Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Usted cocina y yo chapeo el jardín

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

¿Feminista tú?, le preguntan. Y es que el término todavía asusta, sobre todo cuando es un hombre el que se reconoce como tal. Él, como otros, comparte una ideología que otorga iguales derechos y deberes a los hombres y a las mujeres porque reconoce en ellas las mismas capacidades que en ellos.

Insisto. Hablamos de derechos, no de roles, porque aunque algunos avances hemos tenido en el pensamiento colectivo a nivel mundial, la sociedad ha cambiado poco desde el punto de vista sociocultural, lamentablemente. Sí encontramos mujeres en el mundo laboral, político, cívico, cultural y en otros, pero siguen comprometidas con sus roles en la vida doméstica, esos que, al parecer, son intransferibles. ¿Emancipación? En no pocos casos sí, pero sin desprenderse de algunas ataduras.

Nuestro país se piensa diferente, se anhela distinto, y 111 años después del primer impulso del movimiento feminista aquí —precursor del que más tarde se gestó en América Latina— deberíamos tomarlo en cuenta.

Hoy la mujer ejerce su derecho al voto, puede divorciarse, ejercer cargos de dirección y políticos como parte de su jornada laboral, puede ser líder de su familia, y son hechos que asumimos como cotidianos o habituales, pero se deben a esas mujeres que en 1912 se levantaron contra la desigualdad y los cánones hegemónicos de la masculinidad.

Fueron incomprendidas, etiquetadas como lesbianas —como si la ideología determinara la orientación sexual— y, pese a todo, crearon en La Habana el Partido Nacional Femenino, el Partido de Sufragistas Cubanas y el Partido Popular Feminista, para hacer valer sus derechos en una sociedad que, como sabemos, sigue siendo patriarcal y machista.

Vivir en una sociedad más justa, más equitativa y menos traumática implica, entre otras cuestiones, respetar esa lucha feminista que siempre tuvo como base la unión, porque en ella se reunían obreras, maestras, abogadas, enfermeras y también hombres como Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Juan Marinello, Miguel de Carrión y Carlos Lobeira.

La historia se enseña y se reconocen los hitos también desde las acciones desarrolladas por la Federación de Mujeres Cubanas, pero necesitamos más que eso. Es menester que en la Cuba actual se destierre, tanto en hombres como en mujeres, la ideología contraria al feminismo, o sea, la que reproduce los clásicos patrones familiares que, en no pocos casos, propicia la violencia a partir de la inequidad y la injusticia.

Persisten los tonos rosa para las niñas y azules para los niños, los juegos de cocina para ellas y los soldaditos para ellos, el mandato de «debes siempre estar peinada y ser delicada» y «los hombres no lloran» y luego, frente al espejo, ¿qué otra enseñanza pudiéramos darle a nuestros hijos y nietos, si eso fue lo que aprendimos?

Aplaudo las leyes y su correcta puesta en vigor, un gran paso hacia adelante por sí solas. Sin embargo, ellas no borrarán por sí solas los prejuicios, ni las fobias y conceptos ambiguos. Nos toca a cada uno de nosotros, hombres y mujeres, en todos los espacios en los que sea posible. Basta ya de bellezas femeninas estilizadas y en bikini en los audiovisuales y hombres rudos y «exitosos», a los que ellas les ruegan.

El feminismo no viene en lata ni se inyecta en vena. Es aprendido y aprehendido en la vida diaria. Si el término asusta, piénsese antimachista, o asúmase defensor de la equidad y la justicia. ¿El hombre no puede cocinar y yo chapear un jardín? El ejemplo es extremadamente simplista, pero espero que sea suficiente.

 

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