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Rompiendo el silencio

No hay discotecas, bares ni parques de diversiones; tampoco llegan las señales de televisión a las casas, pero en comunidades así, intrincadas y de muy difícil acceso, los juegos tradicionales, las salas de televisión y el río son los entretenimientos de gran aceptación

Autor:

Yisell Rodríguez Milán

Aquello es «zona de silencio», pero no lo parece. Incluso desde lejos se escucha la algarabía originada por las actividades veraniegas del Consejo Popular Los Calderos, allá entre las montañas más orientales de Cuba, donde instructores de arte y del deporte rompen con sus iniciativas el callado convivir de más de 900 habitantes.

Su «puesto de mando», para lo que se organice, es la Sala de televisión, que cumple y festeja sus diez años de existencia. No hay instalación como esta para reunir personas durante julio y agosto, ni sitio con asientos más cómodos o mejor iluminación para planificar lo que salvará a la población de las limitantes impuestas por la geografía.

Yaidis Quintero Castro, directora del centro, explica que los directivos de la procesadora de café, las unidades gastronómicas y el aserrío —instalaciones impulsoras de la vida económica del lugar— se reúnen ahí para organizar los fines de semana en el río y acordar el responsable de una tradicional caldosa.

«También aquí hacemos espacio para la lectura, vendemos libros, los promotores de salud imparten charlas educativas sobre el alcoholismo y las indisciplinas sociales… La máquina de video la usamos raras veces, porque la gente prefiere ver los canales nacionales, que solo se captan en esta sala, porque en lo más alto de ella nos instalaron una antena satelital, que nos permite ver, incluso, Cubavisión Internacional.

«Pero nuestro mejor período fueron los Juegos Olímpicos. Esto se llenó tanto que un día competimos con la venta de carne en la bodega. Y aunque cuando fallaba el panel fotovoltaico la gente sufría… siempre nos las arreglamos para ver a los cubanos», cuenta Quintero, y sus palabras nos demuestran porqué dicen los vecinos que la sala, más que prestar servicio de 7:00 de la mañana a 11:00 de la noche, es el alma del territorio.

Serranía adentro

Doce kilómetros de un camino salvaje, saturado de piedras y malas hierbas, y que los de allí tiernamente llaman carretera, separan la comunidad de la cabecera municipal de Imías, en Guantánamo. Esa lejanía de la ciudad más próxima y la ausencia de discotecas, bares o parques de diversiones para entretener a la juventud, más que frenar han desbordado la imaginación local.

Lo demuestra la existencia allí de juegos como el tragabolas, hecho a partir de una caja vacía y un payaso de papel con la boca abierta, y también el futbolito, que se juega bateando una moneda de cinco centavos con los dedos y donde los atletas son clavos incrustados en un pedazo de madera que simula un campo.

Así nos explica Juan Antonio Martínez Mosqueda, el técnico de recreación, a quien vemos llevar los tableros de damas y parchís desde la Sala de televisión hacia El Caney, bohío sin paredes y con techo de palma usado para las descargas de música y como escenario deportivo.

«Si nos ponemos a contar —señala— no paramos, porque los muchachos hacen de todo. Es común verlos jugando al palo encebado, en carreras de caballos, bañándose en el río, o en los topes de voleibol, béisbol, bádminton y dominó que convocamos».

Los poblados de El Palmarito, San Ignacio, Jesús Lores y Vega del Jobo, que rodean los 129,90 kilómetros cuadrados ocupados por Los Calderos, son sus principales oponentes competitivos. Pero siempre por las tardes, porque en las mañanas difícilmente se vea a alguien desatendiendo el cafetal o los campos de malanga por estar jugando.

Aunque siempre hay quienes escapan a esos quehaceres. Tal fue el caso de la pequeña Ceilan Yelena Sánchez Quintero, de siete años de edad, y su prima Lorena Delgado Cuenca, de ocho, que viajó desde el municipio de Maisí a las profundidades de Imías para disfrutar sus vacaciones.

Ellas no se entretienen con videojuegos ni con las máquinas eléctricas (trenes, aviones, sillas voladoras…) que vacían los bolsillos de los padres de ciudad. Todo lo contrario. Las vimos alrededor de las diez de la mañana, según contaron, cuando marchaban a jugar «a las muñecas» no sin antes detenerse y probar puntería con el tragabolas.

El trompo, la gallinita ciega, los yaquis, las rondas, los escondidos y el izaje de papalotes, enumeran ellas, son otros entretenimientos de los niños.

Otro pequeño, José Manuel Quintero Frómeta, de 11 años y muy diestro en el toque del bongó, que aprovecha esta época para ejercitar, accede a contarnos algunas interioridades veraniegas:

«A los muchachos de mi edad no les gusta mucho la Sala de televisión. Dicen que es para los adultos, pero yo sí voy a mirar las aventuras, los muñequitos y la novela. Ellos prefieren jugar a las bolas, a la pelota, con los animales o viajar a otras partes con su familia».

De manera similar opina —a pesar de la diferencia de edad— Josennis Osorio Hernández, de 17 años, quien con más atrevimiento que otros jóvenes presentes nos muestra lo que puede hacer sobre un par de zancos, en medio del camino pedregoso que pasa por el poblado.

A su lado, bajo la sombra de El Caney, cuatro coterráneos juegan dominó y se oye la música del grupo Nuevo Amanecer.

Tres, bongó, guitarra, campanas, güiro y maracas son los instrumentos de los seis aficionados locales que —a falta de música grabada esa mañana— animaban el lugar con sones, boleros y rancheras.

Ramón Osoria Noa, su director y promotor cultural en Los Calderos durante más de una década, explica que la agrupación Nuevo Amanecer existe hace 11 años y que no constituye el único entretenimiento cultural:

«Nuestras actividades de mayor impacto fueron la inauguración del verano y las celebraciones por el día de los niños y el 26 de Julio. Sin embargo, a la gente también le gustan mucho los bailables y las exposiciones de artes plásticas en los secaderos de café de la procesadora».

Para respaldar esas actividades, la Empresa Comercial Mixta de Imías aumentó las ofertas en la cafetería de este Consejo Popular. Cerveza y pollo, lo más comprado, no ha faltado, así como tampoco las ganancias. A diario esa unidad gastronómica —única de su tipo allí— recauda alrededor de 1 200 pesos, o sea, 400 más que durante el año escolar.

Quizá por tanta opción y alegría dispersa, Modesta Terrero Osorio, de 63 años de edad y con domicilio en Baracoa, siempre vuelva a aquí.

Acepta que es difícil pasar los días en un sitio donde la luz depende de una minihidroeléctrica y esta a su vez del nivel del río. Cuando este baja, el silencio reina en Los Calderos.

Pero reconoce que «en los pueblos callados se puede descansar» y que al menos sus sobrinos, hijos de los ocho hermanos que le quedan, tienen cómo divertirse: «Van al río y compiten en los juegos. No se aburren», dice.

Siendo de difícil acceso y tan pequeña como es, lo distintivo de esta comunidad  es que, si así lo quiere su gente, con o sin electricidad, en verano Los Calderos suenan.

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