Aparecía todas las mañanas, al pasar las diez, en la silla de ruedas llevada por el muchacho. Un muchacho que parecía su nieto o el hijo, pero eso no importaba. Cualquier cosa podía ser a esa hora del juego. El punto es que los dos se parecían: de estatura mediana, más bien bajitos, corpulentos y con el mismo corte de cara. Demasiados detalles para no descorrerse la pinta.
El hombre llegaba con una mirada torva, aunque no era de ira. Era una mirada que observaba al mundo con extrañeza, quizá con desconfianza. Como si lo volviera a descubrir, ahora en las condiciones que estaba: semiparalítico por un accidente neurológico que, por suerte, no había dañado del todo la capacidad de hablar.
Parece que había sido una persona de oficios duros. De empleos de tragar polvo y saliva; y seguir andando, porque los brazos eran recios, lo bastante fibrosos para dar las señas de que por allí estuvo una fuerza capaz de hacer crujir los huesos de una mano.
Eran, a fin de cuentas, los aires de un hombre independiente, y que ahora estaba condenando a elegir: o le dejaba el camino libre a la enfermedad o se enfrentaba a ella a golpe de dolor o de tragarse la angustia, en medio de la sala de rehabilitación, y más al ver que ahora costaba un mundo lograr el movimiento más simple.
En medio de esa tragedia, estaba el joven. Un muchacho, que, como andan las cosas hoy, cualquiera se preguntaría qué hacía en esos menesteres: ¿por qué no se había ido del país? El asunto es que las dificultades vuelven a cualquiera un poco cínico o desconfiado, y por eso, por alguna esquina del cerebro, llegaba la idea: a lo mejor el chico recibe su mesada y mientras dure el envío, a empujar lo que venga, que la cosa está de olimpiadas.
Pero había algo entre ellos dos. Un algo que hacía pensar. De entrada, se hablaban en susurros. El crío ayudaba al rehabilitador en cada ejercicio o se ponía a corregir las posiciones. Las palabras eran precisas, pero no cortantes. Más bien parecían una invitación, y el viejo las escuchaba con el rostro ensimismado; sobre todo cuando se detenía por el dolor.
Entonces bajaba la cabeza y permanecía varios minutos callado, respirando fuerte. Ahí, el chico le ponía la mano en el hombro, se inclinaba y decía bajito: «Dale, vamos». Y el viejo volvía a hacer las repeticiones, despacio, con la boca apretada.
En ocasiones se ponían a hablar un rato. Lo hacían bajito, en un cuchicheo. De lejos, por el movimiento de los labios y los gestos de la cabeza, se veía que el viejo hablaba casi en sílabas y que el joven era el que insistía.
Otras veces la conversación aparecía; pero era de otra cosa. Nada de ejercicios ni de rehabilitaciones ni de enfermedades; porque al viejo se le empezaban a iluminar los ojos. Era la prueba de una complicidad. De ese estado al que llegan algunas personas, donde apenas se necesitan palabras.
Y esa prueba apareció de nuevo, al final de una mañana con un calor asfixiante. El viejo ya había hecho sus rondas de ejercicio y lo tenían sentado en la silla de ruedas, delante de una escalera con barandas con apenas seis escalones, amplios y cómodos para subir.
El viejo los miraba y bajaba la cabeza. Después fijaba la mirada en una esquina del salón y no hablaba. El técnico decía: «Vamos, arriba». Miraba al muchacho y le hacía un gesto que esperara. Volvían a insistirle y el viejo observaba los escalones. El pecho se le movía al ritmo de una respiración cansada, mientras los ojos recorrían cada centímetro del mueble.
Había un brillo de soledad en ellos. Quizá hasta de recuerdos y preguntas sobre otros tiempos, hasta que sintió un estremecimiento. El muchacho le había puesto el brazo por encima de los hombros. «¿Qué quieres?», le susurró el crío.
El viejo volvió a mirar la escalera. Bajó la vista y dijo: «Llévame para la casa». En el pasillo se escuchaban las voces de las enfermeras, pero por el lado de la silla de ruedas había un silencio completo. «Le va a decir que debe subir, que no puede rendirse», pensó uno. El muchacho sonrió. Le alisó el pelo al viejo, le apretó la mano con suavidad y dijo: «Vamos».