El sueño de representar a Cuba en la arena internacional se les fue truncado a estas niñas, debido a la mezquina decisión de la Embajada estadounidense en La Habana. Autor: Cortesía de la fuente Publicado: 30/08/2025 | 09:18 pm
Hace casi un par de meses Roset Erika Miló Plasencia sintió que, a su corta edad, tocaba con las manos toda la gloria posible. No fue un sueño ni mucho menos fruto de su fértil imaginación infantil. Ciertamente, la más pura realidad la salpicaba delante de sus ojos de niña para decirle, con algarabía y furor, «eres campeona».
Lo significativo es que la gloria no solo sonrió a título personal, sino que fue compartida entre un grupo de softbolistas pinareñas de la categoría sub-12 años que, literalmente, asaltaron lo más alto del podio en el Torneo Nacional de las Pequeñas Ligas de Softbol cargando, como en alas de colibrí, las mayores ilusiones.
Por tercera ocasión consecutiva en la categoría, las softbolistas doradas que representan al municipio pinareño de La Palma conseguían la ansiada presea de oro, esa que todo niño mira —una y otra vez— con la ternura primeriza que embarga las esencias de los futuros campeones.
Todos los titulares repetían entonces en nuestros medios: «La Palma irá a buscar el boleto hacia la Serie Mundial de las Pequeñas Ligas». Era un hecho. Nadie podía parar el ímpetu de las pequeñas cubanitas dispuestas a «comerse el mundo». Cuenta Roset Erika que, cuando obtuvieron el título frente al conjunto de Bayamo, «el corazón se le quería salir del pecho». ¿Y saben por qué? Porque, según dice, iba a tener la posibilidad de representar a Cuba en un torneo internacional.
Imaginen que, a tan corta edad, una niña pueda cumplir su primer gran sueño de atleta en la vida: poner en lo más alto el nombre de este país, su Patria. Ella lo anhelaba, sinceramente lo quería y, gracias a la tenacidad de su combativo equipo, estaba a las puertas de conseguirlo. Porque se ganaron ese derecho en buena lid.
Puerto Rico era el destino hacia esa aspiración que no solo motivaba a Roset Erika, sino a otras 13 softbolistas pinareñas que parecen imbatibles en los terrenos, que batallan con estirpe en cada juego. Todo estaba listo para la partida: sus uniformes con las cuatro letras delante, sus mochilas cargadas de pasión y sus deseos de traer a Cuba un gran resultado.
En el hotel, con todas las maletas repletas de ilusiones y listas para partir al día siguiente hacia el reto competitivo, llegó la noticia que truncó los ánimos: «la Embajada de Estados Unidos en Cuba negaba las visas al grupo de adultos y entrenadores del equipo La Palma». Solo las atletas tenían el permiso. ¿Acaso unas softbolistas menores de edad podían viajar solas fuera del país? Es una decisión profundamente insensata y burlesca en toda la extensión de la palabra. Cruel y hasta maquiavélica.
Nadie tiene licencia para romperles las ilusiones, de un tirón, a 14 niñas. Aquí, en este archipiélago fundido en martianas y fidelistas ideas, nada es más sagrado que su infancia, la sonrisa plena y la felicidad de sus niños y niñas. Pero los resentidos de siempre actúan así, con las peores bajezas y retorcidas decisiones que nada tienen que ver con el deporte ni la sana competitividad.
La ilusión duele más cuando se rompe mezquinamente y viene sesgada por injustas razones. Roset Erika, cuenta, lloró junto a sus compañeras cuando les dieron la noticia de que no podían participar en el torneo. Niñas al fin, no entendían cómo pudo alguien tronchar lo que se ganaron con esfuerzo.
Guerreras que se levantan
«Mamá, ya no vamos a viajar», fueron sus palabras cuando llamó, entre sollozos, a su familia. En Pinar del Río, al escucharla, Janiyilian Plasencia Martínez solo atinó a consolarla. «Este no era el momento», le dijo, pero en el fondo, a su corazón de madre le carcomía la impotencia.
Al fin y al cabo, cómo se les explicaba a esas niñas que no asistirán a una competencia internacional después de ganar el boleto sobre un terreno de softbol. Lo absurdo, ciertamente, no tiene explicación, solo culpables.
Las niñas estaban en La Habana y, para los padres, fue muy difícil no poderlas abrazar en ese instante, cuando las pequeñas «se sintieron humilladas», reconoce. Como un chantaje al equipo, las familias de las softbolistas y con el país, cataloga Janiyilian esta acción.
A ellas les explicaron que las personas adultas que las acompañaban en la delegación no podían viajar. En ese momento les hicieron saber que fue una decisión tomada por la Embajada de Estados Unidos en La Habana. Desde el primer momento, comenta la mamá, se les habló con claridad. Había un solo responsable, como tantas veces: el Gobierno estadounidense.
Antes de conocer la decisión, recuerda, el ánimo de las muchachas siempre estuvo por encima, se sacrificaron muchísimo todo el tiempo, junto a sus profesores. «Las campeonas no se hicieron solas. Un equipo, además de las atletas está conformado por sus entrenadores, que son un componente esencial para lograr los resultados», agrega.
Sin duda, este hecho afectó a las niñas, comenta. Fueron jornadas tristes para ellas desde lo anímico y sicológico. «Pero son unas guerreras que saben que les esperan otras oportunidades por delante para poner el nombre de Cuba en lo más alto», añade.
Toda la bajeza no puede explicarse con actitudes aisladas. Por el contrario, la desfachatez crónica tiene antecedentes de sobra en la historia. No es la primera vez que el Gobierno de Estados Unidos niega el visado a atletas cubanos para que compitan en suelo norteño y, seguramente, tampoco será la última. Cada año, eso sí, superan su cinismo —como ahora— que terminaron negándole la oportunidad a pequeñas que solo entienden de amor, competitividad y sueños.
El fenómeno crece y es parte de una rutina poco ética que pasa impune —como sus crímenes alrededor del mundo— frente a los ojos impasibles de la comunidad y la mayoría de las federaciones deportivas internacionales.
Lo que quizá no nos perdonan quienes intentan negar, más allá de las visas, los sueños, es que nuestra gente se levante una y otra vez, que no se deje vencer jamás por las barreras inmorales que continúan gestando en todos los ámbitos, incluido el deporte. Sobrepasarlas con dignidad es algo que va en la sangre del cubano desde edades tan tempranas como las de estas campeonas del softbol pinareño. La esperanza, bien sabemos, nadie la puede vetar y mucho menos bloquear.