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El rapto de abuela Kueka

Para los pemones, que dicen venir del sol y de la mujer jaspe, esta piedra es un ser vivo portador de saberes que concede equilibrio, energía y espíritu protector

 

Autor:

Enrique Milanés León

CARACAS.— Pocos quedaron sin verlo: hace apenas unos días, en el parque berlinés de Tiergarten, varios indígenas pemones venezolanos le hicieron a una piedra un singular ritual que no era el show promocional del proyecto Global Stone, que el artista alemán Wolfgang Kraker von Schwarzenfeld emplazó allí tras colectar rocas de cinco continentes. Era, a un tiempo, reivindicación y denuncia.

Desafiando siglos y kilómetros, estos pemones brincaron el océano para hacerle a la piedra Kueka, también llamada la abuela, una ceremonia de sanación dedicada a restaurarle sus energías ancestrales, menguadas por el rapto y ultraje que comenzó en 1998, cuando       —con la ayuda de lacayos locales que obsequiaron lo que no se puede regalar— el inefable Von Schwarzenfeld procedió a secuestrarla en un velero, cual si fuera Francis Drake. 

Es la máquina del tiempo en el despojo colonial. La piedra fue sustraída, dizque con elevados objetivos artísticos, nada menos que del Parque Nacional Canaima, declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco en 1994. ¡Vaya, que Europa a veces se pasa de culta y uno no alcanza a entenderle su discurso!

Finalmente, la intensa lucha de los pemones, respaldada con decisión por los Gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, ha conseguido que Berlín acepte la devolución, esperada con ansias en toda la gran sabana. La sanación referida es la antesala de un regreso que rebasa en mucho el matiz rupestre de la historia. 

La abuela Kueka es, más que una roca de jaspe de 30 toneladas o un Patrimonio Cultural de la Nación, el símbolo sagrado de los pemones, quienes en el tiempo del despojo retuvieron por dos meses el vehículo que la arrancaba de su entorno. 

Esta piedra es para ellos la anciana sabia y protectora y, como todo el imaginario aborigen, lo sustentan en una historia prodigiosa. Desde mucho antes que llegaran a la zona los Von Schwarzenfeld de este mundo, se cuenta que un joven pemón violó las reglas del dios Makunaima al escaparse con una bella muchacha de la comunidad macuchies. Enfurecido, el dios los condenó a estar juntos para siempre… como piedras. 

De modo que, desde el rapto de su compañera, en la comunidad de Santa Cruz de Mapaurí hay un abuelo Kueka que la espera a solas mientras la naturaleza, irritada por el desaire, desata eventuales episodios de furia.

Nadie puede convencer a los pemones de que los desequilibrios que han barrido cosechas y mermado proyectos, y de que la mismísima tragedia de Vargas, en 1999, no tienen que ver con la separación forzosa de estos amantes de piedra. Porque en su lógica, más que rotunda, no puede haber un hombre que se crea más fuerte que el Dios y separe lo que Makunaima unió.

Cuando vuelva la abuela, dicen los pemones, regresará la abundancia. Porque para un pueblo que dice venir del sol y de la mujer jaspe, Kueka es un ser vivo portador de saberes que concede equilibrio, energía y espíritu protector.

Con todo y la germánica argumentación de su proyecto artístico, Wolfgang Kraker von Schwarzenfeld parece no entender nada. Además de llevarse a la Kueka contra la voluntad de sus dueños, antes de exponerla en el parque Tiergarten cometió el sacrilegio de tallarla y pulirla. «La ha lastimado. Voy a llorar por ella —dice una pemona en un documental—, yo quisiera saber si a él le gustaría que a su esposa le quitaran la piel».

Von Schwarzenfeld, que expone en su conjunto rocas de Europa, Asia, África, América y Australia con un declarado ideal de paz, llegó a rasgar a la Kueka al inscribirle la palabra Amor en siete idiomas que no dicen mucho a la cultura pemona. No se enteró nunca de que el amor ya estaba en la piedra.

Seguramente, cuando la abuela regrese a casa, a 8 500 kilómetros del cultísimo Berlín, todos en la gran sabana mirarán ofendidos los horrorosos tatuajes hechos en su piel sagrada por una horda salvaje de artistas blancos.

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