Ni bizcochos ni merengues

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Me quedé sin aire. Era fácil de creer, pero tan difícil de asimilar. Aunque allí estaba ella, más consternada que yo, contándome su historia, la historia de su niño de sexto grado, unas semanas antes de la graduación. Más que suya, era de los que la habían inventado, quienes —al fin y al cabo— son el motivo de estas líneas.

¿Personajes protagónicos? Madres del aula de su pequeño que habían tenido otra vez la habitual idea de hacerles algo  especial a todos los vástagos que culminaban la enseñanza primaria. ¡Pero a qué costo! Nada más y nada menos que el de recoger por cada alumno la significativa cantidad de diez CUC o 250 CUP. Como lo lee. Y como seguro anda pensando usted en una realidad similar. La de su hijo, su sobrino o su vecino.

Me sentí vieja. Porque tuve que recordar que «en mis tiempos» —que no transcurrieron siglos atrás, por supuesto, sino hace unos años— festejar el fin de curso era un esfuerzo colectivo: un vaciar de iniciativas y esfuerzos, de acuerdo con las posibilidades y amistades de cada quien. Nunca un ahuecar de bolsillos o desangramiento de ahorros.

Alguien conocía a un dulcero, el otro podía conseguir el pan, aquella madre más aventajada en la cocina se unía con otras para los ingredientes de la «pastica de bocadito», y la que alardeaba de gran chef juntaba sus esfuerzos a otro grupito de progenitoras para armar la ensalada fría, que, en aquel entonces, era casi considerada un lujo. Unido a todo ello, venía el siempre salvador pudín y el apetitoso pozuelo de arroz con leche o natilla bien casera.

Si algún superdotado de amistades era capaz de conseguir la piscina de cualquier centro laboral… ¡aleluya! Ya había razones de sobra para considerar que la fiesta sería por todo lo alto. Si no, a reunirse en la casa más grande. O armar los festejos en cualquier aula de la escuela. Pero todos nos sentíamos felices de compartir con nuestros compinches de aula y con cualquier madre o padre que se fugara un ratico del trabajo para acompañarnos en ese momento especial.

Luego, en la casa, tal vez el reconocimiento fuera una merecida excursión, algún antojito añejo o hasta la confitura más mínima. Mas quedábamos agasajados a la manera de cada familia por el cumplimiento del deber de prepararnos.

Hoy, ¡qué diferente es todo! Adiós a los acuerdos grupales para pasarla bien. Adiós a la consabida y justa frase de que «cada quien dé lo que pueda», aunque esta también tuviera sus trampas, en ocasiones. Ahora se fija una alta norma para cada miembro del aula. Quien puede y quien no, que siempre los ha habido y los seguirá habiendo mientras el mundo sea mundo. Pero en Cuba, lo importante es que la casi inevitable desigualdad económica no dicte normas que nada tienen que ver con nuestra realidad.

Cuántas veces no hemos visto establecer encumbradas cifras para la totalidad de un grupo. Cuántas veces no sabemos de familias que se angustian por que sus hijos no se queden por debajo de las mayorías. Y, al menos en la escuela cubana, ello no debiera tener lugar.

¿Qué está haciendo el líder de esa instalación que no se percata de los hechos que se instituyen allí? ¿En qué piensan las maestras (símbolos de la justicia), que miran a otro lado cuando alguno de los alumnos que ellas bien han formado por años está quedando marginado ante los límites que corren otros? Peor aún, ¿no se dan cuenta madres y padres que quieren dar lo mejor a sus criaturas de que ese es un sentimiento compartido por cualquiera que tiene un ser que educar? No debiera ser. No hay por qué permitir que así sea.

Y que no piense nadie que es euforia ante el fin de curso o aspaviento por graduaciones de sexto grado. En la escuela de la que les cuento (y no revelo el nombre para que llegue a todas las que pueden incurrir en esto), el desmesurado esfuerzo de madres y padres es pan de cada día. Y el irrespeto a quienes no pueden seguir ese ritmo también.

A recoger dinero para esto, para lo otro. A competir por aquello y por lo de allá. Y si hay fiestecita por algo, la regla del colmo, lo impensable, lo más molesto de todo, es esa frase que alguien grita a toda voz cuando se pide a cada uno traer algo. «¡Ni merengue ni bizcocho!», es el irrespetuoso pedido, que arrincona a las economías familiares maltrechas, humilla a quienes solo tienen esa opción y degrada dos dulces bien queridos por cualquier cubano. No es solo cuestión de dulces, CUP o CUC. Hay que poner el ojo con urgencia sobre ciertas actitudes que mucho daño están haciendo.

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