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Un médico necesita amar su profesión

El joven galeno pinareño Roldán Valdés González dialogó con JR sobre su labor en la actualidad y la misión de trabajo que cumplió en Venezuela,  una experiencia que cataloga de hermosa y enriquecedora

Autor:

Dorelys Canivell Canal

PINAR DEL RÍO.— Roldán Valdés González es médico especialista en Terapia intensiva y Emergencias médicas o Medicina crítica y Emergencias médicas. «Cualquier término estaría bien», nos acota, pues habla de su profesión con un orgullo que da gusto.

Se le puede ver horas y horas en el hospital clínico quirúrgico docente Abel Santamaría Cuadrado, de Pinar del Río. Ha vuelto a este centro, el mismo que lo recibió en 2016 cuando concluyó su especialidad. Se había graduado de Medicina en 2013.

Venezuela fue su primera misión y única hasta el momento. Una experiencia que asegura «fue enriquecedora y muy bonita».

Sobre el tiempo que prestó servicios en esa tierra y la labor que desarrolla en la actualidad, este joven dialogó con JR: «Solo estuve en el hospital tres o cuatro meses y salgo de misión. Tras un tiempo en el distrito capital, fui trasladado para el estado de Zulia y allí llegué directo como especialista al centro de diagnóstico integral (CDI) de Santa Rosalía.

«Era un centro de referencia regional que se dedicaba casi el 90 por ciento a admitir el personal de la misión cubana. A trabajar con ellos, a tratarlos, por supuesto, se enfermaba también nuestra gente, había colegas que llegaban a la misión con 45 años y eran hipertensos y se descompensaban.

«Creo que el CDI tenía unas características desde el punto de vista estratégico muy bien diseñado; estaba ubicado en el centro de la ciudad con su equipo médico multidisciplinario integrado por anestesiólogos, cirujanos, cardiólogos, intensivistas, personal de enfemería, y por suerte no era tampoco el único pinareño.

«Al estar en el centro de la ciudad era muy funcional y tenía todas las condiciones para atender cualquier emergencia médica y patología que llegara. Allí laboré prácticamente los cinco años que estuve en Venezuela.

«Santa Rosalía era regional, atendía cuatro estados más. Además de Zulia, recibía pacientes de Táchira, Falcón, Trujillo y Mérida».

En unos minutos que tiene menos ocupados en la Sala de Emergencia del Abel Santamaría, que ahora dirige, va compartiendo cada recuerdo, y se agolpan las historias como vestigios de un pasado muy reciente que se niega a olvidar.

Así habla de aquel joven de 39 años que llegó con un trauma cráneoencefálico, al que se le pudo inducir un coma farmacológico, en una semana lograron el tratamiento neuroquirúrgico y lograron trasladar en tiempo.

Menciona también a otra colega con trauma, que «después de un coma inducido y haber tomado todas las medidas pertinentes desde el punto de vista neuroquirúrgico, nos permitió trabajar con ella, despertarla en cinco días y recibir de nuevo a una colaboradora, sobre todo, desde el punto de vista neurológico consciente, cooperativa, con un defecto motor propio del trauma, pero a la que pudimos montar en un avión viva para Cuba».

Así habla de varios casos, y no se los comenta solamente a la prensa. Son experiencias que comparte también con sus estudiantes, a los que asegura que «hay que formar en valores y en el amor por la profesión, que es profundamente humanista».

El doctor Roldán siempre piensa en el familiar: «Es muy difícil dejar ir a una misión a un hijo de 29 o 30 años y recibir la noticia de que está grave, tan lejos en otro país, o crítico o fallecido, porque en muchas ocasiones salvamos las vidas, pero se nos fueron también compañeros de trabajo.  Entonces nos llena de orgullo poder salvar compañeros que ni siquiera conocía».

Refiere que es un trabajo de muchas manos: «Era un equipo multidisciplinario que daba la vida en ese momento por el cooperante, y fueron esas las estrategias del líder histórico de la Revolución cuando ya hace más de 20 años, tras la ocurrencia del terremoto de Vargas, él y Chávez llegaron a la conclusión de la necesidad de firmar el convenio de la colaboración médica cubana en Venezuela».

Allá, el doctor Roldán también impartió clases: «Di docencia en pregrado y posgrado, cursos de diplomado de terapia intensiva, tanto al personal venezolano como a los cubanos, ese fue precisamente uno de los objetivos de Fidel: preparar a la tropa, y otro de los objetivos era, por supuesto, prestar asistencia al pueblo venezolano, que también lo hice, no con la magnitud de la atención brindada a los cooperantes cubanos, pero fue una experiencia muy bonita; y el otro objetivo, que para mí fue muy importante en la misión, era que nos enfocábamos en ese equipo multidisciplinario, del cual yo me sentí muy orgulloso de representar más que de dirigir.

«A cualquier hora iban a rescatar a ese cubano donde quiera que estuviera enfermo. Esa fue mi función, sobre todo, en Venezuela».

La llegada de la Covid-19

No escapó el joven de la zona roja cuando tuvo que atender el primer caso grave de COVID-19, al empezar la pandemia. «Era una dermatóloga, se le colocó ventilación mecánica no invasiva, entré a la zona roja, trabajé con ella, salió del estado de gravedad y la traje para Cuba.

«En ese momento mi papá también fue reportado de grave aquí con un síndrome coronario agudo, y la misión siempre ha sido muy cuidadosa con eso, pues dan la posibilidad de venir cuando tenemos un familiar con un estado de salud complicado».

Así, menciona otros casos que trasladó hasta La Habana, una suerte de médico de cabecera, de amuleto para quien viene enfermo y tiene la certeza de saberse en buenas manos.

De cuánto aprendió en la misión comenta también: «Me permitió encauzar el conocimiento, profundicé las materias porque apenas siendo residente con 29 y 30 y tantos años salí a cumplir una misión de tal envergadura.

«La de Venezuela es una misión bien organizada y que aporta mucho a todo el que quiera, desde el punto de vista médico, aprender. Se ven enfermedades y patologías que generalmente en Cuba no abundan o no existen. Es algo tan sencillo como que allá puedes ver a un paciente venezolano con dengue caminando en la calle con las plaquetas en 50 000. Entonces es una amalgama de experiencia y de cultura que desde el punto de vista médico te hace crecer».

La familia, un puntal

«Fueron cinco años en Venezuela y yo mantenía una comunicación constante con mis padres, y estar allá, era, además, un compromiso con ellos.

«Para mí, mi mamá y mi papá son espectaculares, yo diría que cada paso que vaya a dar y cada paso que di en Venezuela lo sabían y contaba con su opinión y su decisión. Jamás hubo un reproche.

«Cuando llegaba al límite del tercer año y les comuniqué que la misión me estaba pidiendo que continuara, a partir también de los resultados de trabajo que teníamos, me dieron todo su apoyo.

«Fueron cinco años de los que no me arrepentiré nunca. Si un día hay que volver pasaré por allá, porque pienso que me aportaría mucho más».

Otra vez en el Abel Santamaría

De vuelta a la Patria el hospital provincial pinareño cuenta con sus servicios. Roldán sentía ya la necesidad de pasar tiempo con la familia, de tener hijos, de seguir creciendo profesionalmente, y regresó a Cuba en diciembre pasado.

Primero estuvo trabajando en una unidad de cuidados intensivos polivalente y ahora, a partir de un pedido de la dirección de la institución, ha asumido estar al frente del servicio de Emergencia.

Un puesto difícil, pues este centro es de referencia, sobre todo, en trauma, por tanto, es el que recibe la mayor cantidad de casos de emergencia en el territorio vueltabajero.

«El trabajo aquí es un poco agotador y dinámico a la vez. Hemos hecho algunos cambios en el servicio, que van desde la parte estructural, de equipamiento médico hasta de mentalidad, y hemos mantenido buenos indicadores. Los casos que más se reciben son traumas y síndromes coronarios».

Hace el doctor un aparte para hablar del contexto actual: «Es muy difícil ejercer la profesión hoy, porque la medicina, y en particular la medicina crítica conlleva muchos recursos, pero a la vez puedo decir que se hace mucho más difícil cuando llegamos al hospital y el médico no tiene deseos de trabajar o un paciente necesita un medicamento, pero puede resolver con otro, y no somos capaces de ponerle la mano en el hombro y explicárselo y darle tranquilidad y seguridad. Está también la cuestión del salario que tampoco es el mejor.

«Por sobre todas las cosas un médico tiene que amar la profesión. En la medicina crítica, además de necesitarse muchos recursos, los errores se pagan caros. En la medicina crítica un error cuesta la vida del paciente».

Por eso se toma tan en serio la docencia y trata, desde que sus alumnos están en primer año, de inculcarles ese amor por la medicina, que es una labor de entrega, de sacrificio y de servicio público.

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