Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Nadie se va en blanco

Autor:

Nelson García Santos

Diciembre siempre llega con sabor a fiesta, a recuentos de alegrías y pesares en ese continuo renovar del almanaque, que nos acompaña hasta el último día después de la inmensa dicha de haber vivido.

Por sobre todos los avatares, este mes convoca a seguir remando con optimismo en los anhelos personales, y prevalece en las mentes —excepciones hay— la convicción de que pronto nos irá mejor, en lo  individual y a la sociedad en la que respiramos, aunque tampoco sea de manera muy holgada, por lo que usted y yo sabemos de memoria.

La alegría navideña deviene motivadora y esperanzadora en ese trance de despedida y bienvenida, que llega a su máxima expresión a las 12 de la noche del 31, cuando se agolpan en la memoria, como un relámpago, nuestros más sublimes sueños y esperanzas.

Diciembre imprime aliento al brioso, ese que abraza el regocijo como
remedio santo contra la depresión y deja a un lado el lamento, sin jamás desdeñar un pensamiento para los seres queridos que no están. Mientras, el pesimista, genuino aguafiestas, se ahoga en su andar de tiñosa por excelencia, con los sentidos nublados por las oscuridades que ve por todas partes y emanan de sí mismo. 

Este es el mes que desencadena el resumen, y solo es posible atraparlo en un montón de líneas con vagas generalizaciones sobre ese anual parto universal de acontecimientos dramáticos, euforias, sorpresas y descubrimientos científicos que envuelven a las sociedades y a su estructura medular por excelencia, la familia.

En diciembre, por mucho que apriete la soga al cuello, nadie «se va en blanco». Y no estoy delirando ¿de acuerdo?,  porque acostumbramos a cuadrar bien la caja personal, muy diferente a aquella de quienes ceban a nuestra costa sus bolsillos. —Sí, ya sé que a ustedes, perspicaces lectores, tampoco les hace falta fijar el apellido sobre a cuáles personajes me refiero —.

En verdad, de una manera u otra se celebra el fin de año en todos los hogares, y cada cual lo hace de acuerdo con sus posibilidades, a pesar de los precios siderales impuestos sin ninguna lógica humana por quienes esgrimen el pretexto de la inflación. 

Realmente abundan los encuentros con familiares y amigos y se hacen poninas para sufragar los gastos de la cena o las bebidas, con tal de hacer sobrevivir ese intercambio filial que es raíz cardinal en estos días, independiente de los platos que adornen la mesa.

En ese ajiaco de alegrías, recuentos y agradecimientos por volver a vivir un fin de año y sentir por dónde anda la vida, brota diáfano el 31 como antesala del advenimiento de las celebraciones por el triunfo de una Revolución que se renueva, se sacude y despeja sus trabas e impedimentos, quizá no con toda la velocidad que deseamos, pero sin retrocesos. ¡Y bien vale ese empeño un brindis y un voto de confianza! 

 

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