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«Soy cimarrón de palabras»

Juventud Rebelde ofrece a sus lectores esta entrevista inédita con Rogelio Martínez Furé, concedida en ocasión de recibir en 2005 el premio nacional de Literatura

Autor:

Magda Resik Aguirre

«La oralidad, es una fuente inagotable que se está reinventando constantemente. En el futuro la palabra seguirá reinando porque es lo que nos distingue de las otras especies animales. La palabra, ¡ah!, la palabra cargada de aché, esa fuerza sobrenatural según la tradición cubana, de antecedentes yoruba, que hace que las cosas existan y sucedan».

—¿Por qué afirma usted que el proceso identitario cubano fue un tránsito doloroso?

—No olvidemos que a lo largo de los siglos nuestra isla ha sido escenario de enfrentamientos violentos, genocidios, negación de unos por otros, y de lucha de pueblo a pueblo —siempre insisto en esa categoría, de pueblo a pueblo—, en defender esa identidad que, como dijo el maestro Fernando Ortiz, no llovió desde las alturas, sino que germinó desde lo más profundo de la tierra.

«Lo que hoy somos es producto de eternas luchas de clases, de enfrentamientos, invasiones, resistencia. Llegaron los europeos invadiendo, «conquistaron» a la población autóctona, casi la exterminaron, pero esa población resistió y retoña como esas plantas silvestres en nuestros montes. Los descendientes de la población aborigen están en las zonas orientales principalmente.

«Después arribaron los africanos y las africanas en cautiverio. Fueron sometidos a un régimen de explotación inhumano a través de la represión esclavista. Sin embargo, sobrevivieron y lograron recons-
truir la memoria histórica y trasmitirla como uno de los componentes fundamentales de lo que después sería el cubano.

«Y los europeos vinieron no solo de la península ibérica, sino de Italia, Francia, Gran Bretaña, Alemania… Aquí, sobre todo las clases populares, fueron explotadas, sacrificadas por la clase dominante esclavista. Sin embargo, sobrevivieron y lentamente se fusionaron con los otros componentes.

«Llegaron, también violentados, nuestros antepasados asiáticos, chinos, sometidos al cautiverio en las plantaciones de caña. Y también sobrevivieron. Poco a poco esos componentes se fusionaron, sobreponiéndose, yuxtaponiéndose, negándose... y fue surgiendo algo nuevo que es profundamente caribeño y, por ende, profundamente universal.

«Somos el fruto de todas esas confluencias. Es un río de aguas siempre renovadas que al final desembocarán en el océano de la humanidad; que asume lo mejor de su patrimonio, pero sobre todo sin chovinismo ni xenofobia».

—Entonces el ser cubano está eternamente en construcción...

—Esa es también la humanidad que se está reinventando constantemente no solo en Cuba, sino en África, en Europa, en Asia, en nuestra América. Creo que esa es la prueba de que somos organismos vivos.

—Pero algo permanece.

—¡Afortunadamente!

—Algo que no cambia, una esencia. ¿Qué será?

¡Voilà la question! Ese es el misterio de la identidad y de la humanidad, o sea, la condición humana. A pesar de todos los pesares, somos seres humanos. A cualquier lugar del mundo a donde vamos llevamos esa hambre de conocernos. Me parece que es una de las características de nuestra especie, esa curiosidad por avanzar más y más y más.

—Usted ha dicho que se siente muy orgulloso de ser puente, nunca frontera. ¿Cómo entender esa afirmación, especialmente hoy?

—He tenido el privilegio de estar en más de cuarenta países y en todas partes encontré, no amigos ni amigas, sino hermanos y hermanas; como si siempre los hubiera conocido. Y me di cuenta de que soy heredero, antropológicamente, de todas las culturas del mundo.

«Hace poco me hicieron el examen de ADN, y lo que dentro de mi familia permanecía como una tradición oral sobre nuestros orígenes, a veces mitificada, la ciencia lo demostró. Desciendo de mandingas, franceses, lucumíes, españoles, chinos y hasta de un indio en lontananza. Por eso digo que soy un eterno puente, porque en mí se fusionan todas las identidades genéticas. Pero al mismo tiempo está el yo individual trasmutado en el nosotros colectivo. Por eso digo “siempre puente, nunca frontera”».

—Ha dedicado mucho tiempo de su vida a enseñar. Fue premiado como Maestro de Juventudes por la Asociación Hermanos Saíz y reconocido como pedagogo destacado del siglo XX en Cuba. ¿Cuál es el poder del magisterio?

—Trasmitir, compartir con las otras personas el conocimiento que uno ha venido acumulando a lo largo de los años. Que el conocimiento no se quede como un patrimonio único encerrado en una oficina, en un fichero, sino que se integre a la sociedad, porque, si no, el conocimiento no tiene un sentido trascendente; lo que uno conoce debe compartirlo, eso nos hace más humanos.

«Desde los años 60, comencé de profesor en el Primer Seminario para Instructores de Arte del Habana Libre. He tenido el privilegio de dar clases a todos los niveles de nuestra sociedad y no solo en Cuba, sino en muchos países.

«Me realizo compartiendo humildemente lo que sé. Aunque, como afirma un axioma africano: “Todo no se sabe, solo se sabe una parte del todo”. Esa pequeña parte que me tocó aprender, de otros maestros, por supuesto, no quiero que se quede como propiedad particular. Me interesa sostener un eterno diálogo con los demás, porque al compartir me realizo más como hijo de la humanidad. Y al decir de Martí, “Patria es humanidad”».

—¿Y qué poderes tiene la literatura para influir en ese ser humano?

—La literatura y lo que se llama ahora oratura… Al ser un hombre de la palabra hablada, en primer lugar, exalto las oralidades, tanto la prosa como la poesía, que se trasmiten por medio de la oralidad y después, digo yo, quedan aprisionadas por la escritura.

«La especie humana, dice la historiografía, partió hace más de cinco millones de años de África Oriental y emigró a los otros continentes. Bueno, en este momento seguimos intentando llegar a otros planetas, ¿no? O sea, hay como una necesidad de seguir adelante en la búsqueda de lo desconocido.

«La literatura y la oratura coadyuvan a que esas experiencias de la humanidad no se pierdan. La palabra hablada tiene esa fuerza, ese aché de permanencia. Por lo tanto, escribiendo o contando estamos salvando la experiencia humana y la historia».

—Aun cuando compila la obra de creadores de otros países, usted ha expresado que su libro Pequeño Tarikh: Apuntes para un diccionario de poetas africanos, ha sido su gran aporte a nuestra cultura. ¿Por qué lo considera así?

—Porque, desafortunadamente, todavía la historia cultural de África es poco conocida entre nosotros, siendo afrodescendientes. Muchas personas tienen una imagen deformada del continente africano. África es cuna de civilizaciones, de la humanidad y por ende de la literatura.

«Es necesario que en Cuba y en el mundo de lengua española se sepa más de África en un aspecto que para mí es esencial: la poesía; ya no la prosa, sino la poesía, que me parece una de las formas creadas por el ser humano más transcendentes, donde se refleja con más intensidad eso que somos, esa humanidad nuestra.

«Me dediqué, desde el año 1963, a armar esta especie de gran rompecabezas, bastante lleno de osadía: un diccionario de poetas africanos. Pero no de una zona específica de África ni separada lingüísticamente, por el color de la piel o por la religión, sino de todo el continente africano, desde el Mediterráneo hasta el Cabo de Buena Esperanza, desde el Cabo Guardafui hasta las islas de Cabo Verde. El África es múltiple, pero es una, como dijo el gran poeta caribeño, martiniqueño y universal, Aimé Césaire.

«Busqué en revistas, programas, libros, en las más diversas fuentes armar este rompecabezas de las biografías, que aparecen alrededor de tres mil o más de poetas de todo ese continente, desde la época del Egipto antiguo hasta la contemporaneidad, en 90 idiomas.

«Eso me costó la vida, la vista, la humildad y paciencia obatálica, para dar un instrumento a las futuras generaciones de investigadores y de cubanos, y de quienes hablan nuestra lengua, el español.

«Hacerles el camino más fácil para una mayor comprensión de esos aspectos de la historia de la humanidad que el eurocentrismo tiene ocultos. Como nosotros, los hijos del gran Sur, somos menos egoístas y asumimos todo lo que heredamos de todas partes, tenemos un hambre de conocer, de saber de dónde venimos, pero no con una actitud de monomanía identitaria, porque a veces hay algunos pequeñoburgueses de pensamiento que dicen: “¿Quién soy?” Esa es una angustia existencial de clase media. Usted le pregunta a un hombre o a una mujer del pueblo cubano qué es, y te va a responder: “¿Qué otra cosa soy, viejo? Cubano”.

«Tengo la esperanza de que las futuras generaciones de investigadores vayan perfeccionando mi Pequeño Tarikh, llenando las lagunas, como ocurrió con los grandes diccionarios del mundo. Soñaría con que, a lo mejor, dentro de 100 años, si sobrevivimos a este mundo que se está cayendo en pedazos por la ambición de ese gran norte capitalista y egoísta hasta el extremo, alguien diga: “Ay, vamos a seguir completando esta cosa que salió de Cuba, en la segunda mitad del siglo XX, de un humilde hijo del pueblo heroico cubano».

—Rogelio Martínez Furé legó a Cuba un Conjunto Folklórico Nacional. ¿También el cuerpo en movimiento nos refleja?

—Fundar el Conjunto Folklórico con el coreógrafo, bailarín y escultor mexicano Rodolfo Reyes Cortés, tuvo como objetivo hacer conciencia a nuestro pueblo de la riqueza de su patrimonio musical y danzario, que desafortunadamente no era muy conocido. A lo largo de los siglos, ha sido un lugar de encuentro de diversas tradiciones musicales y danzarias, las hemos asimilado, transformado, recreado y evidentemente, podemos decir que formamos parte de esas áreas privilegiadas del mundo generadoras de música, que son Estados Unidos, el Caribe y Brasil, principalmente.

«Como asesor folklórico, libretista principal y cofundador del Conjunto Folklórico, me propuse asumir toda la diversidad del patrimonio musical y danzario nuestro: el antiguo, el moderno, el rural, el urbano, el ritualístico, el profano, el que nos llegó de Europa, de África, de Asia, de nuestro gran Caribe, de América continental; porque somos producto de todas esas herencias.

«A través del cuerpo, a través de la gestualidad, del canto, de la manera de caminar, se expresa qué tú eres y, sobre todo, cuál es tu herencia cultural. Hay una manera especial de moverse, una sandunga, una forma de apropiarse del espacio, de reafirmación, de disfrute del cuerpo, sin ningún complejo pecaminoso. Hemos sido tan maltratados, tan humillados, tan subordinados hasta por estéticas de afuera, que hay una reacción instintiva de decir: aquí estamos, somos hermosos y vamos a apropiarnos de lo positivo que tiene el mundo: danzo, luego existo».

—Todas las artes lo acompañan y en su arduo camino de entrega al arte y la literatura, ha ido usted perdiendo la visión para observar con nitidez lo que nos rodea. Sin embargo, no le falta lucidez. De ese diálogo con usted mismo, ¿surgen nuevas aportaciones de Furé a la cultura cubana?

—Actualmente me veo como un pintor impresionista. No es que tenga obscuridad total; yo distingo, pero como un pintor impresionista. Y, por supuesto, cuando uno va teniendo deficiencias en uno de los sentidos, los otros se desarrollan más.

«Y eso lo he llevado a mis textos, un género que llamo descargas, apropiándome ahí de términos de la música, del jazz, del feeling —porque soy cantante, siempre lo he sido, desde niño—, y he creado una manera especial que la crítica y los lectores identifican como un puente entre la oratura y la literatura, que siempre ruega, o permite, o demanda la participación de los otros; que no debe limitarse a ser leído, sino a ser compartido mediante la palabra hablada:

«Ey, ey, soy cimarrón de palabras / Clonador de identidades / Un hambre insaciable de universos me habita / Aquí estoy / Nombro las cosas, y me apodero de su esencia al nombrarlas, /  El aché de la palabra me torna palabra fundadora, iconoclasta y libre / Hija de ignotos reciclajes de la memoria y el olvido /Ey, ey, soy cimarrón de palabras / Oigan mi voz».

 

 

FOTO: Juventud Rebelde

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