Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Andando por ahí

El escribidor decidió seguir hoy el recorrido por las calles de la ciudad iniciado la semana anterior con De calles y callejones

Autor:

Ciro Bianchi Ross

Un quitrín en el que viajan tres bellas habaneras avanza por la calle Muralla hacia el mar, mientras que un carretón que transporta cajas de azúcar se mueve en sentido contrario por la misma vía hacia la estación de trenes de Villanueva, en la calle Dragones, donde ahora se encuentra el Capitolio. Lo estrecho de la calle hace que, al pasar uno junto al otro, choquen con fuerza los cubos traseros de ambos vehículos. A consecuencia de la colisión, queda el quitrín atravesado en medio de la calle, obstruyendo la entrada de la sastrería de Uribe, mientras que la cabeza de la mula que tira del carretón se mete por la misma puerta, y el carretonero, un negro traído como esclavo, que viajaba sentado sobre una de las cajas, perdido el equilibrio, da un tremendo costalazo contra la calle.

Entre maldiciones y denuestos, ambos conductores se embisten con violencia. Gritan las señoritas con el ánimo de detener la pelea y la mayor de ellas amenaza a su calesero, un fino mulato habanero, con un severo castigo al regresar a la casa, pero nada logran frente al vocerío y las risotadas de dueños y oficiales de los comercios vecinos que, en mangas de camisa, presencian la riña desde las puertas de sus tiendas y con palabrotas exacerban la furia de los contendientes.

Ese suceso lo refiere el gran novelista cubano Cirilo Villaverde en su célebre Cecilia Valdés, fresco impresionante de la vida cubana en el siglo XIX, y, real o imaginado, es, a juicio del escribidor, uno de los primeros accidentes de calle que pasó a la letra impresa. Incidentes esos que, pese a lo calmo de la vida colonial, eran más frecuentes de lo que hoy podemos suponer y que obligaron al Ayuntamiento de La Habana a fijar el sentido de las calles. Así Muralla, Teniente Rey y Obrapía, entre otras, eran calles de subida, y Amargura, Luz, Sol y Lampararilla lo eran de bajada.

El escribidor decidió seguir hoy el recorrido por las calles de la ciudad iniciado la semana anterior con De calles y callejones, un recorrido que ojalá se disfrute y que desde la actualidad guiará al lector por La Habana de antier.

Escaparate comercial

Muralla fue, aseveran cronistas de antaño, nuestro primer escaparate comercial porque en ella abrían sus puertas tiendas de todas clases. Una de las más transitadas de La Habana de ayer. De las primeras cuatro calles donde las casas se construyeron en línea y no a capricho del constructor. Con el nombre de Real se le menciona ya en la crónica que en 1598 escribe Hernando de la Parra. Fue durante años la principal salida para el campo, pues conducía a la puerta de la Muralla llamada de Tierra y también de la Real Muralla, abierta en 1723.

En 1763 recibió el nombre de Ricla, por el capitán general que asumió el mando de la Isla a la salida de las tropas británicas; y a la cuadra comprendida entre la Plaza Vieja y Oficios se le llamó De la Cuna, por hallarse en esta, desde 1710, una institución para infantes expósitos, mientras que De Jaruco se llamó a la cuadra que corresponde a la Plaza Vieja por tener allí su residencia el conde de ese nombre.

La esquina de Muralla y San Ignacio fue la de la Tienda del Agua de Cebada, por el expendio que existía de esa entonces solicitada bebida. Ahora radica en ese espacio el restaurante La Vitrola, famoso por su cocina cubana, la música en vivo que se deja escuchar y el mojito que lleva el nombre de la casa y que es, sencillamente, espectacular. En Muralla vivió el célebre historiador Martín Félix de Arrate. Allí estuvo la primera botica que existió en la Isla, la de Sebastían Milanés.

Por Muralla entraban las tropas que venían de España. Todos o casi todos sus vecinos eran peninsulares, predominando como es natural, al igual que sucedía en toda la Isla, los asturianos, los montañeses y los gallegos. Todas las casas eran comercios, entre estos la fonda La Paloma y la quincalla El Palo Gordo. También la locería y cristalería de Humara y Lastra, representante en Cuba de la disquera Víctor, y, en la esquina de Aguacate, el prestigioso bufete Bustamante.

Era esta calle centro del elemento español más reaccionario y recalcitrante. Allí se celebró, al finalizar la Guerra de los Diez Años, el banquete monstruo en homenaje a las fuerzas vencedoras. En toda la extensión de la calle, que es larguísima, se colocaron mesas en las que se servía una espléndida comida a los soldados. La paz, para los vecinos de Muralla, por su dedicación al comercio, representaba la vuelta a la vida.

Ellos, a los cinco meses apenas de iniciada la Guerra Grande, contribuyeron con miles de duros a la imponente fiesta del entierro del gorrión, símbolo del más rancio españolismo. En un inmueble de la calle Muralla radicó una de las nueve redacciones que tuvo el Diario de la Marina a lo largo de sus 127 años de historia. Y ya en la República, sobre todo en los días de la 2da. Guerra Mundial y después, la calle dio cabida a la laboriosa colonia hebrea con sus restaurantes y cafés, tiendas para la venta de tejidos y retazos, talleres para la confección de corbatas y cinturones y la industria de la talla de diamantes…

De Ángeles y Aguacate

Ángeles, llamada así por unos ángeles que se pintaron en una pared de esa vía, fue, en sus orígenes, un camino que unía a las calzadas de Reina y Monte. Habana, una de las calles más largas de la ciudad, tal como aseguraba en 1863 el historiador Jacobo de la Pezuela, fue también, a fines del siglo XVIII, la calle del Farolito, por el que se puso en el exterior de una tabaquería sita en Habana y Empedrado en tiempos en que la ciudad padecía de una oscuridad absoluta y era esa la única luz que había en el barrio. En Habana y Merced se ubicaba la bodega llamada Del agua de boyo, por la bebida de maíz, muy demandada, que se ofertaba en ese establecimiento. Mercaderes, calle comercial por excelencia, experimentó un crecimiento lento, pero continuo a partir de 1679 y, ya en 1880, por la cantidad de bancos y casas de cambio que existían en ella, se le conocía como el Wall Street habanero.

Aguacate se llama así por un árbol de ese fruto que se plantó en el huerto del antiguo colegio de Belén. Gervasio, por Gervasio Rodríguez, empleado de Hacienda y propietario en esa calle en la esquina con la de Lagunas de una famosa conejera. Álvaro de la Iglesia, en una de sus Tradiciones cubanas asegura que el sujeto, que era jardinero de Micaela Jústez, sembró en la estancia que dicha señora poseía cerca de la iglesia de la Saluduna semilla de mango de las primeras que Felipe Alwood introdujo en Cuba y cosechó cinco de esos frutos en el primer año de producción del árbol. De esos, dos se vendieron a una onza de oro cada uno.

Gervasio se llamó también De las Ánimas, e Indio recibió ese nombre por Tomás Curiel, mexicano de Puebla de los Ángeles, que fue gobernador del Morro. Águila por la imagen de ese animal pintada en una taberna que existió en dicha calle. Lealtad, por la cigarrería de ese nombre, y Alcantarilla, por la que se abrió en las inmediaciones del Arsenal.

Suárez, que se llamó así en honor de un médico que se desempeñó como cirujano mayor del Hospital Militar, fue antes del Palomar, por uno que allí había, propiedad del Tío Domínguez. Cervantes fue el nombre original que tuvo la calle Cienfuegos, y no como recuerdo del gran escritor español, sino por el periodista cubano Tomás Agustín Cervantes, director de El Papel Periódico de La Habana.

No falta la ironía a la hora de las denominaciones. Como sucede con Economía. Un tal Cándido Rubio, propietario de un taller de madera, fabricó en esa calle, con tablas de desecho y los mayores ahorros, una serie de viviendas destinadas al alquiler.

Otros nombres

Cuando la infanta Eulalia llegó a Cuba en 1893 ya la Calzada de Infanta llevaba muchos años siendo Infanta. Se dio ese nombre cuando la madre de Eulalia, que reinó en España como Isabel II, hija de Fernando VII, era todavía infanta. El Ayuntamiento dio sin éxito a esa calzada el nombre de Avenida Menocal, y fueron vanos en 1928 los intentos de la Comisión de Historia, Ornato y Urbanismo del municipio por darle de manera oficial el nombre de Calixto García, pero ni Menocal ni Calixto. Infanta fue y sigue siendo Infanta.

Pasa lo mismo que con Galiano, cuyo nombre oficial de Avenida de Italia nunca arraigó en la población. Martín Galiano, ministro interventor de obras de fortificaciones, construyó un puente en Zanja y la calle que terminó llevando su nombre.

Fue el capitán general Leopoldo O’Donnell, el llamado «Leopardo de Lucena», gobernador general de la Isla entre 1843 y 1848, quien le dio nombre a Belascoaín, en honor de su amigo Diego de León, conde de Belascoaín, muerto trágicamente en 1841. Hasta entonces se llamó Calzada de la Beneficencia y corría entre la Calzada de San Luis Gonzaga —Reina— y la calle Ancha del Norte —San Lázaro—, esto es, desde la ermita de San Luis Gonzaga hasta la Casa de Maternidad y Beneficencia. Y en sentido contrario, sobrepasó a Reina y llegó a Monte. Correría desde el mar hasta los Cuatro Caminos. Desde 1911 su nombre oficial es Padre Varela.

En Belascoaín esquina a Estrella se hallaba, hacia mil ochocientos y tanto, la Escuela de Cadetes, y por la misma época hubo un cuartel de la Guardia Civil en la esquina de Belascoaín y Zanja, mientras que desde tiempo atrás la batería de la Reina se erigía en la esquina de Belascoaín y San Lázaro, frente a la Casa de Maternidad y Beneficencia. También en la esquina de Estrella se hallaba un hotel destinado en exclusiva a señoras que perdieron a sus esposos, oficiales del ejército español, en la guerra contra los mambises. Le llamaban la Casa de las Viudas. El edificio todavía existe. Llegó a 1959 como Ministerio de Salubridad y hoy acoge al Instituto Superior de Diseño.

 

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