Scott Mctominay fue el gran héroe del éxito napolitano. Autor: Tomada de As Publicado: 22/10/2026 | 05:47 pm
En Nápoles, el fútbol se cocina a fuego lento, con la paciencia del que sabe que la masa necesita su tiempo y la salsa su punto exacto de acidez. Pero este martes, en el estadio Diego Armando Maradona, la receta salió en 50 segundos. Matteo Politano, el hombre de los golpes de efecto, cazó un centro de Spinazzola y firmó el 1-0 con un zurdazo cuando aún no se había sentado nadie en las gradas. El estadio rugió con la certeza de los que creen que la noche sería un banquete. Pero el Bodo/Glimt, ese equipo noruego que el año pasado se comió al Inter y dominó en San Siro, no había venido a Nápoles a ser un invitado de piedra. Había venido a servir salmón.
Los noruegos, con la frialdad de quien está acostumbrado al hielo, igualaron el marcador en el minuto 27. Jens Petter Hauge, con la serenidad de un pescador que sabe esperar, definió con la izquierda tras una asistencia de Berg. El 1-1 heló el ambiente. El Napoli, espeso, lento, con más dudas que certezas, se enredó en un partido que se le estaba poniendo cuesta arriba. El Bodo/Glimt, con el 57 % de la posesión y una presión asfixiante, empezaba a mandar en el campo. El banquete se enfriaba.
Pero en Nápoles, cuando la masa no sube, siempre aparece un horno de leña llamado Kevin De Bruyne. El belga, resucitado como el regista que ilusiona a la ciudad, filtró un pase imposible entre líneas y Scott McTominay picó el balón sobre Haikin con una delicadeza de cirujano. El 2-1 al descanso era un bálsamo, pero no una sentencia. El Bodo/Glimt, lejos de arrugarse, volvió a empatar en el 62' con un disparo de Helmersen que se coló en la escuadra. El 2-2 devolvió los fantasmas a Nápoles, que venía de dos derrotas consecutivas en Europa y un inicio de temporada convulso.
Y entonces, cuando el partido pedía a gritos un héroe, apareció McTominay. El escocés, que había pasado por el quirófano hace apenas un mes, se elevó en el segundo palo para conectar un cabezazo potente tras un centro medido de Politano. Era su segundo gol de la noche, sus primeros tantos desde la operación, y el estadio, que había sufrido en silencio, estalló en una ovación que mezclaba el alivio con la admiración. McTominay, el hombre que juega con el corazón en la mano y ahora también con un corazón reparado, había devuelto la ventaja al Napoli.
Pero el cuarto, el cuarto fue un regalo envenenado. Giovane, el extremo brasileño que había entrado desde el banquillo, se internó en el área y su disparo raso lo desvió Odin Bjortuft hacia su propia portería. El 4-2 en el minuto 88 era la sentencia, pero el Bodo/Glimt, un equipo que no entiende de rendiciones, aún tuvo tiempo para firmar el 4-3 con un cabezazo de Sondre Fet en el tiempo añadido. El pitido final llegó con el corazón de los aficionados en un puño, pero con tres puntos de oro en el bolsillo. La primera victoria del Napoli en esta Champions League sabía a pizza recién horneada: imperfecta, caótica, pero deliciosa.
Massimiliano Allegri, el técnico cuya continuidad pende de un hilo, respiró aliviado. «Siempre nos falta esa capacidad para matar los partidos, pero estamos en el buen camino», dijo, consciente de que su equipo sigue vivo en Europa. El Bodo/Glimt, que la semana pasada había tumbado al Borussia Dortmund, se marchó de Nápoles con la sensación de haber merecido más, pero con la certeza de que el salmón, esta vez, se quedó sin servir.
La pizza napolitana, con su masa irregular y su borde carbonizado, supo mejor. Y en el Diego Armando Maradona, entre el aroma del azufre y el rugido de la grada, el Napoli volvió a sentirse vivo.
