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Paula, una mujer cubana, en dos tiempos

Fue prostituta antes de 1959, el triunfo revolucionario dio nuevo rumbo a su vida, privilegio que devolvió durante estos 50 años ayudando a otras mujeres a conocer y respetar sus propios derechos Pregunte sin pena

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila
Desnudos (detalle de la obra) Carlos Enríquez. A sus 77 años, Paula ve a la gente que la rodea con optimismo y confianza. No llegó a tener hijos, pero no se siente sola, porque conversa mucho con sus vecinas y con las nietas de las amigas que aún le quedan de aquella turbia juventud, cuando dejó su pueblo a la orilla de un río para ganarse la vida en la capital y ayudar a los viejos y a una hermana muy paridora, abandonada por el marido.

«Está mal que lo diga, pero yo era muy linda; había llegado hasta primer año de bachillerato; sabía taquigrafía y hasta francés, gracias a un haitiano que trabajaba con mi padre. Todo eso era más de lo que podían aspirar muchas en mi pueblo por entonces.

«Vine a La Habana buscando empleo como secretaria de una firma norteamericana, “recomendada” por uno de mis vecinos que ya tenía fortuna, y ese fue el primero que abusó de mí y terminó colocándome en un prostíbulo, con la condición además de que no dijera nada en mi casa, o no le prestaría más dinero a mi hermana para sacar adelante la finquita que el borracho de su marido había hipotecado.

«¡Mucha humillación y muchas lágrimas tuve que aguantar en mi casa y elogiaban al gran “señor” que se había portado “tan bien” con nosotras! Y todavía hay quién dice que yo hablo de esos tiempos como si fuera una novela.

«Nacer mujer ahora es un privilegio que se toma con mucha naturalidad, y es bueno que así sea porque para eso se hizo una Revolución, pero me duele que algunas no sepan el valor de todo lo que disfrutan, y abusan de tanta suerte y de esas libertades que ni soñábamos antes del año 59.

«Con tanto conocimiento y tantas oportunidades no es para que algunas muchachas vayan por ahí metiendo la pata con su salud, su preparación, su futuro...

«Creo que a pesar de lo que se ha avanzado, todavía la familia cubana es muy sobreprotectora con sus adolescentes: la mayoría ni se imagina por las cosas que pasan millones de niñas y varones de su edad en otros países, donde hay tantos esclavos sexuales a pesar del desarrollo tecnológico y de todo ese lío de la globalización.

«Antes, en Cuba no solo las prostitutas éramos maltratadas. Cuando salí embarazada —por ignorante—, ese tipo me llevó a una clínica particular en el Vedado, muy discreta, donde vi de todo. No se me olvidará nunca una mujer que a escondidas del marido había vendido su relicario para pagarse el aborto, porque ya tenía cuatro hijos, pero estaba tan mal comida que apenas aguantó la operación.

«Enseguida se deshicieron de ella como de un saco de papas. Seguro que se murió, como tantas antes de que se aprobara el aborto en los hospitales y se empezara a hablar de anticonceptivos y planificación familiar. Eso de mandar en tu propio cuerpo es un lujo que no tienen las mujeres de numerosos países, y debería ser un derecho para aprovecharlo bien, no para autodestruirse por falta de responsabilidad.

«Esa fue de las primeras cosas que logró la Federación de Mujeres Cubanas, y además luchó porque tuviéramos la oportunidad de estudiar, de conocer oficios honrosos y hacernos gente para mirar de igual a igual a cualquier hombre, como decía Martí.

«Yo no era ya tan jovencita cuando empezó la FMC, pero me sumé a los cursos Ana Betancourt, y con el tiempo pude conocer La Habana, porque antes ni me atrevía a caminar por ella.

«Después me mudé para esta provincia con un hombre bueno, que me ayudó a dejar bien atrás mi pasado. El día que vino una trabajadora social a mi barrio para hablarnos a las mujeres de educación sexual me hizo mucha gracia; así que sin pensarlo mucho fui con ella y me ofrecí para ayudarla en las charlas, aunque le hice jurar que no diría por qué yo sabía tanto de esas cosas.

«Hoy cualquiera sabe; hasta los niños varones, pero en los años 60 y 70 costó mucho que alguna gente entendiera la necesidad de esos cursos en la comunidad y en las escuelas. Sobre todo en las zonas rurales.

«¡Y cómo nos falta por lograr! Pero en esos primeros años, nada más sacar a las mujeres del fogón para hablar de estas cosas era como subir y bajar la Sierra diez veces. Por eso, Fidel decía que las mujeres teníamos una revolución dentro de la Revolución. Si no llega a ser por Vilma Espín, por Celia, por tantas que no tuvieron miedo y buscaron ayuda incluso en organizaciones fuera de Cuba, no sé adónde estaríamos ahora».

Aprender a respirar dignidad

Paula —su nombre en el antiguo oficio— no comprende por qué aún existen mujeres en nuestro país que aceptan maltratos hacia ellas o sus hijos sin buscar ayuda especializada.

«Antes era normal, y además no había mucho donde buscar. Por ejemplo: si una mujer denunciaba al jefe por acoso sexual este le podía virar el asunto y acusarla a ella de adulterio; si el marido le daba golpes, le pegaba una enfermedad venérea o la forzaba a tener relaciones, no había nada que hacer, porque ir a los hospitales era para morirse de vergüenza; y si decidías tener familia, perdías tu empleo. ¡Ni soñar que el padre ayudara en esos asuntos!

«Por suerte ahora hay leyes para todo eso, y se puede ir a la FMC a buscar ayuda, a los consultorios del Médico de la Familia, a las casas de Orientación a la Mujer y la Familia en los municipios, a la Fiscalía...

«Yo se lo explico a quienes vienen a preguntarme porque saben que fui trabajadora social —lo otro no lo saben, claro— y me asombra que no se conozca más sobre toda esa labor que impulsan la FMC, el CENESEX, la UJC, los trabajadores sociales...

«Cada vez que sale algo nuevo de ese tema yo recorto el periódico y lo guardo, porque me da mucho sentimiento acordarme de lo que pasamos en mi juventud. Primera vez que hablo de esto así, a una periodista; pero estoy tranquila, porque al menos encontré mi camino en la vida, descubrí cuáles eran mis derechos y decidí luchar por ellos.

«Ojalá todas las mujeres aprendieran a respirar dignidad sin tener que pasar por todo lo que pasamos nosotras antes de la Revolución... Y no lo digo solo por Cuba, sino por todas las mujeres en el mundo.

«Tengo una amiga mexicana que se sorprendió de que en Cuba las mujeres ganaran lo mismo que los hombres en cualquier puesto de trabajo. En su ciudad no es así, me dice; ni siquiera en muchos países que se dicen desarrollados.

«Tampoco es igual el acceso a las escuelas para las niñas, especialmente si son pobres — las que más lo necesitan—,y eso las pone en desventaja con respecto a los varones para toda la vida, porque con menos conocimientos por supuesto que ganarán siempre menos y no podrán hacer mucho por sus hijas después.

«Aquí queda machismo, pero ¡qué va! ¡Como en esos lugares!... Mi amiga me cuenta que en México tienen un refrán que lo dice todo: “La mujer, como la escopeta, detrás de la puerta y cargada”. O sea, encerrada y preñada, para que no piense en coger otros rumbos. ¿Se imaginan?».

Derechos sexuales y reproductivos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos

• Derecho a la libertad sexual.

• Derecho a la autonomía, integridad y seguridad sexuales del cuerpo.

• Derecho a la privacidad sexual.

• Derecho a la equidad sexual.

• Derecho al placer sexual.

• Derecho a la expresión sexual emocional.

• Derecho a la libre asociación sexual.

• Derecho a la toma de decisiones reproductivas libres y responsables.

• Derecho a la información basada en el conocimiento científico.

• Derecho a la educación sexual integral.

• Derecho a la atención de la salud sexual.

Pregunte sin pena

L.S.: Soy una joven de 21 años. Hace 11 meses que conocí a un joven el cual es mi pareja actual; hasta hace unas semanas todo me iba de maravilla hasta que tomamos la decisión de casarnos; entonces su familia dio un vuelco. Mi novio se está dejando influenciar por sus familiares cercanos, principalmente por su hermano, y eso me ha llevado a discusiones con él. Sé que esa conducta le está haciendo daño a la relación.

La relación de pareja pasa por distintas etapas y cada una trae consigo grandes alicientes y enormes retos. El matrimonio, además de la decisión de compartir la vida, implica también la integración a grupos familiares preexistentes.

Cada familia tiene su estilo propio, sus normas, valores, límites, formas de comunicarse, códigos e historias, que no siempre concuerdan con los del recién llegado. Es de esperar entonces que aparezcan conflictos entre este y la familia, así como entre ambos cónyuges, en tanto se incorporan de fuentes familiares diferentes. Por eso la convivencia matrimonial y la integración familiar que esta implica requieren de mucho más que amor para establecerse satisfactoriamente.

No profundizas en las causas, pero es necesario que tú y tu esposo se detengan a pensar en ellas, y sobre todo a encontrar formas de enfrentarlas o sobrellevarlas. Lograr que su familia te acepte va a requerir mucho de tu esfuerzo personal y el de todos, pues no siempre resultará fácil aceptar los cambios que impone tu presencia.

Entre los hermanos existía un vínculo histórico en el cual ahora tú irrumpes; sin darte cuenta estás alterando su sistema. Los actos desagradables del hermano pueden ser la expresión de su dificultad para aceptar su nueva posición en la familia.

Lo que está sucediendo es típico de los primeros tiempos en cualquier pareja y no tiene que ser de ningún modo invencible. De ustedes depende hacer de esto una oportunidad para lograr una mejor integración familiar.

Mariela Rodríguez Méndez, máster en Psicología Clínica, consejera en ITS y VIH/sida.

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