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Las turbias aguas de la desinformación en servicios públicos

No es descartable que, aunque algunos lo prodiguen como chisme, detrás de la falta de información en no pocos servicios públicos y ese de aquí para allá que trae consigo el desorden a nivel comunitario, haya quienes estén consiguiendo provechos y sirviéndose de lo que deja un río revuelto en el que, mientras más turbias las aguas, más se puede llevar cierta corriente

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Cuando escuchas más de una vez el estribillo de ese antológico tema que inmortalizó al gran Pello el Afrokán —creador del que poco se difunde a pesar de sus notables aportes musicales—, uno puede extrapolarse y hasta configurar imaginariamente, a partir de la mención de algunos nombres, cualquier barrio X, del municipio Y, de la provincia Z, en que los runrunes y los diretes son como una especie de mozambiques cotidianos, al estilo de María Caracoles.

Lo mismo en Yateras que en Viñales, en Centro Habana que en Sancti Spíritus, hay personas dedicadas casi por entero a tomarle el pulso a la gente de la cuadra y más, a lo que entra, sale y hasta se pierde en la cafetería, la panadería, el puestecito del agro y la bodega. Son los que, sin consagrarse demasiado al trabajo doméstico, desvinculados muchas veces de todo menos del negocio oscuro y el invento, y vivir casi siempre como pillos del ocio y la agenda «curiosa» del banquillo de la esquina, tienen tiempo y ojos para lo que un trabajador común, con un horario de ocho horas, no puede ni tan siquiera sospechar.

Hablo de esos apasionados custodios barriales de lo humano y lo divino, cuentapropistas del chisme sin pagar impuesto, actores en algunos casos de la economía del subsuelo y el mercado requetenegro y, sobre todo, personas a las que uno, al final, hasta les está agradecido porque nos dicen lo que nos hace falta saber. Sí, porque se las han puesto fácil para que sean ellos voceros de los propios comercios y centros de servicio de la comunidad, y a su vez se erijan como la fuente de la fuente de información, que con facilidad se rompe, pero casi nunca la mandamos a componer.

De modo que en su cuadra, en su barrio, usted puede identificar este tipo de personaje, enmarañado pero dispuesto a exponer —o comentar desde su perspectiva— lo que las propias instituciones en no pocos lugares no anuncian ni explican como debieran. Y como se dice en pelota: si tú no haces otro te la hará; en materia de información pública, y especialmente a nivel organizacional y comunitario, si tú no comunicas otros de ti dirán, y dirán lo que entiendan…

Para no ir muy lejos, porque los ejemplos están donde uno quiera buscarlos, el Gobierno de La Habana dispuso desde el pasado 1ro. de diciembre la entrada en vigor de un conjunto de decisiones que han reconfigurado en toda la ciudad el sistema de distribución de algunos productos de primera necesidad, en una llevadera relación entre las bodegas por un lado, y los quioscos, puntos de venta y tiendas pertenecientes a las cadenas Cimex y Caribe por el otro, con la cual se intenta sortear de un modo más justo y equilibrado el vendaval de tantas carencias, mediante un vínculo razonable y funcional, sin que se corra el riesgo, al menos por ahora, de que acaben siendo un matrimonio mal llevado, con los hijos, que somos nosotros, de un lugar para otro, como víctimas de la situación.

Pero para que ese maridaje de turno no termine mal, como parte de una medida meritoriamente protectora —tan retrasada como necesaria— que goza hasta hoy del beneplácito mayoritario de la población, hay que corregir aún ciertas ausencias informativas que, día a día, de a poquito y de a mucho, pueden mellar la confianza, lo mismo de los amantes consumidores que de los consumidores amantes.

Digámoslo más claro y directo: aunque no se pueda generalizar, en algunos lugares todavía hay tanta falta de productos como de información. No en todas las bodegas ni en todos los establecimientos de venta existe como mínimo un mural, o al menos un pedazo de caja de cartón moldeado con decencia, —¡vaya!, no seamos esta vez tan extremistas con la estética—, en que se transparente la fecha, y si es posible hasta la hora en que a uno le corresponde comprar.

No puede ser que mi bodega, por citar un caso, que hace más de un mes tuvo su turno para adquirir lo que llegara, ahora le toque después de la unidad cuyos clientes estuvieron detrás del mostrador hace 15 días. Esa decisión, bien ilógica o sensata, quién la explica, de dónde proviene tamaño mandato, dónde uno puede ganar en claridad ante un arbitraje de ese tipo que nos involucra y desalienta. Dónde y cómo se consiguen aquí los porqués y para qué.

La implementación y el éxito completo de las acertadas decisiones adoptadas recientemente por el Gobierno de La Habana no radican solo en pensar una distribución más equilibrada de los abastecimientos, a sabiendas de que es difícil reacomodar panes y peces cuando no hay todo lo que se requiere ni estos, así por así, se pueden multiplicar. Hay que informar a tiempo, y más que informar, a veces explicar, fundamentar, argumentar.

Si en la bodega te mandan para la tienda porque no están claros, si en la tienda no hay quién oriente y todo el que llega tiene que indagar por lo mismo  y con la misma gente, si las respuestas se escudan en lo que todo el mundo supone: «hay que esperar a ver qué llega», «hasta ahora no te puedo decir nada», entonces algo anda mal, algún engranaje, alguna química terapéutica no está surtiendo efecto en este casamiento organizativo entre Comercio Interior y las cadenas de tiendas, con las estructuras del Gobierno local como acompañantes, testigos y partícipes cardinales.

Bien se sabe que no se cuenta con todos los productos que se demandan, pero conjuntamente con cualquier disposición que reajuste o cambie lo esperado, hay que brindar la información adecuada. Si dejamos vacíos aparecen entonces, con razones o sin ellas, las ansiedades verbales y extraverbales de las María, las Tomasa, las Inés y hasta los don Juan de la especulación. Y peor aún: si conocemos y decimos a medias y no comunicamos por los canales establecidos, —dígase el mural, el teléfono, el periódico, la emisora local, el sitio web, el canal de Telegram o el de WhatsApp—, estamos cometiendo conscientemente el pecado capital de alentar la apatía, en tiempos duros en que no han sido esporádicos los descontentos.

Y, ¡cuidado, señores!, no seamos tampoco ingenuos. No pongamos el despistado en esta película en la que, por suerte, con las nuevas decisiones ya los coleros y revendedores no parecen ser al menos como antes, los histriones principales del reparto. No es descartable, y agucemos todos el oído, que detrás de la incomunicación, la desorientación y el de aquí para allá, haya quienes estén consiguiendo provechos y sirviéndose de lo que deja un río revuelto, con aguas que, mientras más turbias, más cosillas permite que arrastre y «se lleve» cierta corriente.

Al unísono, como dos mundos paralelos dentro del mismo universo, que es el socialismo al que aspiramos en Cuba, han de ir la sistemática y permanente fiscalización de los procesos en la prestación de cualquier servicio público, y su correspondiente diseño para el tratamiento de la comunicación.

La información de interés público, manejada oportuna y prudentemente, con intencionalidad y sentido del contexto en que vivimos, resulta vital para el funcionamiento de muchas dinámicas sociales que deciden en nuestros estados de ánimo, nuestra realización diaria y nuestro bienestar. No por gusto ni por capricho ni inspiración divina, la comunicación social ha sido definida por el Presidente cubano como uno de los pilares estratégicos para la gestión de Gobierno en el país.

Entonces es doloroso, «parte el alma y desfigura el rostro», como diría una de mis vecinas, que a estas alturas del campeonato uno entre a algunos sitios web institucionales en la primera semana de enero de 2023 y con tremenda tranquilidad, sin que a nadie sorprenda, te encuentres entre los llamados del primer pantallazo una información de noviembre de 2019, cuando estábamos entonces en la era prepandémica. A ver, cómo se digiere eso... si es que de verdad queremos abrir espacios cada vez más útiles y esclarecedores para la ciudadanía.

Justo ahora, cuando estamos cerca de que se debata en el Parlamento cubano el proyecto final de la Ley de la Comunicación Social, la cual propone un enfoque participativo y de justicia social, se impone que tomemos conciencia de lo que representa esta valiosa norma, con derechos y deberes muy bien pautados que habrá que cumplir y velar por que se cumplan, en aras de alcanzar ese empoderamiento del soberano que tanto necesitamos.

Donde quiera, de punta a cabo, no importa que seamos de la loma y cantemos en el llano, a lo largo y ancho de esta Cuba que apuesta por un socialismo para un bien lo mejor compartido posible, hay que promover prácticas comunicativas que posibiliten, de principio a fin, transparencia en la información, la rendición de cuenta de los servidores públicos y la participación de las personas en el control popular. Y así será entonces otra la rima de María, Tomasa e Inés, en un mozambique sin tantos desconciertos cotidianos, con el que bailemos todos, y, aunque se presuma, no haya que tirar caracoles para adivinar, a bola cierta, lo que pasa, está pasando o nos va a pasar.

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