Natalia en las piernas de su mamá Gretel. Al lado del sillón, la abuela Idalmis. Autor: Luis Raúl Vázquez Muñoz Publicado: 22/02/2026 | 01:29 am
CIEGO DE ÁVILA.— Natalia es una guerrera. Natalia Álvarez Delgado te mira con esos ojos grises, que se ponen de color esmeralda cuando les da el sol, y al visitante no le queda más remedio que asombrarse. Porque ella mira, revisa y al final se ríe. Y lo hace llena de vida, con un brillo tan grande que te estremece.
Entonces piensas: tiene cuatro añitos, tiene una hidrocefalia, una parálisis cerebral, la han operado ya 30 veces en el Hospital Pediátrico de Camagüey y, a pesar de todo, los ojos le brillan y con la sonrisa y sus balbuceos parece decirte: «Oye, yo te quiero».
Una llamada
Gretel Delgado Hernández, la mamá de Natalia, acomoda a la niña sobre la cama, le pasa la mano por la cabeza, le besa las mejillas y acomoda unos mechones de color castaño. La pequeña murmura alegría, empieza a golpear las manos de la madre en señal de cariños y lanza unos besos al aire.
«Yo le voy a decir la verdad, esto es duro —dice Gretel—. Mi niña nació bien, pero hubo un mal manejo en el parto y eso le provocó una hemorragia cerebral, que después derivó en una hidrocefalia. De ahí apareció la parálisis cerebral y luego los ataques epilépticos. Cuando ella está en la cama, por la manera en que pone los ojitos enseguida me doy cuenta si tiene la epilepsia. Los médicos nos enseñaron a cómo manejar esas situaciones, incluso si el ataque se mantiene más de lo debido y hay que llevarla corriendo para el hospital».
La mamá cuenta que a la pequeña le instalaron una válvula en el cerebro, la cual permite el drenaje correcto del líquido cerebral hacia el organismo. Cuando el dispositivo funciona mal, debido al rechazo del cuerpo ante un objeto extraño, las alarmas se prenden y ese ha sido, en parte, el origen de las carreras a toda urgencia hacia el hospital Antonio Luaces Iraola, en Ciego de Ávila, o el Pediátrico de Camagüey.
«Por sus padecimientos —cuenta Gretel—, la niña toma medicamentos que le pueden provocar fiebres si no permanece fresca. Por eso el Gobierno donó un split de aire acondicionado, además de una dieta de leche en el polvo de por vida. Pero con estos apagones, nos la empezamos a ver difícil. Imagínese, ¿cómo mantenerla fresca? Ya usted sabe lo que hay que inventar. Hasta que hace unos días llegó un aviso: a Natalia le habían otorgado un panel solar con su batería, un Ecoflow. ¿Usted se imagina? ¿Usted sabe que te llamen de pronto y te digan eso? ¿Qué hay un panel para la niña?».
La tranquilidad
Idalmis Hernández Bustamente es la mamá de Gretel. Ella se mueve con rapidez por la casa. «Ay, no, no —pide con pena—. No me tire fotos, mire lo desgreñada que estoy». Luego se acerca a la niña: «¿Qué dice la cosita linda de su abuela?». Y Natalia extiende los bracitos y empieza a tocarle la cara.
En carreras entre la sala y la cocina, para aprovechar la corriente y preparar la comida, Idalmis explica que la capacidad del Ecoflow no da para que funcione el split o los equipos eléctricos de cocción. Sin embargo, sí asegura la iluminación dentro de la casa y el funcionamiento de los ventiladores.

Gretel muestra el panel solar, que ayudará a la atención de su hija. Foto: Luis Raúl Vázquez Muñoz
«Oiga —dice—, eso es una tremenda ayuda; porque, cuando viene el apagón la podemos sacar del cuarto o ponerla en otro lugar de la casa, se le pone el ventilador y la mantenemos fresca. Ahí aprovechamos para rehabilitarla, algo que los médicos han insistido mucho. Antes de que vinieran los paneles, imagínese: la rehabilitación se hacía. El circuito de nosotras es el del hospital. Por eso los apagones en el barrio son más ordenados que en otros lugares; pero con las cositas de Natalia no es igual. Ahora estamos más tranquilas para el verano».
Gretel y su mamá invitan a pasar al cuarto de Natalia. Allí, al lado de la cama de la pequeña, está la batería del equipo. La activan y una pizarra indica que está al ciento por ciento. Ellas relatan el momento de la instalación, los cuidados que indicaron los técnicos, las explicaciones de por qué el panel debía ponerse en la esquina delantera del techo, por ser la zona donde recibía mayor radiación solar. Y mientras hablan, Natalia tiene en sus manos un juguete de color rojo. Lo mira, lo mueve, lo voltea. Y ríe tranquila. Feliz.
La aclaración
«Esta niña es una guerrera —dice la abuela—. Siempre se está riendo, una la ve con sus cositas y se le estruja el corazón; pero ella no. Ella te mira, te estudia y luego empieza a reírse y a hacer sus cosas, y cuando una ve eso, se le quitan los pensamientos. Una aprende mucho de ella, no crea. Una aprende a guapear».
Gretel y su mamá aseguran algo con orgullo: a Natalia todos la quieren. Desde todas partes, cuentan, incluso desde el exterior, las amistades han ayudado. La familia por parte de padre la idolatra. En Ciego de Ávila, en la sala de urgencias y de cuidados intensivos, los médicos empiezan a pronunciar su nombre y enseguida la ubican.
«Mi mamá es la que ha dado las carreras», dice Gretel. Que si la dieta, que si el split, que si la ambulancia, que si el carro. Idalmis hace un gesto, como queriendo decir: «hay que hacerlo».
«Yo no me sé bien los nombres —comenta—, con este apuro de que se va la corriente, las cosas se le olvidan a una; pero, mire, Tania, la jefa del Programa Materno, ha ayudado mucho. David, ahora no me acuerdo del apellido... Bueno, él es jefe en el Gobierno municipal. Ese hombre como ha ayudado. Él ve por los ojos de Natalia».
En el Pediátrico de Camagüey, continúa, a Natalia la reciben como a una personalidad. Hasta el portero la conoce. El doctor José Manuel Montejo es el neurocirujano que la atiende y lo que siente es adoración por ella. Cuando la niña entra al salón de cirugía, el equipo médico lo hace completo.
«¿Usted sabe quién lava la ropa de Natalia? —pregunta Gretel—. Las enfermeras. Ellas tratan de hacernos la vida más fácil, porque cuando una va a una cirugía no sabe cuándo saldrá. Yo a veces me siento mal. Veo jugar a las niñas de su edad y pienso qué haría la mía si estuviera bien; pero la miro, la veo contenta y me entran deseos de salir adelante. Una vez, en los primeros momentos, yo me preguntaba cómo iba a hacer para entenderla, si es que ella no puede hablar. ¿Cuándo yo sabría que ella tiene hambre o sed o ganas de jugar? Y un día una enfermera me lo aclaró: “Gretel, no te preocupes. El amor de madre lo entiende todo”. Tenía razón. Ahora yo veo a Natalia y sé lo que pide. Pero también sé que, con sus problemas, ella nos quiere a todos».
