Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El Duende

La tecla del duende

Mégano

Cuando hoy comienza en la perla cienfueguera el IX Encuentro de la Crónica Miguel Ángel de la Torre, comparto con ustedes  una crónica de la colega espirituana Giselle Morales, finalista del concurso cienfueguero en esta edición. Adiós Mégano de Tunas es su título.

José Baños, práctico del puerto de Tunas de Zaza, ya debe haber muerto. Cuando dio su testimonio para un reportaje con pretensiones antropológicas, hacía tiempo que no guiaba la entrada y salida de cuanto buque viniera a cargar en su panza los azúcares de los antiguos ingenios Amazonas, Tuinucú, La Vega y Natividad. Retirado del trabajo en el embarcadero pero no del sobresalto de ganarse la vida, José Baños se recluyó por decisión propia en los agrestes dominios de El Mégano, comunidad que, junto a la cercanísima Tunas, configuran la última talanquera del río Zaza antes de desbarrancarse en el Caribe; y desde aquel paraje recóndito sintetizó, con la picardía de los viejos lobos de mar, lo que todos piensan pero nadie confiesa con una grabadora apuntándole: «Si el mundo tiene fondillo, este es el fondillo del mundo».

«El caso de nosotros es un dilema tremendo, caballero —dijo entonces a la prensa—. Miren, ahora Cuba está desesperada por la sequía, ¿verdad? El ganado se muere, los pozos se secan. No hay agua en ninguna parte, y todos los cubanos piden agua. Bueno, pues nosotros tenemos también que pedirla, pero así a medias, como diciéndole al cielo que se aguante un poco la mano por esta parte de aquí. Porque, ¿sabe lo que pasa?, que a nosotros el agua a más de sostenernos la vida, nos arrastra también. ¡Dígame si eso no es para ponerse las manos en la cabeza!

«Lo mismo son los ciclones. No hay un hombre de El Mégano que piense en el viento nunca. Lo malo es el agua, que el temporal venga lento y cargado de lluvia y se le ocurra atravesar la Isla, aquí más o menos por donde estamos nosotros. Como el río Zaza diga a coger agua desde las cabeceras, adiós Mégano de Tunas», explicó José Baños antes de desbocarse a contar, con pelos y señales, por qué la gente seguía viviendo en sitio tan inhóspito de la geografía insular, donde los hombres erigen sus casas sobre pilotes como cangrejos hincados en el pantano, el salitre curte las pieles en el sopor del mediodía, el tedio mismo se escurre de los chinchorros, la calle principal simula un surco de arena gris «donde el pie pierde la mitad de su esfuerzo al andar» y los niños nacen fatídicamente predestinados al agua.

El testimonio de José Baños, sin embargo, no fue tomado ayer por un improvisado equipo de prensa, sino en 1955, cuando Onelio Jorge Cardoso y el fotógrafo José Tabío documentaron para la revista Carteles lo que entonces consideraron un confín olvidado por casi toda Cuba. A diferencia de la realidad que describió frente al estupor de los corresponsales, José Baños, el viejo peje de mar, sí debe haber muerto. (Tomado del blog Cuba profunda, de la autora).

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