El lado oscuro del conocimiento

Robots aéreos y terrestres; entrenamiento de los más insospechados animales; investigaciones para potenciar la capacidad física y mental de los soldados… la industria de la guerra constituye un gran negocio para algunos adalides de la ciencia

Autor:

René Tamayo León

Lo deseable sería ver y leer en la prensa cuánto se está haciendo para convertir el planeta en un espacio de paz. Pero no es así. La guerra es el imperativo del espectáculo.

El último tic de los medios de información son las nuevas tecnologías que se están empleando en las contiendas bélicas de los países imperiales contra las naciones tercermundistas.

Parecen cosa de ciencia-ficción. Mas no son visiones futuristas. Ya están en el campo de batalla.

La maquinaria militar de los países dominantes dedica mucho dinero para incorporar los últimos adelantos científicos a su arsenal. Siempre fue así. Pero ahora los desembolsos parecen ser mayores. Con EE.UU. a la cabeza, están invirtiendo sumas exorbitantes en el giro de las ciencias para dotar a sus ejércitos de las más sofisticadas tecnologías.

Los hallazgos e innovaciones a los que le han echado mano incluyen casi todo, desde el área robótica, la producción de nuevos materiales, hasta los resultados médicos de avanzada como los de las neurociencias —para potenciar el rendimiento físico y mental de sus efectivos.

Según los políticos y mandos imperiales, el éxito en el teatro de operaciones dependerá de cuántas armas de nuevas tecnologías sean capaces de desplegar. Parten de dos supuestos: uno, tener la superioridad militar; dos, reducir al mínimo el número de sus soldados heridos o fallecidos.

La industria de la guerra constituye un gran negocio científico. Así, muchos centros de investigación no han dudado en ponerse a la orden de las castas imperiales, al mejor estilo de su gran complejo militar-industrial.

«Toda» la ciencia al frente

Un artículo del periódico El País pasó revista hace poco a parte del arsenal que ha desplegado Estados Unidos en los países que ha invadido bajo el paraguas de su «lucha contra el terrorismo».

Entre ellos está el Big Dog, un ingenio mecánico de cuatro patas capaz de transportar vituallas militares por los más difíciles terrenos; el pequeño autómata de infantería PackBot, que se carga en la mochila y puede realizar tareas que habitualmente tenían que hacer los soldados, y los aviones no tripulados conocidos como drones, ya de triste celebridad por los centenares de civiles que han matado, entre ellos ancianos, mujeres y niños.

El diario español también informa de las nuevas armas que pronto estarán en el terreno de forma masiva, como el fusil «inteligente» XM25, cuyos proyectiles pueden programarse para explotar antes o detrás de la diana y están preparados para alcanzar a individuos a 700 metros de distancia que estén parapetados tras muros y otros obstáculos.

El XM25 hoy se prueba en Afganistán.

La «joyita», empero, es el Small Unit Space Transport and Insertion, un programa del Pentágono que les permitiría transportar a sus marines en cohetes suborbitales. Estos ingenios espaciales facilitarían colocar en dos horas a sus soldados en cualquier parte del planeta.

También desarrollan investigaciones para lograr que los soldados se comuniquen mentalmente, para que puedan autorregenerar parte del cuerpo si resultan heridos, e incluso para suprimirles recuerdos traumáticos, pues si bien con las nuevas tecnologías buscan reducir sus bajas, no han logrado que muchos de sus soldados se den luego un tiro en casa, como consecuencia de los horrores que vieron en la guerra.

El arte de matar cada día es más consumado. Pero ninguno de los nuevos armamentos o apoyos logísticos ha resultado invulnerable; al final, el «terreno» es el que determina. Todos estos ingenios acumulan más de un fracaso.

Pero la carrera continúa. Los centros de poder no han abandonado ni tan siquiera los viejos programas de entrenamiento de animales. El sitio digital www.cubadebate.cu reseña por estos días, a propósito de la cacería de Osama bin Laden, revelaciones de medios norteamericanos que comentan sobre el empleo en estas operaciones no solo de canes especialmente entrenados, sino hasta posiblemente de cuervos.

Se supo, así, que John Marzluff, profesor de Ciencias de la Vida Salvaje en la Universidad de Washington, cubrió un contrato castrense para entrenar cuervos a fin de identificar y marcar a un objetivo.

Los plumíferos fueron adiestrados a través del uso de máscaras —en este caso de hombres cavernícolas—, y aún hoy lo siguen haciendo cuando alguien se las pone en el campus universitario, relata el medio.

Marzluff —agrega el reporte— no está seguro de si los cuervos participaron en esta búsqueda, pero dijo que el ejército se había vuelto a interesar en su investigación pese a haberle retirado el financiamiento años atrás.

«Estas aves tienen una memoria a largo plazo, habilidades de discriminación muy notables, y si un grupo de cuervos era entrenado para reconocer a Osama bin Laden como un enemigo, sin dudas indicarían su presencia la próxima vez que lo vieran», dijo el especialista.

Así no, diría Asimov

Los ingenieros e investigadores de los más disímiles campos que han trabajado a favor de las industrias militares de los centros hegemónicos se sienten más que satisfechos por los resultados, y que de seguro continuarán obteniendo.

Hablan de haber convertido la ciencia-ficción en realidad. De haber hecho posible los más vastos sueños infantiles.

El desarrollo de la robótica es una de las zonas más aplaudidas cuando alguien se refiere al tema.

En medio de tanta complacencia han olvidado, sin embargo, una de las claves de estas imaginerías: las Tres Leyes de la Robótica formuladas por el escritor Isaac Asimov:

—Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

—Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley.

—Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

Por supuesto que para los generales del Pentágono y otras grandes capitales, lo que sí sigue siendo cosa de ciencia ficción son las premisas éticas por las que se debería guiar el ser humano, incluido en el área de la ciencia.

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