Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Reloj con elefantes, sirenas y angelitos

Autor:

Julio Martínez Molina

Durante meses evité entrar a una de las más grandes tiendas recaudadoras de divisas de mi ciudad. No más penetrar, en el pórtico aparecían unos perros gigantes, tigres acostados y otros ejemplares de adorno, provocadores de ataques de pánico por su atentado a la estética.

Creí que nunca los iban a vender. Pensé mal. Ya canes y felinos pasaron a convivir en ciertas salas hogareñas, si es que algunos no cogieron nave al planeta de los fondos ociosos.

Con posterioridad, ocuparon su lugar relojes-elefantes, relojes-sirenas, relojes-caballos, relojes con angelitos enamorados enroscados… Estos no tuvieron la misma suerte de sus predecesores. Demoraron en los anaqueles menos que el clásico merengue en la puerta de un colegio… por obra y gracia de una rebaja de precio ostensible: de los más de 50 CUC originales a veintipico…

En otras tiendas cuelgan grandes tapices de animales en selvas tropicales, cascadas… tan horripilantes como aquellos y botón de muestra del mal gusto.

Es cosa lamentable su entronización y la inexistencia a nivel colectivo, no sectorial, de un aparato evaluador hijo de una educación estética capaz de detectar tales anomalías.

Los aludidos relojes, son una puesta al día reacomodada de la «yesomanía» pretérita, y la equiparación institucional de esos «cuadros» vendidos por particulares con mesas servidas, uvas, colorines y también tigres (no pueden faltar) que constituyen la expresión de la fuerza alcanzada por el kitsch en un país donde, de forma paradójica, el nivel cultural promedio resulta superior al de otros.

Imitación, pomposidad, falsía, artificialidad, patetismo, recargamiento, exuberancia ornamental, dulzonería, vulgaridad, trivialidad, vana ilusión de felicidad o armonía, inequivalencia entre contenido y forma, «souvenirización» del hecho artístico… representan algunas de las peculiaridades de este tipo de productos.

Antaño, abordaron el tema centenares de teóricos y hasta ya en su día los mismísimos Tolstoi, Balzac, Goethe y Wells. Más allá de sus disímiles connotaciones, imposibles de referir en este espacio, constituye una deformación mundial promovida en el punto tratado, Adornos/Objetos Hogareños, por la maquinaria mercantil de producción en serie capitalista acompañada de patrones «estéticos» promocionados mediante numerosas vías.

Pero, visto en cuanto nos corresponde, ¿cuentan con las herramientas teóricas estéticas necesarias algunos de los compradores de nuestras empresas?

¿Existe un comité evaluador que valide o desapruebe lo que se agenciará en el exterior? ¿Los adefesios de marras —y otros— se adquieren de remate, por compensación, por meteduras de pata o tomaduras de pelo del vendedor extranjero?

¿Hay un estudio de mercado para su posible salida interna, sin pérdidas? ¿Se aquilata en su justa dimensión, por encima del asunto monetario, cuanto contradice esto los esfuerzos invertidos para promover la cultura y beneficiar estéticamente al pueblo?

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