrenamiento para ofrecer respuesta rápida y oportuna a un formulario de preguntas.

En la realización efectiva de ese proyecto formativo, verdaderamente integrador, coinciden las aspiraciones de padres y maestros. El propósito se concreta en el logro de una progresiva independencia y en la máxima potenciación de las capacidades. A través de la sucesión de grados, de acuerdo con las demandas de una evolución biológica que pasa de la infancia a la pubertad y de esta última a la adolescencia, se acrecientan los retos en lo intelectual y en el aguzamiento de la sensibilidad, en la complejidad de los conflictos que acompañan los cambios, en las variantes de las relaciones sociales ampliadas progresivamente, en los apremios de una personalidad en busca de su propia reafirmación y en procura de paradigmas de distinto signo.

A lo largo de tan múltiple aprendizaje, los niños y adolescentes son sujetos actuantes dotados de una progresiva cuota de responsabilidad, porque mañana habrán de convertirse en ciudadanos plenamente conscientes en su ejercicio profesional, en la fundación de una nueva familia y en los debates fundamentales que modelan el mundo al que pertenecen.

Todas las sociedades, aún las más rudimentarias, aseguran el relevo generacional mediante un sistema de formación que induce a niños y jóvenes a asumir tareas en el ámbito restringido del núcleo familiar y en las prácticas usuales para la obtención del sustento. Las ceremonias rituales franquean el acceso a la edad adulta, aquella en que habrán de encontrar pareja y hacerse cargo del papel que les corresponde en la jerarquía grupal. La formalización de la enseñanza institucionaliza un proceder similar en un contexto de mayor complejidad.

Por ese motivo, escuela y hogar andan de la mano en la progresiva asignación de tareas, puntal indispensable para la incorporación de valores. El estudiante debe sentirse responsable de sus resultados académicos. La protección desmesurada conduce a la pereza mental y lleva a la incompetencia en su función laboral. La colaboración en la casa y en la comunidad fomenta actitudes solidarias. La sustracción paternalista del estudiante del cumplimiento de sus deberes por parte de padres y maestros favorece involuntariamente el compromiso con actitudes fraudulentas ante la vida y lastran la incorporación de principios éticos, ese otro cimiento indispensable en toda preparación para la vida profesional, hogareña y ciudadana.

Decían nuestros mayores que el ocio engendra todos los vicios. La pereza mental lleva al ocio, a la desidia, a la chapucería y a las conductas irresponsables. En esa etapa de aprender a aprender conviene evitar el facilismo, chocar con la búsqueda de soluciones para problemas cada vez más complejos, disfrutar el placer de percibir la activación de las neuronas. El error también enseña. Más vale un suspenso en la escuela que un irreparable suspenso en la vida.

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