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Argelio Santiesteban, los 366 días del año

Este incondicional Quijote protector del idioma clasifica en el top ten de los escritores y periodistas cubanos que más han defendido el buen decir, el buen hablar, en todos los tiempos

Autor:

JAPE

Nuestro protagonista de hoy, de manera fácil, clasifica en el top ten de los escritores y periodistas cubanos que más han defendido el buen decir, el buen hablar, en todos los tiempos. Incansable estudioso, investigador y maestro del lenguaje, Argelio Santiesteban (Premio Nacional de la Crítica 1983) aparece con un currículo muy distintivo. Les daré algunos datos, insuficientes para conocer a este incondicional Quijote protector del idioma, que tuvo a bien utilizar el humor como eficaz herramienta transmisora del conocimiento.

Nació en Banes, antigua provincia de Oriente, en el año1945. Desde muy temprana edad escribe para revistas, periódicos, radio y televisión. Fue redactor de la publicación universitaria Alma Máter y tuvo una columna fija en el ya desaparecido periódico cubano El Mundo. Perteneció al staff de la agencia noticiosa Reuters en La Habana y al equipo de reportajes especiales de la revista Bohemia.

También goza de un impresionante palmarés que incluye su colaboración con publicaciones como la revista Mella, Trabajadores, Juventud Rebelde (con sección fija dominical en dos ocasiones), Revolución y Cultura, dedeté. Granma Internacional, Caimán Barbudo, La Gaceta… entre otras. Creó, junto a Héctor Zumbado y a Oscar Cuesta, la revista Sol y Son, de Cubana de Aviación.

Argelio Santiesteban fue miembro fundador de la Brigada Artístico-Literaria Hermanos Saíz en el año 1963. Trabajó para el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), en importantes campañas de prensa en defensa de nuestra nación. Estuvo entre los creadores de la Televisión Educativa en Cuba y fue cofundador de los programas televisivos Puntos de vista y Entre libros.

Pudiera estar hablando mucho más de la presencia de este incansable investigador, de agudo sentido del humor, que reflejara en sus libros, y en toda su obra literario-pedagógica. Baste con decir que su volumen, El habla popular cubana de hoy, fue editado en tres ocasiones, 1982, 1985 y 1997... Y si aún no se ha hecho otra edición, podríamos pensar seriamente en hacerlo.

Argelio comentó hace algún tiempo, en una entrevista a Jesús Dueñas Becerra: «Fui un privilegiado por la buena suerte (…). Alfabeticé en la Sierra Maestra, y conozco cómo se expresan los serranos, que son provincia lingüística aparte. Llevo más de medio siglo en La Habana, y sé cómo se expresa el capitalino. Durante un lustro fui profesor de los homicidas del Castillo del Príncipe, y me enteré de la jerga de «la mala vida habanera», como decía el sabio polígrafo, don Fernando Ortiz. Con todo ese aval, que me regaló la casualidad, no me quedó más remedio que escribir El habla popular cubana de hoy.

Nuestro invitado especial también dejó un mensaje a las nuevas generaciones que considero vigente e imprescindible: «Que le huyan al vedetismo como a la peste. En un final, nadie tiene derecho al protagonismo, ya que somos simples paramecios que venimos por un ratito a este valle de lágrimas. Que se ganen el respeto de la gente con el estudio sin límite ni cordura los 366 días del año, si es bisiesto».

Es verdad, pero no lo digas

Es cosa sabida: el idioma nos tiende trampas. Una frase —entre nosotros tan ingenua— como «raspar una concha» haría palidecer a más de uno de nuestros hermanos de Latinoamérica.

Lugares hay donde la operación —arriesgada, pero cándida— que es «coger una guagua», sería identificada como la más punible de las aberraciones sexuales.

Permítame el casto lector transmitirle mis personales experiencias en el campo de los equívocos lingüísticos.

Asistía yo a una fiesta donde estaban representadas todas las tierras del Río Bravo hacia abajo. Me acompañaba una chispeante coterránea, que amenizó la noche con sus constantes y efectivos chistes.

Debo aclarar que, entre los venezolanos, al bromista le llaman «mamador de gallo», o simplemente «mamador». De manera tal que entre mi ocurrente acompañante y un sudamericano, se produjo un rápido y espeluznante diálogo:

—¡Qué mamadora es usted!

—¿En qué me lo conoció?

Pero no habrían de terminar en ese momento los sobresaltos de aquella noche, a la vez festiva e infausta.

Bien se conoce que, entre las rumbosas huestes de Baco, el aguardiente recibe cariñosos sobrenombres. Así, en Cuba, muchos ponderan las virtudes curativas del «jarabe del doctor Corona» o las excelencias del «whisky de etiqueta verde».

Otro tanto en Brasil. Unos lo llaman «cachaza», lo cual no nos provoca embarazos ni sonrojos. Pero ahora viene lo bueno: en el coloso sudamericano el líquido reconfortante también se denomina con una palabra iniciada con p, contentiva de las letras n y g —restallante como una campanada— y que en Cuba es irrepetible, pues designa —como diría un académico madrileño— «ciertas partes vergonzosas de la anatomía masculina».

En aquella noche de mis pesares, como es habitual en las fiestas, las damas habían formado su propio corrillo en un ángulo del salón. Se discutía sobre preferencias en el beber.

—A mí me gusta el scotch —dijo una belleza rubia.

—Yo no lo resisto, por su olor a madera. Prefiero el coñac —opinó otra.

—Me quedo con el ron —dictaminó una tercera.

Pero entonces fue Troya. Porque una brasileña emitió su voto:

—Yo respeto sus preferencias. Mas, como una p…, no hay nada.

Se hizo un silencio que podía cortarse en rebanadas. Y oí entonces que una cubanita susurraba al oído de la coterránea más cercana:

—Eso es verdad, ¡pero, coño, hay que tener el recato de no andarlo pregonando en público!

Argelio Santiesteban, dedeté 1979

 

 

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