«Maltra(p)to» musical

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Y llegó el trap... cuando una pensaba que lo había visto casi todo en materia de vulgaridad altisonante y disfrazada de alguna que otra nota musical. Ya con el reguetón la batalla de por sí era dura. Pero de vez en cuando surgía algún estribillo que no era tan desagradable, hay que admitirlo (música cansona y simplezas aparte). El extremo al que se ha llegado ahora… es demasiado.

Para quien choca con estas líneas y no tiene ni idea de lo que es el trap —además de decirle que lo envidio con todo mi corazón si no lo ha escuchado— le cuento que se trata de un género surgido a principio de los años 90 en Estados Unidos, y caracterizado por describir los ambientes marginales de la sociedad, aunque sin criticarlos (como hace el hip hop), sino regodeándose en cada miseria humana.

¿Cuál es la filosofía del ritmo que más se escucha en Cuba hace un tiempo? No sé si sus cultores la han definido en una especie de manifiesto o carta de estilo, pero podríamos concordar en que se trata de una letanía de vulgaridades o declaraciones sobre la más íntima sexualidad, matizadas con algún ritmito por detrás.

Si evoluciona, bueno, ya me alegraré. Aunque conozco ejemplos de artistas que lo cultivan sin ir a las bases «más puras», sino con letras más «aceptables», pero siempre partiendo de esos ambientes oscuros y envolventes. Valdría la pena lanzarse a conocer a fondo este género que muchos han pronosticado como el futuro (y el presente, diría yo) de la música latina, pero teniendo claro siempre que sus promotores reconocen al trap como una trampa, la trampa en la que viven sus consumidores cada día y de la que todos podríamos escoger librarnos.

Por ahora, me escandaliza intensamente trasladarme de guagua en guagua, de calle en calle o de fiesta en fiesta, y chocar con un adolescente que repite estribillos bien calienticos para su conocimiento sexual. O con un joven que los canta a viva voz en el sitio menos indicado. O con el rostro incómodo de quien es «golpeado» con par de construcciones verbales que bien valdrían… un exorcismo.

No se trata de nuestro típico doble sentido, la canción picaresca o las metáforas más ocurrentes para describir procesos naturales y que todos experimentamos. ¡Qué va! Ahí sí se acabó la magia, como en la obra de Teatro El Público que provoca a Harry Potter. Realismo puro y duro.

Donde debe decir que la joven se acaricia pensando en su amado, dice… eso mismo, pero del modo más directo que usted se lo imagina. Donde el muchacho debe confesar que no ha cambiado mucho para volver a enfrentar su relación, suena… algo parecido, pero como la peor declaración de principios de la historia. Donde alude a un triángulo amoroso, no crea que se hablará de pasiones encontradas o rutinas complicadas… solo hallará referencia al más primitivo intercambio de fluidos corporales del que tenga constancia.

Y así por el estilo. Si su imaginación le alcanza, intente conformar los versos que le sugiero. Aunque si tiene un sobrino, primo, hija o socio de cualquier edad (porque no creo que haya tantas distinciones generacionales cuando de moda se trata), pregúntele, y tendrá un ejemplar de trap vivito y coleando para su «disfrute».

Joven, tú que tal vez me lees, no me pienses chea. Sé bien lo divertido que es andar «en la última», desafiar las prohibiciones y escuchar aquello que más nos llama la atención por raro. Pero hay tantos modos de retar a la cotidianidad, que yo me quedo con algunos más atrevidos o «malpensantes», pero pensantes, por favor.

Y si no quieres poner a «funcionar el coco» —porque coincidimos en que se trata de bailar y no de andar reflexionando en medio de una disco— al menos escoge aquellos sonidos que no sean tan obvios ni denigrantes.

¿Que el trap tiene un ritmillo contagioso?, puede ser. Algo tenía que tener, ¿no? Pero hay tantas melodías con las que pasarla bien. ¿Que eso es lo que ponen en los centros nocturnos? También es verdad. Pero ahí las culpas son repartidas. Porque sé que llevas las canciones contigo, y hasta las reproduces en tus bocinitas andantes. Con las instituciones ya habría que tener otra charla. ¿Debo ser yo quien la inicie? Tal vez ya anda comenzando por ahí.

La cultura es lo que cada quien se construya para enajenarse, crecer, divertirse o alimentarse el espíritu, sin que vayan reñidos estos estados del alma. Somos libres de escoger lo que deseemos. Pero estoy casi segura de que «maltra(p)tarse» no es una buena opción.

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