El espejo de la vida

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

«¡Entra, dale, entra!... ¡Si no vas a entrar, entonces déjame entrar a mí!... ¿No vas a entrar ya? ¡Por favor!...». Y la anciana perdía la paciencia al ver que la otra señora no accedía a su pedido… No se percataba de que era ella misma frente al espejo de la puerta.

Con más de 90 años de edad y con evidentes lapsus en su mente, «la vieja» era el divertimento de quienes se reían del suceso mientras la filmaban y la incitaban a seguir invitando a pasar a la casa a «la otra vieja» para que no faltaran los motivos de burla.

¿Lo peor? Ese video «familiar» anda por ahí, de celular en celular, sacándole carcajadas a todo el que lo ve y lo comparte mientras sugiere: «No te lo pierdas, porque se nota que se le fue la catalina a esta mujer». Así me lo mostraron un día y no pude reírme.

¿Cómo burlarme de quien conozco desde que soy una niña? La reconocí rápidamente, y confieso que hasta me alegré al tener la certeza con este video de que aún vive, aunque ya no la vea asomada a su ventana, saludando a todo el que sube o baja del edificio.

¿Y si no la conociera? No importa, porque la broma tomó como blanco a quien pudiera ser una de mis abuelas —o la suya—, alguien más de mi familia en unos años o yo misma, cuando mis hijos o nietos en el futuro quieran mofarse de algo.

En un país que tendrá en 2025 más del 30 por ciento de su población en la lista de los más de 1 200 millones de personas con más de 60 años en el mundo, ¿cuánto no se ha hablado ya del fenómeno del envejecimiento poblacional desde todas sus aristas?

El impacto socioeconómico ha llenado informes y publicaciones y van creciendo las acciones y políticas que desarrolla el Ministerio de Salud Pública en todas sus instalaciones para atender a los adultos mayores.

Sin embargo, no siempre las buenas intenciones gubernamentales pueden trascender los límites de un hogar en el que conviven varias generaciones y donde no se respeta a los que por ley de la vida ya no pueden distinguir entre un espejo y la realidad.

¿Por qué no nos miramos todos en ese espejo? Cuando en una casa el más viejo queda relegado a un rincón; cuando no se toman en cuenta sus decisiones; cuando los gritos pretenden conseguir que no ensucie la ropa con la comida o que no se moje el colchón, ese puede ser el espejo en el que los más pequeños del hogar se reflejen años después. Entonces le tocará a usted, que lee estas líneas, tal vez, ser el centro de un video, y no querrá que nadie se ría.

No es poco frecuente lo que comento, pues estadísticas recientes arrojan que en el país existen más hogares con ancianos que con niños, por lo que las dinámicas familiares se reacomodan constantemente y se debe aprender a respetar al otro.

Duele crecer y ver el maltrato a la vejez, ya no solo físico y por ello de los peores, teniendo en los familiares más cercanos a los victimarios por excelencia.

Los hechos cotidianos de este tipo se invisibilizan y aparecen casos de gerontofobia, que no es más que ese rechazo a los longevos por quienes olvidan que la vejez es el futuro de todos.

La convivencia intergeneracional provoca, entre otras cuestiones, que no nos demos cuenta de las limitaciones de los demás, y sobre todo, que los más jóvenes no nos percatemos de las necesidades de los más viejos.

Y aunque no me consta que a la anciana del video la hacen blanco de maltratos de cualquier índole, pues al contrario, los comentarios sobre las personas que la cuidan son de los mejores en el barrio, ¿por qué fue protagonista de un hazmerreír que, lejos de ser insignificante, da mucho que pensar? ¿Por qué quienes tan bien la atienden decidieron un día burlarse de su demencia y compartirla con otros?

Ella, «la vieja que se mira en el espejo y se confunde con otra vieja» no lo merece, y todos cuando nos miramos en un espejo, complacidos con la imagen que refleja hoy, puede que también nos confundamos, porque no siempre somos con los demás como aspiramos a que sean con nosotros. El espejo de la vida, recordemos, puede dar muchos reflejos.

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