Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Las cumbres de un descubridor

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Hace pocos días, cerca de la estación meteorológica de Pico San Juan, el punto más alto de las montañas del Escambray, a 1 140 metros sobre el nivel del mar, quedó erigido un busto a la memoria del científico, geógrafo, espeleólogo y arqueólogo cubano Antonio Núñez Jiménez.

La obra, esculpida en hormigón blanco macizo por el artista espirituano de la plástica Félix Madrigal Echemendía, y levantada en condiciones adversas por lo abrupto del terreno, alberga en sí misma un altísimo simbolismo, al inmortalizar en una de las cimas más altas de nuestra nación a la figura de quien ha llegado a considerarse el cuarto descubridor de Cuba, después de Cristóbal Colón, Alejandro de Humboldt y Fernando Ortiz.

Con los quehaceres de Núñez Jiménez y sus afanes de naturalista preclaro siempre estaremos en deuda. Y sobre todo por ese talante de hombre apegado a las profundidades y a los desafíos científicos más insondables, desvelo que lo hizo convertirse desde bien temprano en cátedra, principio y cúspide en la larga historia de la espeleología cubana.

Indagador como nadie de nuestro subsuelo insular, este amante y ansioso conocedor de la geografía física, con apenas 16 años ya andaba iniciado en el complejo mundo de las exploraciones de grutas y cuevas, y así llevó con entusiasmo creciente la precisión de sus estudios hacia diversas áreas del archipiélago, entre las que se cuentan la pinareña Caverna de Santo Tomás, en la Sierra de los Órganos, descubierta por él a mediados de la década de los 50.

Pero sus energías por comprender a fondo las zonas más incógnitas del medio ambiente lo forjaron también como un fecundo impulsor de la meteorología, ya que inauguró en 1964 el Departamento de esta ciencia en el país, y más tarde fundó el Instituto Nacional. Contribuyó, además, a crear un sistema de servicio y diagnóstico avanzado y a fundar la escuela de esa especialidad.

Tras explorar una buena porción de su tierra natal, Núñez Jiménez formó parte de innumerables incursiones científicas por el mundo. En 1972, invitado por el servicio meteorológico de la URSS, visitó el Polo Norte; y diez años después tuvo el privilegio de pisar la superficie de la Antártida. Hizo un viaje de estudio a las Islas Galápagos, e indagó en las culturas antiguas de Centroamérica, especialmente sobre los mayas y los incas.

Entre sus hazañas científicas más distinguidas, no podrá ignorarse la expedición internacional En canoa del Amazonas al Caribe, que de 1987 a 1988 le permitió recorrer una veintena de países.

Por ese punto de nuestra geografía donde ahora se yergue una escultura a su memoria, anduvo también Núñez Jiménez en 1948, junto a un grupo de estudiantes de la Universidad Central de Las Villas (UCLV), intentando precisar el sitio más elevado de la zona centro-occidental del archipiélago.

Y es que precisamente en su interés por lo ignoto; en su osadía ante cualquier riesgo que lo hizo capitán del Ejército Rebelde; en su probada militancia desde la erudición, y en ese legado profundísimo que le fraguara a la ciencia y la cultura de Cuba, radican las mayores cumbres de su grandeza como descubridor.

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