La selva moderna - Opinión

La selva moderna

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Casi todo es un caos. El mundo va a millón y pareciera no haber autoridad animal capaz de hacerle entrar en cintura. Las siempre bien ponderadas leyes de la naturaleza no tienen jurisdicción en esta comunidad de nuevo tipo. O se han reformulado al punto  de que ya no pueden ser elogiadas por sabias, porque no hay inteligencia posible si el territorio a cargo anda tan desordenado.

Ya no se trata de saberes, destreza o habilidades. Porque en esta jungla prostituida (ya no virgen) a veces lleva el mando cualquier especie de poca monta que se haya valido de estratagemas viles. No hay equilibrio ni equidad. Y si a algún animalillo de los que creen aún en su bosque encantado se le ocurre confiar en el sentido de la hermandad y las buenas relaciones, puede que su posición en la cadena alimenticia cambie para mal.

Conviven tres especies esenciales. Una se amarra al poder y lo defiende con uñas y dientes, al precio de cualquier irracionalidad o valor humano. Va oronda y dictando cómo debe vivir el resto. Y lo peor es que, pese a las incongruencias y faltas, consiguen lo que quieren en la mayoría de las ocasiones. Conservan entonces el reinado más absurdo: el que se mantiene a costa de la inmovilidad de otros. No se detienen a pensar en lo mejor, lo que debe hacerse, lo que sería bueno crear. Solo disparan como autómatas palabras llenas de ningún sentido. Porque si otros las han dicho y funcionan, ciertas deben ser.

Otro grupo conforma la segunda especie: la mejor adaptada a no hacer nada. La que es incapaz de protestar o rebelarse, la que acepta el orden de las cosas y, si acaso le alcanzara el tiempo, reflexiona que lo que anda mal no tiene marcha atrás. Esos marchan a merced del aire, y si acaso, se dignan a comentar lo fracasados que son, y a señalar las causas por encima del hombro. Los más atrevidos entre ellos maldicen y se quejan. Pero hasta ahí. No vaya a ser que se mueva el mundo y no sepan hacia dónde ir.

De otro lado, andan quienes sueñan, quienes luchan, quienes se rebelan. Quienes no se resignan a ver salir el sol sin haber intentado antes que la selva sea más justa. Esos no creen en órdenes ni sinrazones. Van desafiando el día a día con su ánimo de conquistadores. Pero muchas veces solo consiguen zarpazos rabiosos de quienes se atan a amanecer sin sobresaltos. Esos no quieren a estas fierecillas del bien. No quieren arriesgarse al mañana. Es la selva moderna y es mejor aplicarse para no estar en el riesgo de sucumbir.

La selva moderna se estira y se encoge. En su vientre luchan las tres especies. Da igual que a cada instante sean muchos los que muten con tal de no salir del orden primigenio. Para ellos es adaptarse o morir. Ya lo dijo la naturaleza cuando era sabia. Al menos esa ley aún se mantiene. La geografía mundial la sigue poniendo en la cima del desarrollo, al precio que sea. Aunque sea la ley que más haga falta cambiar. Para eso se lucha.

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