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80 años de independencia y heroísmo

La historicidad de la Declaración de Independencia escrita por Ho Chi Minh hace ocho décadas tiene una vigencia impresionante, y lo más importante, en qué enorme medida se han cumplido sus propósitos y deseos

Autor:

Luis Manuel Arce Isaac

Cuando fui por vez primera a Vietnam en la primavera de 1967 —entonces el país estaba dividido entre norte y sur por el paralelo 17—, hacía solo 22 años que el presidente Ho Chi Minh había proclamado en la hoy Plaza Ba Dinh, en Hanói, la independencia nacional sobre la que se construiría en su parte septentrional la República Democrática de Vietnam (RDV), el 2 de septiembre de 1945.

La 2da. Guerra Mundial recién concluía y la nación festejaba la derrota del imperio japonés del Sol Naciente integrante del eje nazifascista hitleriano junto con Italia. Los franceses habían entregado Indochina a los nipones, y el régimen colonial del emperador Bao Dai había abdicado, condiciones que permitieron al Frente del Viet Minh, creado por el tío Ho en agosto de 1941, marchar firme hacia una victoria. 

En ese entorno se desarrolló la Revolución de Agosto de 1945 que devino en el triunfo del pueblo, y la declaración de independencia unos días después, pero la batalla contra los colonialistas no terminaba con ello.

Unos pocos meses después de concluida la conflagración mundial, los franceses, apoyados por Gran Bretaña, regresaron en 1946 a la península para intentar restablecer el control colonial y se inició así lo que la historia recoge como la Primera Guerra de Indochina, porque abarcó a Vietnam, Laos y Cambodia, la cual terminó en 1954 tras la famosa batalla de Dien Bien Phu dirigida por el general Vo Nguyen Giap, y la firma de los Acuerdos de Ginebra ese año.

Como si el tiempo volara, el venidero 2 de septiembre se cumplirán 80 años de aquel acontecimiento. El texto, redactado íntegramente por el presidente Ho Chi Minh, es muy importante no solamente por ser la constancia de la victoria, sino por la impronta de los contrastes conceptuales que su creador estampó en el documento.

Ho Chi Minh encabeza su declaración con un mensaje al mundo, pero en particular a sus adversarios presentes y potenciales, difícil de rebatir o de obviar: la cita de un concepto de la igualdad que aparece ni más ni menos que en la Constitución de Estados Unidos de 1776, en la que se lee «Todos los hombres son creados iguales, son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad».

En esa misma línea, Ho Chi Minh adopta otro concepto revolucionario, pero de origen francés, el país colonialista que tanto daño les hizo: la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución francesa hecha en 1791, la cual expresa: «Todos los hombres nacen libres y con iguales derechos, y deben permanecer siempre libres y con iguales derechos», con lo cual recordaba al Elíseo cómo violaba tan flagrantemente sus propios preceptos.

Ho Chi Minh apunta que «estas son verdades innegables», pero inmediatamente denuncia cómo los gobernantes franceses, haciendo papel mojado de ellos, les arrebata a sangre y fuego esos derechos a otros pueblos.

«Sin embargo, durante más de 80 años, los colonialistas franceses, en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad, han violado nuestra patria y han oprimido a nuestros conciudadanos. Han actuado en contra de los ideales de humanidad y justicia».

Testimonio de lucha y victoria 

Menos de una década después de la proclamación de la independencia, el Gobierno de Estados Unidos reemplaza a Francia tras los acuerdos de Ginebra de 1954 y la derrota definitiva gala en las montañas de Dien Bien Phu, crea un nuevo régimen mercenario y vendepatria en Saigón, y en 1965, bajo el gobierno de Lyndon B. Johnson, inicia la guerra aérea de destrucción masiva contra la RDV después de la farsa del Golfo de Tonkín en 1964, una autoagresión al buque US Maddox, parecida a la del Maine en La Habana, para justificar la agresión, violando así los principios de su carta Magna citados por Ho Chi Minh.

Fui testigo de todo lo que ocurrió en Vietnam a partir de ese terrible 1965 cuando con la Operación Rolling Thunder (Trueno Rodante), la Casa Blanca inició su cruel guerra contra el norte con la intención de destruir a Hanói, Haiphong y las ciudades más importantes de la RDV, extender la ocupación militar a todo el país y adueñarse de la península. 

Llegué a Hanói cuando estaba en curso la fase del genocidio conocida como guerra meteorológica, consistente en bombardear y destruir los diques y represas que rodean a Hanói para inundarla, paralizar el transporte y la industria, e impedir la siembra y cosecha de arroz y matar de hambre al pueblo norvietnamita, más o menos como hace hoy Israel con Gaza con el visto bueno de Donald Trump. 

Al mismo tiempo, bombardeaban las nubes con cápsulas de yoduro de plata para provocar lluvias en una región como Indochina, en la que prácticamente no hay sequías y los aguaceros son intensos.

La historia a partir de entonces es muy conocida y no pretendo repetirla. Recordemos solamente las tristemente famosas Pascuas Sangrientas de Nixon en diciembre de 1972, en total 12 días con 12 noches en los que Estados Unidos utilizó por completo su flota aérea estratégica B-52 y se quedó virtualmente sin aviones de ese tipo diseñados para lanzar bombas atómicas. Vo Nguyen Giap, a quien entrevisté en ese y otros momentos, la denominó el Dien Bien Phu Aéreo. 
Esa fue la primera de las tres grandes derrotas tras las cuales Estados Unidos tuvo que abandonar precipitadamente Vietnam y el resto de Indochina y firmar los acuerdos de París para la suspensión del fuego. 

La segunda fue la fracasada invasión a Laos conocida como Lam Son 719 en la que resaltó la batalla de Chepong, otro verdadero Dien Bien Phu pues, como los franceses entonces, el Pentágono y su inteligencia militar descartaron la posibilidad de que en el intrincado y montañoso lugar los vietnamitas tuvieran tanques, y se quedaron paralizados cuando vieron allá arriba los enormes PT-76 que acabaron con los minúsculos blindados que ellos había diseñado específicamente para esa región montañosa y tupidos bosques.

La última batalla fue la de la victoria que terminó con la Operación Ho Chi Minh el 30 de abril de 1975, cuando los tanques de lo que los yanquis llamaban despectivamente Vietcong, entraron a Saigón por la avenida Pasteur y se metieron en el Palacio derribando la cerca perimetral de ladrillos. 

Por ese hueco tuve el privilegio de entrar con mi fotógrafo de Granma, Walfrido Ojeda, participar en el desfile de la victoria y la concentración en la que se proclamó a Saigón como la actual Ciudad Ho Chi Minh, y ser el único corresponsal extranjero a quien se le permitió entrar y fotografiar la abandonada Embajada de Estados Unidos, tal y como la dejó en su huida el embajador Graham A. Martin, quien fue sacado a un buque en alta mar desde un helicóptero que se posó en el techo de la sede diplomática. Todo está narrado en mis libros sobre Vietnam y Laos, mis testimonios como corresponsal de guerra allí durante tanto tiempo.

Lo que quiero significar con todo esto es algo que me inquieta mucho. ¿Cómo es posible que un reconocimiento en la ley de leyes tan hermoso y humano como este: «Todos los hombres son creados iguales, son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad», sea violado, sobre todo de forma tan brutal y criminal, y no suceda nada? 

Entonces, me pregunto, ¿por qué sigue estando en la Carta Magna de ese país, cuando cada Gobierno que ha pasado por la Casa Blanca, con muy raras excepciones, la mancilla?

¿Acaso las condiciones actuales de un posicionamiento tipo fascista en la Casa Blanca y un apoyo abierto a la masacre de palestinos en Gaza, no debería mover a la instalación de otro jurado mundial como aquel Tribunal Internacional Russell contra los Crímenes de Guerra en Vietnam, que denunció y condenó la atrocidad cometida por el Gobierno de Estados Unidos en violación de esa Constitución que consagra los «derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad»?

La historicidad de la Declaración de Independencia escrita por Ho Chi Minh hace 80 años tiene una vigencia impresionante, y lo más importante, en qué enorme medida se han cumplido sus propósitos y deseos, como reza el final del documento que me permito reproducir como cierre de esta nota: «Un pueblo que se ha opuesto valientemente a la dominación francesa durante más de 80 años, un pueblo que ha luchado codo a codo con los aliados contra los fascistas durante estos últimos años, (agréguesele ahora Estados Unidos) ¡ese pueblo debe ser libre e independiente!

«Por estas razones, nosotros, los miembros del Gobierno Provisional de la República Democrática de Vietnam, declaramos solemnemente al mundo que: Vietnam tiene derecho a ser un país libre e independiente, y de hecho ya lo es. Por ello, todo el pueblo vietnamita está decidido a movilizar todas sus fuerzas físicas y mentales, a sacrificar sus vidas y sus bienes para salvaguardar su independencia y su libertad».

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