Difícil oficio el de las madres voladoras

Dos madres se percataron de que sus hijas presentaban el síndrome de Down. Mas el amor, cuando tiene la marca de la maternidad, lo supera todo, «compra nuevas guías turísticas para el viaje» y se lanza a la aventura de hacer germinar seres felices

Autor:

José Aurelio Paz

Enseñarás a volar/ pero no volarán tu vuelo…

La mañana en que las invité a hacer un vuelo festivo, piloteando su modestia, las monté en mi cuatrimotor de palabras.

Por ser madres especiales, Liliana y Alma merecían un paseo y, después de muchos regateos afectivos, logré comprar los boletos de sus historias, similares en amor y entrega.

Llevaba yo, en el pobre equipaje de mi memoria, la manera tan magistral en que la escritora Emily Perl Kingsley, quien tuvo una vivencia similar a la de mis entrevistadas, se propuso explicar a otros padres la experiencia de convivir con un niño o una niña con discapacidad. Dijo ella que era como planificar unas vacaciones en Italia y un intempestivo cambio en el plan de vuelo te hiciera aterrizar en Holanda, de manera que tendrías que comprar guías turísticas nuevas, ropa para un clima diferente y hasta aprender otro idioma. Su moraleja es la que muchas veces los seres humanos no asumimos: si vives defraudado y lamentándote de que ya no podrás visitar el Coliseo de Roma o pasear en góndola por los canales de Venecia, te perderás disfrutar la majestuosidad de un cuadro de Rembrandt o la colorida gama de tulipanes que allí crecen.

Enseñarás a soñar,/ pero no soñarán tu sueño…

Así nos fuimos al Parque de la Ciudad, y mientras Liané y Yamelis se divertían haciéndole travesuras a Neisy (especie de ángel apacible y lisonjero), como ese desdibujo entre mujer y niña que son, supe lo difícil que fue para ambas mamás el momento exacto cuando se dieron cuenta de que sus hijas poseían el síndrome de Down, un trastorno genético causado, según los científicos, por la presencia de una copia extra, o de una parte, del llamado cromosoma 21, lo cual crea un grado variable de discapacidad cognitiva y rasgos peculiares que los definen.

Cuentan Alma y Liliana que, por esa intuición propia de la mujer desde que llevan la criatura en su vientre, ellas se percataron de que sus hijas, al nacer, tenían algo diferente, y no hay cuestión más difícil de superar que el silencio social que se cierne en torno a ellas en ese momento, además del dolor colectivo de la familia al enfrentar la nueva realidad. Mas el amor, cuando tiene la marca de la maternidad, lo supera todo, «compra nuevas guías turísticas para el viaje» y se lanza a la aventura de hacer germinar seres felices.

Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida…

Claro que cada madre, desde que se gesta, tiene un «plan de vuelo» para el fruto de su vientre que, luego, deberá ajustar. Ambas afirman que, en su caso, tuvieron todo el apoyo familiar, de los organismos sociales y de su iglesia, para que sus niñas alcanzaran un desarrollo lo más armónico posible en cuanto a conocimientos y afectos, como entrenamiento para enfrentar el oficio de vivir de la manera más plena. Manifestaron, también, que existe un ejército de personas entre maestros, fisioterapeutas y psicólogos, al cual, según sus propias palabras, no tienen con qué agradecer las delicadas maneras en que las han acompañado en este camino diferente.

Yamelis, que es la hija de Alma, es la más traviesa de las dos. Le fascinan los dulces y le encanta jugar a las casitas y a ser mamá, por lo que tiene predilección por los bebés de goma. Liané, la niña mimada de Liliana, es una chica más intelectual: además de ayudar a su mamá en los quehaceres de la casa, le encanta leer y pintar. Cada una tiene su mundo propio, el que disfrutan con esa inocencia noble que otros hemos perdido con el decursar de los años. No hay cosa más sagrada para ellas que sus mamás, esos robustos troncos de donde penden, cual orquídeas delicadas y exóticas.

Durante el diálogo vi a las madres emocionarse al hacer un alto en cada pasaje de vida, y me di cuenta de que para ellas asumir la maternidad en tales condiciones no constituye una carga, sino una manera distinta de llevar la semilla al fruto, sin complejos ni culpas, lo cual exige una doble dosis de amor y de paciencia, una comprensión más profunda en esa entrega total al ser, que es carne de tu carne y sangre de tu sangre, para alcanzar la plenitud humana.

Tampoco olvidaron mencionar a Neisy, una amiga entrañable que, además de tener dos hijos, cuatro nietos y un bisnieto, se ha volcado para apoyarlas en su labor. Quien la conoce se da cuenta de que esta mujer, de aire bonachón y una sonrisa siempre a punto de escapársele, encuentra en esta manera de servir una prolongación natural de su maternidad, de modo que se convierte ella, también, en una chiquilla juguetona, la cual malcría a Yamelis y a Liané, al acceder a sus más inocentes caprichos de niñas grandes.

Confieso que salí conmovido de esta travesía sorprendente, por ese privilegio que tenemos los periodistas de visitar los mundos ocultos y vibrantes de las personas, si donde pensé encontrar sombras me abrazaron luces y fuegos de espíritu. Sobre todo, cuando te percatas de que los prejuicios habitan en nosotros y no en ellos, quienes han ajustado la brújula y los relojes de su itinerario en la búsqueda de la felicidad, consiguiendo esas acrobacias de aliento que nos hacen levantar la vista y aprender que la vida ha de ser un ejercicio de altura.

Se darán cuenta los lectores de que no he querido poner apellidos, porque ellas no son excepción, sino regla de lo que constituye la infinitud del oficio de madre especial, faena de contornos inimaginables en que la risa y el llanto son gladiadores que luchan por matarse cuando, casi siempre, triunfa el concepto, tan martiano, de que la utilidad ha de ir acompañada de la virtud para que la lumbre resplandezca y arrope al espíritu.

Fue Alma, de nombre tan exacto, quien al final de la conversación me mostró uno de sus secretos de supervivencia, un poema de la Madre Teresa de Calcuta, refiriéndose a los hijos, que siempre lleva consigo: Enseñarás a volar,/ pero no volarán tu vuelo./ Enseñarás a soñar,/ pero no soñarán tu sueño./ Enseñarás a vivir,/ pero no vivirán tu vida./ Sin embargo…/ en cada vuelo,/ en cada vida,/ en cada sueño/ perdurará siempre la huella/ del camino enseñado.

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