Rodar «horizontal»

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Perdonen por echar mano a una meta que encierra directriz tan importante para el devenir de las sociedades: acabar con el verticalismo, lograr que cada vez menos las decisiones se impongan de arriba a abajo y, por el contrario, sean el resultado de un ejercicio de análisis horizontal, es decir, con todos a la misma altura. De igual a igual.

Pero no voy a hablar de política. Estoy pensando en prácticas que se han entronizado en la sociedad y mediante las cuales otras decisiones, esas que no tienen que ver con el devenir del país sino con la vida rutinaria de cada cual, exhiben un «verticalismo» que transita al revés: de abajo a arriba. Hablo de «disposiciones» anárquicas que alguien no indicado impuso, con toda la verticalidad que un acto así de inconsulto encierra.

Pongo un ejemplo: puede que no le vaya muy bien si anda en bicicleta. No puede dejarla en la puerta y tampoco pasarla. Ni los parqueadores le permitirán separarse de ella. Ellos «no están autorizados» a que coloquen bicicletas en su pequeño y momentáneo territorio. Ni siquiera si Ud. lo exime de responsabilidades, y le explica que asume la culpa si alguien logra quitar la cadena y se la lleva. Al fin Ud. está apurada, necesita entrar a equis lugar y por supuesto: confía en su gruesa cadena.

Ocurre que apenas hay parqueos para ciclos en toda la capital, y aunque muchísimas veces aparece un CVP, un responsable, o un compañero de parqueo público caritativo y amable que le permite atarla a un árbol, un poste o una reja, la mayoría no la deja.

No se puede entrar con la bici a casi ningún inmueble por ancho que sea su portal y hasta jardín posea: la persona de la puerta posiblemente le dirá que la Dirección no lo permite. Que «me botan» si me sorprenden dejándola entrar «con ella».

Pero como Ud. es persistente y, sobre todo, está necesitada, quizá se le ocurra hablar con la Dirección. Y se sorprenderá porque la directora del sitio sí es comprensiva y flexible, y halló un huequito en el patio para su transporte… ¡Al fin, Ud. entra!

Pero ocurre que tampoco hay ya ciclovías, ni siquiera se puede transitar dando pedales por una avenida tan amplia y expedita como el Malecón… A propósito: creo que en todo este asunto también faltan decisiones en el sentido contrario. Desde arriba.

Porque es poco entendible que en una nación donde la bicicleta se popularizó y sobrevivió al período especial entre los afortunados que descubrimos sus facilitaciones y no motivos de queja, hayan desaparecido los parqueos de ciclos, y no existan siquiera aquellos aditamentos en que se podía colocar la bici cómodamente atada —siempre candado mediante— de la rueda delantera.

Ni vías más seguras en las cuales Ud. no constituya un «estorbo», como a veces se siente ante ciertos choferes que quisieran que su bicicleta se esfumara, aunque Ud. transite como manda la lógica: por la derecha.

Y conste que no padecemos solo los «testarudos» habituados a ella pues preferimos hacer ejercicio mejor que disgustarse porque la frecuencia del transporte público no concuerda con el reloj y las tareas. Muchos jóvenes que no vivieron aquellos años, hoy también se transportan en ella.

Ojalá se abstuvieran de condicionar quienes no están facultados para imponer directrices, y lleguen las necesarias decisiones que pueden resolver pequeños dilemas y allanarnos —o digámoslo con teoría— «horizontalizarnos» el tránsito en bicicleta.

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