No todo es culpa de Matthew - Opinión

No todo es culpa de Matthew

Autor:

Haydee León Moya

Buscando en los anales de las cosechas que sorprenden con sus resultados poco halagüeños, no he podido encontrar la opinión de un experto de la Agricultura guantanamera que culpe de tal anormalidad al hombre, o mejor, a lo que el hombre no hizo bien o no previó.

La naturaleza, siempre es la naturaleza la responsable. Aunque sea uno de esos fenómenos que nos visitan y que la gente llama ciclón «platanero», la culpa de que no haya habido una buena cosecha de frijol, la tiene también la borrasca bananera.

Ahora mismo sucede que en Valle de Caujerí, allí donde los días son calurosos y las noches y madrugadas frías, y donde, precisamente, por ese especial comportamiento del clima y otros atributos de esa tierra fértil, se dan los tomates más hermosos que en Guantánamo se puedan cultivar, se viven los apremios de un «pico» de maduración.

Los directivos de la Agricultura tienen una explicación: se atrasó la siembra y sorprendieron los rendimientos, y un culpable: Matthew.

Ciertamente, el huracán más potente que por esta provincia se recuerde, impactó en octubre pasado, cuando se regaban las semillas, y acabó con lo que pudo haber germinado mucho antes del segundo mes de este año.

Entonces hubo que volver a esparcir lo que se fue y sembrar lo que tocaba después. ¿Era de esperar, o no, una superproducción?

Mientras el tomate enrojece los campos y la industria no asimila todo de un golpe sino una entrega que se corresponda con una producción escalonada (y de antemano convenida con todas las de la Ley), el «tomatazo» tiñe de todos los colores los rostros de los labriegos y pone a muchos directivos en el siempre peligroso correcorre para encontrar soluciones.

Premuras que, en algunos casos, implican gastos no previstos en transportación, incluso, más allá de los límites de la provincia, y dejan entre la población que ve desfilar camiones y camiones de tomate, la interrogante de por qué en tantas placitas de tantos poblados y ciudades precisamente guantanameros, la demandada solanácea es la gran ausente, mientras abunda allí donde los precios dictan la «ley» de sálvese quien pueda.

Alguien pudiera decir que el cubano siempre habla de todo, aunque poco sepa de un asunto. Y pienso entonces en la veracidad de ese creativo y popular adagio de que «cuando el río suena, es porque agua trae», y en lo provechoso que sería para quienes toman decisiones, atender, a favor de la gente, ese silbido y lo que arrastra la corriente de opiniones sobre el tema en cuestión.

Uno oye decir también entre quienes tienen la responsabilidad de adoptar decisiones para evitar males mayores, que es normal que algunos de esos frutos se echen a perder, pero decir que se está perdiendo tomate en el Valle, eso no.

Pero cuando te encuentras a varios campesinos que te dicen que hace una semana tienen cajas y cajas de tomate al pie del surco en espera de ser llevadas a su destino, mientras ven reducirse la montaña roja por los frutos que el tiempo saca de circulación, no solo uno vuelve a dudar de que Matthew tenga que ver algo con ese asunto, sino también que eso de perder o ganar, mucho o poco, depende del lado que se mire.

Porque en cantidades industriales quizá diez o 15 cajas con los frutos inservibles, no cuenten como pérdida; pero para el productor cada tomate que cultive y no lo pueda consumir la población porque no tuvo en tiempo el envase o el tractor que lo sacara del campo, es una pérdida que le duele y se siente, además, en sus bolsillos.

Sucede que un «tomatazo», literalmente, es un golpe con un tomate, pero entendido en este caso como una superproducción del fruto sin todos los aseguramientos posibles, es igual a un estacazo del que Matthew no tiene toda la culpa.

No, porque si se siembra bastante no se puede esperar poco. Porque es responsabilidad de cada forma productiva y de más arriba de estas, que las cajas, los tractores, los camiones y toda la logística que de antemano se debe planificar, estén donde y en el momento en que el tomate no corra peligro de podrirse, porque alguien no previó que lluvias anunciadas seguramente caerían y complicarían la situación.

No, porque no podemos darnos el lujo de perder o de que un «tomatazo» o un «mangazo» como el que a cada rato sorprende por estos lares, nos deje corto de visión.

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