Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Lo posible y lo imposible

Autor:

Luis Sexto
Vamos a «filosofar». Qué opción le queda al que ejerce la opinión. ¿Callar? ¿Y sería honrado renunciar a decir lo que se piensa sobre las cosas, pensando, claro está, lo que se dice? Si se piensa, se «filosofa», como se refieren algunos, un tanto despectivamente, al acto de reflexionar. Piden ir a lo concreto.

A ello vamos. A veces queremos hallar un «culpable» de lo que anda mal. Suele haberlo. Suelen existir errores y los errores tienen un sujeto. A veces es colectivo, estructural. Habrá que distinguir la responsabilidad individual de la general. Por ejemplo, si alguien, en contra del sentido común, del parecer de los ciudadanos, incluso a contrapelo de sentencias firmes de tribunales, decide una acción, que se ejecuta y permanece, podríamos preguntar: ¿Es solo una persona la culpable?

A mi juicio, no. Comparten la responsabilidad quienes lo permiten o lo favorecen con su apoyo o sus exigencias de que las cosas han que hacerse a cualquier precio. La comparten también estructuras organizativas verticales que facilitan «actuar cómo te parezca» sin respetar reglas, leyes, opinión pública... Por lo tanto, cuando se reflexiona sobre un problema o una actitud individual como la que he descrito —y conozco—, hay que emplear conceptos generales, hay que «filosofar» sobre lo que es bueno y malo, conveniente e inconveniente, justo e injusto. O lo posible y lo imposible.

Dispénsenme la clase... Quiero decir, en fin, que nuestro país está moviéndose dentro de un debate propiciado por el Partido. Ya sabemos, por palabras de nuestros líderes más preclaros, que la sociedad tiene indefectiblemente que mejorar. Mejorar es, más que un deseo, una necesidad que ha de superarse con readecuaciones económicas y sociales. Cuando Raúl se refirió el pasado 26 de Julio, en un discurso ya clásico, a los problemas que afectan a Cuba, uno se sintió más comprometido con la realidad y su mejoramiento. Comprobamos que hay conciencia de que el socialismo no puede descansar en un camastro de deudas pendientes, de proyectos realizados a medias o mal realizados, o deteriorados por la circunstancias.

Y cómo hacer para revertir carencias y falencias. A mi modestia de «opinador» le parece que hemos de acudir a las categorías de lo posible y lo imposible. Acepto que la economía cubana no está por ahora en posición financiera de invertir y desarrollarse en un proceso constante. Pero es posible adoptar iniciativas que impulsen, que solucionen parcialmente, que mejoren o optimicen incluso lo que se habrán de invertir alguna vez.

De ello se puede derivar una conclusión: nuestra organización económica y social tiene que sistematizar el concepto de la «mejoría continua». Como bien indica la filosofía de la calidad, el enfoque que mejora no ha de aplicarse luego de cometerse el error, sino antes, para preverlo de modo que el voluntarismo y la improvisación sean proscritos de una vez y para todos los tiempos.

Por otra parte, el control, el casi todopoderoso control que algunos encarecen, no es capaz de superar por sí mismo las deficiencias; solo está apto para mantener lo existente. ¿La práctica acaso ha confirmado que al controlar con rigor la entrada y la salida del trabajo —que hay que ejercerlo, desde luego— habrá un aumento automático de la productividad? Del mismo modo, la consigna —otro método ya saturado— no promueve, como con pases de magia, las condiciones básicas para que el trabajador tenga plena autoconciencia de su labor...

La vida demanda respuestas todos los días. Verdades de Perogrullo que a veces quedan tiradas en la cuneta, como si a nosotros no nos tocara percatarnos de cuanto no hacemos correctamente. Para responder tendremos que «filosofar», enjuiciar la práctica como el médico al paciente, porque entre nosotros han campeado ideas carentes de reflexión crítica y de confirmación práctica.

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