Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Bojeo de una tormenta

Poco viento y aguas moderadas dejó Elsa en su recorrido al sur de Cuba. Estas anécdotas demuestran que el sistema de prevención funciona, aun en medio de la pandemia

 

Autores:

Osviel Castro Medel
Juan Morales Agüero
Mileyda Menéndez Dávila
Nelson García Santos
Yahily Hernández Porto
Odalis Riquenes Cutiño
Luis Raúl Vázquez Muñoz
Haydee León Moya
Lisandra Gómez Guerra
Laura Brunet Portela

Afortunadamente, la Tormenta Tropical Elsa causó menos daños de los esperados, tras tomarse un día de reposado bojeo por la costa sur, visitar la Ciénaga de Zapata y recorrer Mayabeque para salir sin alboroto por un punto cercano a la capital.

Fue como un ejercicio Meteoro, comentó un lector: una movilización «casi en seco», pero inolvidable: por primera vez Cuba se defiende de un organismo ciclónico y una epidemia a la vez.

Con pocos vientos, moderadas lluvias y sin un ojo organizado, ¿qué pudo ver Elsa de Cuba? ¿La sociedad activándose? ¿Cómo siguió la intervención de Abdala? ¿Centenares de escuelas convertidas en refugios y centros de aislamiento? ¿El valor de las redes para vivir la noticia en tiempo real?

«Corrimos por gusto», escribió una internauta, y recordó el cuento del falso lobo feroz. Pero siempre que el sistema de Meteorología alerte, Cuba actuará diligente, y en ese despliegue hay historias dignas de compartir en la web o los perfiles del diario. Acá traemos algunas de esas pinceladas.

La vuelta a casa

No es la primera vez que cientos de pobladores dejan atrás la «lengua de tierra robada al mar», como describió Onelio Jorge Cardoso a Tunas de Zaza y El Médano. Basta que la costa sur del municipio espirituano se agite para que ambos caseríos sientan de cerca la fuerza incontrolable de la naturaleza.

«Nos explicaron que esta vez la estancia no sería en los centros habituales. Por eso traje ventiladores y el colchoncito del niño», cuenta Cindy Rodríguez García, la madre del más pequeño que se cobija en la primaria Federico Engels, de la ciudad del Yayabo.

«Entendimos inmediatamente que no podía ser de otra forma, y permanecemos con mucha tranquilidad, gracias a las autoridades que nos acompañan y han viabilizado cualquier situación», refiere Ismael Legón Vizniega, quien a las pocas horas de instalarse necesitó ayuda para atender a su papá, Rafael Legón, que es cardiópata: «Por el estrés del traslado le subió la presión y le dio un dolor muy fuerte en el pecho. Todos se movilizaron y enseguida mejoró».

Desde lejos no parece que la escuela haya vuelto a tener vida. Pocos transitan por los pasillos. Saben que no son tiempos de indisciplinas. Son más de
3 200 vecinos amenazados por las penetraciones del mar o las inundaciones en caso de excederse la presa Zaza.

«Me han dado leche para el niño y todas sus comidas en hora. No tengo cómo agradecer», insiste la madre de 25 años. En sus brazos el pequeño Arlan Cruz Rodríguez mira sorprendido los dibujos de la pared de un lugar que no reconoce como suyo.

«Las niñas han aprovechado la pizarra y se han entretenido bastante escribiendo. Por su inocencia, desconocen gran parte del peligro», habla Legón Vizniega sobre sus dos hijas, quienes junto a su esposa también se cobijan en el plantel.

Mientras esperan, han tenido noticias de su pequeño terruño: en la zona más alta quedaron quienes resguardan los bienes y eso contribuye a su tranquilidad. Regresarán, como siempre ocurre, cuando el mar vuelva a reposarse y el peligro sea historia, con otra anécdota para contar a sus descendientes.

 Arlan Cruz Rodríguez es el más pequeño de los espirituanos protegidos hasta que pase el peligro. Foto: Yasnarys Pérez

Como lluvia de primavera

Para los 2 000 viajeros alojados en los hoteles del polo norteño Jardines del Rey, la «aventura» de una tormenta en el Caribe terminó sin daños, como una lluvia de primavera.

Elsa pasó a 120 kilómetros de la costa sur de Ciego de Ávila y sus memorias serán los intensos preparativos para recibirla en medio de un fuerte rebrote de COVID-19; pues ni siquiera en Cayo Coco se reportaron precipitaciones significativas.

A través de su canal en Telegram, el Centro Meteorológico Provincial informó que el mayor acumulado había caído en Júcaro, con 56 milímetros. La velocidad de los vientos no superó los 18 kilómetros por hora, así que los 18 000 evacuados regresaron prestos a sus casas, agradeciendo muchos ser acogidos por sus familiares.

Sin perder tiempo se hicieron a la mar las embarcaciones que se encontraban a resguardo, y cuando mejoren las condiciones climáticas se supervisará la Estación de Buceo de la Marina Marlin, ubicada en Jardines de la Reina, la cayería al sur de esta provincia, testigo de lujo del paso de Elsa.

En Ciego de Ávila las personas protegidas regresan a sus hogares. Foto: Pastor Batista, tomada de Invasor Digital

Historia de una casa

La tormenta tropical Elsa pasó de largo por este poblado sin dedicarle ni siquiera un borrascoso y salpicado guiño. Cosa rara, porque su litoral parece como poseído por el raro «aché» de atraer cuanto ciclón o marejada se despistan por las azules aguas del golfo de Guacanayabo.

En efecto, los cuadernos de bitácora locales registran más de una escaramuza contra los perversos emisarios de los dioses Eolo y Poseidón, obstinados en incluir a Guayabal en sus funestos itinerarios y culpables de las cicatrices que marcan la piel del asentamiento en su centenaria existencia.

La furia de Natura contra el poblado debutó en el siglo XIX, cuando una enorme ventisca lo vapuleó a su antojo. El ciclón de 1932 arrasó allí con la quinta y con los mangos. En agosto de 1950 se le encimó otro feroz temporal. El tristemente célebre Flora lo caló hasta los huesos en octubre de 1963. Ike, el huracán leñador, lo lanzó contra las cuerdas en septiembre de 2008. Y dos meses después, Paloma —¿o mejor tigresa?— lo puso al borde del nocao.

Un solo inmueble «guayabalense» puede blasonar de asimilación. Fue construido en 1927 como vivienda familiar a pocos metros de la playa. Tiene costillar de madera, refuerzos de vigas y soportes de pilotes. Allí permanece, casi un siglo después. Ni el viento ni las olas han conseguido doblegarlo.

«Pero existe algo de mágico en esta añeja edificación de cubierta de tejas y puertas frontales, cuenta el sitio web de la emisora de la camagüeyana Santa Cruz del Sur: Asombra que de estos dos pueblos arrasados por el ciclón de 1932, distantes por mar a unos 35 kilómetros, las únicas casas que quedaron en pie las construyó…¡el mismo carpintero!

¿Artista del oficio o veleidades de la diosa Fortuna? ¡Vaya usted a saber! Lo cierto es que la casa de Guayabal continúa en el mismo sitio, decrépita, pero erguida, como un testimonio de que la naturaleza no siempre se sale con la suya. A lo mejor por eso, Elsa le concedió al poblado un respiro.

Abdala en bicitaxi

                                                                                                                              Foto: Yahily Hernández Porto

A este pueblo las iniciativas le brotan por doquier y su gente se engrandece al contar historias que resaltan la capacidad de ser solidarios, como la de Radel Fernández Fernández, un camagüeyano de 62 años que decidió apoyar con su «Palmiche bien afilado» la masiva vacunación contra la COVID-19, que no se detuvo en la ciudad agramontina a pesar de la tormenta.

Radel desanda por estos días las calles del consejo popular San Juan de Dios, en el centro histórico, llevando y regresando del vacunatorio de la calle Lugareño a vecinos y amigos con dificultades para andar: «Me cuido como gallo fino, y mientras puedo ayudar, lo hago. Mi bicitaxi está al servicio de quien lo necesite, sin cobrar un centavo», aseguró.

El también combatiente de la Revolución Cubana dice sentirse más cubano en tiempos en que la solidaridad es antídoto contra lo imposible: «Esto que ha hecho Cuba de vacunar a todo su pueblo en medio de una crisis económica y de un bloqueo cruel nos demuestra que sí podemos hacer cosas lindas y gigantes. Entonces también ayudo en lo que sea necesario».

Radel fumiga su querido bicitaxi para seguir ayudando. «Cuando me pusieron la vacuna no dudé ni por un segundo en colaborar. En menos de una semana he ayudado a casi un centenar de personas, sin ciclón y con ciclón. Creo que es por eso que le pusieron a mi bici Palmiche: porque siempre está de alta». 

En canoa a la montaña

En Villa Clara la tranquilidad resulta evidente, luego de la tensión que siempre ocasiona la espera por el paso de un fenómeno atmosférico. La tormenta tropical Elsa, degradada en potencia y con esa característica de moverse a paso de jicotea, no causó daños de consideración en este territorio.

Sin embargo, en la mañana del lunes las lluvias dejaron incomunicadas por vía terrestre 16 comunidades del Escambray villaclareño. En el consejo popular Jibacoa, donde residen más de 2 700 personas, este inconveniente suele ocurrir con facilidad, dice Ismel López Martín, su presidente. Para garantizar la vitalidad de los montañeses, cuando baje la inundación se utilizarán canoas para llevarles abastecimientos, como la leche para niños y los medicamentos. Incluso pueden emplearse para extraer los sacos de café que producen en esa zona.

En áreas donde no se sabe a ciencia cierta qué está debajo de las aguas, prefieren utilizar ese tipo de embarcación, porque al ser propulsadas por el hombre resultan más lentas y seguras, a diferencia de las lanchas.

Prever canoas para las montañas: ese detalle muestra hasta qué extremo se llega para enfrentarse a un fenómeno como Elsa, o de superior magnitud. Un «por si acaso» que implicó evacuar en toda la provincia a más de 45 000 personas.

Voces al acecho

Mientras subo por el corto camino empedrado hacia la casona de madera, escucho sus códigos y señas sonoras. Me asomo indiscreta por la ventana de la casa, porque tan amplio alféizar y el alboroto del morador invitan a mirar. Cuelgan de las paredes tantos aparatos extraños que no puedo nombrarlos. Un hombre sin camisa y en chancletas, apostado en la comodidad de su hogar, intercambia frases a través de un radiotransmisor.

«Por acá cumpliendo una misión de la comunicación alternativa, apoyando a la Defensa Civil. Ahora mismo ya está lloviendo», responde su colega desde Centro Cubano, asentamiento en el macizo montañoso de Guamuhaya.

Los radioaficionados son la voz de la serranía cuando fallan otras vías de comunicación. Elsa no los asustó, pero activó protocolos ya enraizados en experimentados de esta práctica de otro siglo, como Omar Capey Rodríguez, CM6OC, a quien visitamos en El Nicho, en el lomerío cienfueguero.

«Aunque estemos en la era digital, seguimos siendo vitales. Cuando los teléfonos colapsan, automáticamente quedamos incomunicados. Entonces nosotros mantenemos el contacto», explicó a JR.

No ha habido evento meteorológico sin complicaciones para este radioaficionado sureño: «Difíciles, difíciles casi todos», ratifica, y recuerda también la apendicitis de una joven en Hanabanilla, el susto de madrugada con una niña enferma, accidentes y otras complicaciones.

En cuanto un ciclón lanza su azote sobre la montaña, Capey muda a su familia y el equipo de transmisión para el consultorio cercano. Allí resguarda sus más preciadas pertenencias mientras sigue al habla con colegas de Centro Cubano, San Blas, Camilo Cienfuegos y otros asentamientos, tal vez distantes, pero siempre cercanos en el éter.

Una amenaza que no fue

Fue larga la madrugada del domingo para Aris Arias Batalla y su equipo de voluntarios de la Filial Provincial de la Cruz Roja Cubana, en Santiago de Cuba. Aún frescas en la memoria, las imágenes de aquel 25 de octubre de 2012, cuando el huracán Sandy los obligó a emplear a fondo sus habilidades para enfrentar emergencias de todo tipo, se activaron temprano.

 Alrededor de las 6:00 p.m. del sábado, la Jefatura del Minint y autoridades gubernamentales constataban que voluntarios, rescatistas, bomberos, paramédicos y miembros de la Brigada Especial, armados con cargadores, taladradores y otros medios, estaban listos para defender la vida y salvaguardar bienes.

A esa hora habían llegado a Guamá, el más vulnerable de los municipios santiagueros, tres grupos especializados para proteger a la población del litoral de las crecidas de ríos, penetraciones del mar y cualquier otro embate de la tormenta.

Usando la experiencia adquirida en largos meses de trabajo en los puntos fronterizos de contención, el retorno a sus hogares de enfermos dados de alta y la promoción de salud frente a la COVID-19, otro grupo apoyó en la ciudad la evacuación a lugares seguros de pacientes sospechosos de portar el SARS-CoV-2, ingresados en el hospital de Campaña de Veguita.

Al filo de la medianoche, en posición uno desde su sede provincial de Carretera del Morro, se mantenían expectantes y en comunicación permanente con todos los municipios. La jornada dominical trajo lluvias intermitentes, intensas en algunos puntos, ligeros vientos y la confirmación de estar preparados para enfrentar cualquier evento. Desde sus puestos, supieron que la obstrucción de la carretera a Granma en el paso por Palma Mocha, provocada por un deslizamiento de tierra, y el beneficio en agua a los embalses y la agricultura, fueron los mayores efectos de Elsa. 

En su aval de voluntarios, quizá este domingo trascienda como el rescate de una amenaza que no fue… «¡Afortunadamente!», enfatiza el jefe de Operaciones y Socorro, a punto de desmovilizar a su tropa… hasta la próxima campanada ciclónica.

Sin temores al viento

Quien la vio con el oleaje bravo a su espalda, reportando desde un techo, un descampado o cualquier local de Cabo Cruz, de seguro la aplaudió en silencio o exclamó: ¡Qué periodista!

Porque Inés Castro Machado estuvo informando 20 horas seguidas mientras la tormenta pasaba por los mares del municipio granmense de Niquero, donde labora con originalidad y soltura.

Los camarógrafos Yunior Quintanel y Alexander García y el luminotécnico Manuel Pérez abrían los ojos admirados mientras ella, sin aparentes miedos, brindaba detalles para la televisión nacional, varias emisoras cubanas o las redes sociales.

Ahora confiesa que al despedirse de su esposo, Julio César Vega —director de Portada Visión, el canal para el que ella labora— se le hizo un nudo en la garganta, soltó unas lágrimas y hasta pensó en la remota posibilidad de no volver a ver a sus adorados padres, Lázara y Fidel.

No es que sea pesimista: todavía la golpean los recuerdos del huracán Dennis (2005), cuando terminaba el primer año de la carrera en la Universidad de Oriente y encontró su casa de Pilón sin techo, sin televisor, y con los colchones al sol.

«Siempre resulta complicado reportar un ciclón, especialmente cuando tienes experiencias traumáticas. Debes cuidar tu vida, pero también captar historias e imágenes en el lugar de los hechos para ser creíble», dice.

Antes había informado sobre otros fenómenos meteorológicos, pero este resultó excepcional, pues muchas de sus noticias fueron en tiempo real mediante Facebook y Twitter: «Me sorprendió que me escribieran desde tantas partes de Cuba, Estados Unidos, España, Italia y otros países. Algunas personas hasta me llamaron para saber lo que estaba pasando».

Inés, de 34 años, se cuenta entre las enamoradas de los relatos conmovedores, las nuevas tecnologías en el periodismo y la superación a toda hora. Sabe que vendrán otros ciclones y que otra vez le tocará desvelarse para contar la historia.

También de Guantánamo llega una historia de colegas. Eran las 4:30 a.m. del domingo cuando la joven Lilibeth Alfonso Martínez dijo que se iría a dormir… Pero con un termo de café encima y la tensión de esperar la tormenta, solo tomó un respiro y volvió a la carga.

                                                        Foto: Lilibeth Alfonso

Esta reportera del semanario provincial Venceremos asume las más de 24 horas en que se mantuvo en «modo trabajo» como una mala cita, pero… «No hubo embarque que me agradara más, porque no hubo que lamentar daños materiales o pérdida de vidas, y de todas maneras fue un buen ejercicio, que siempre ayuda a incorporar rutinas en el quehacer periodístico y fortalece la colaboración».

Elsa la dejó sin material para esas historias «que no quisiéramos contar, pero que si pasan, nos toca hacerlo», dijo. Pero no estuvo ociosa: «Las personas preocupadas y la polémica en las redes sociales me obligaron a llamar hasta de madrugada al puesto de mando de la Defensa Civil, al centro meteorológico…Tenía al mismo tiempo la radio y la televisión local sintonizadas, para sumarme con datos actualizados a los debates con personas que no viven en la provincia o el país.

                                                                                                                           Foto: Lilibeth Alfonso

«Cuando una se da cuenta de que la gente se tranquiliza, siente la responsabilidad de servir bien a quienes se apegan a la información de nuestro sistema de medios públicos. Viví todo eso en la casa convertida en oficina, con el cicloncito que tengo siempre al lado, mi hija Isabella, queriendo jugar con el celular, y yo ¡que no, que se descarga y lo necesito para trabajar!». Pero no estaba sola: «Tres de mis colegas compartieron insomnio en Venceremos, y todas las redacciones estaban activadas. Periodistas, camarógrafos, directores de todo el país estaban donde eran necesarios».

Y así será, porque la temporada ciclónica apenas empieza. A pesar de la epidemia o las crisis, cada vez que el Caribe reciba un ciclón, en plan demoledor o de turista, Cuba volverá a activarse, como un reloj que no solo marca el paso de la vida, sino que también vela por su integridad en todo el Archipiélago.

 

 

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