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Pinar, una ciudad de 153 años

Esta urbe, relativamente joven si se compara con otras villas del país, cuenta ya 153 años desde que la reina Isabel le concediera el título de Ciudad, el 10 de septiembre de 1867

Autor:

Dorelys Canivell Canal

PINAR DEL RÍO.­— Esta urbe, relativamente joven si se compara con otras villas del país, cuenta ya 153 años desde que la reina Isabel le concediera el título de Ciudad, el 10 de septiembre de 1867.

Se conoce que los orígenes de Pinar del Río estuvieron en un asentamiento a orillas del río Guamá, desde donde sus moradores decidieron trasladarse para no tener que lidiar con las continuas crecientes. El nuevo sitio escogido, un lugar cercano y más elevado geográficamente, queda cerca del espacio que hoy ocupa el Parque de la Independencia.

Según estudios realizados por los historiadores, entre 1686 y 1699 el occidental poblado ostentaba determinada organización en el plano jurídico e institucional. Poco a poco comenzaron a trazarse calles sinuosas, construcciones del tipo vernáculo, en las que la tabla y el guano eran muy comunes como elementos principales de cada edificación.

Aparejado al desarrollo del cultivo del tabaco, tradición que llega hasta nuestros días, el poblado comenzó a definirse. Hubo iglesia, cementerio, plaza. Se sustituyó el guano por la teja criolla, que aún en la actualidad distingue la zona más antigua de la ciudad, y comenzaron a usarse los amplios portales y las columnas toscanas.

En varias ocasiones los vecinos solicitaron a la Corona el reconocimiento de la entonces villa como ciudad. El territorio acogió personalidades ilustres y no pocos fueron los grupos conspirativos que apoyaron desde aquí el proceso independentista que se fraguaba en la Isla.

Esta no fue de las ciudades más desarrolladas del país arquitectónica ni económicamente; incluso durante mucho tiempo se le adjudicó el sobrenombre de Cenicienta de Cuba. No obstante, su gente ha sabido atribuirle valores a este terruño, que destaca hoy no solo por sus grandiosos atractivos naturales, sino por su cultura, sus glorias deportivas, sus estudiantes, científicos, obreros y campesinos. Sin duda, su pueblo es su mayor tesoro.

La impronta de la Revolución llegó hasta la más occidental región en 1959 para poner fin a la crudeza de los monopolios y a la mano dura de los latifundistas, a la corta educación y casi ninguna infraestructura de salud. ¡Y de qué manera lo hizo! Hasta la ahora «hospitalaria y princesa de Cuba» llegaron maestros y médicos, muchos de ellos hijos del propio campesino que labraba la tierra.

Hoy Pinar del Río, como el resto del país, se enfrenta a la situación generada por la Covid-19 y las complejidades económicas que atraviesa la nación. Su pueblo no está exento de las vicisitudes, las colas, el insuficiente abastecimiento, el indolente que se aprovecha del que tiene al lado para lucrar y revender.

Mas el pinareño sabe y confía en que esta realidad debe y tiene que cambiar. Lo primero sigue siendo la salud, porque en esta ciudad, que hoy cumple 153 años, la vida de una persona vale más que todo, está por encima de todo.

Escuché decir a un historiador y amigo: «El reto está en pensar una ciudad para el futuro, más animada, con nuevas tecnologías, pero en función siempre de aquellas características que definen a los pinareños como personas afables, cariñosas, jaraneras. Esta debe ser una ciudad para nuestros hijos y nietos, pero también para los que hoy la desandan y peinan canas».

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