Hedores, humo, preguntas...

Eduardo E. Muñoz envía un S.O.S. con señales de humo y malos olores, en nombre de los residentes en Campo Florido, municipio capitalino de La Habana del Este.

El joven, quien reside en Máximo Gómez 310, entre José A. Bañuls y Mártires de Girón, en esa localidad, advierte que hace ya unos meses, se decidió instalar en la misma entrada norte de ese pueblo el vertedero municipal donde se evacuan los desechos de ese municipio.

Refiere que al principio era el insoportable hedor, y a ello se ha unido, hace unos tres meses, otra molestia más agresiva para la salud de las personas y para el medio ambiente: «Sobre todo los domingos en la noche le prenden candela a dicho vertedero con toda la basura de un municipio tan grande como La Habana del Este. Como resultado, tenemos un humo asfixiante, una especie de niebla que cubre todo el pueblo, y se hace imposible respirar».

De acuerdo con las investigaciones del propio Eduardo, los días en que se quema en el vertedero, aumentan en un 35 por ciento en las consultas del policlínico local los pacientes afectados por problemas respiratorios, especialmente asma.

«Un buen coctel de veneno», así denomina el lector lo que combustiona allí: plástico, aluminio y plomo entre otras materias. Y dicho foco se adiciona a la afectación ecológica que sufre el río local, como consecuencia de todos los desagües del reparto La Coca.

Con tristeza Eduardo defiende aquellos tiempos en que, según los más viejos, se podía mitigar el calor en las aguas del río, esas aguas que alimentaban los regadíos de los sembrados. Ya nada de eso se puede hacer.

Por ello alerta de lo que puede hacerse a tiempo todavía con el vertedero. «De no hacerse algo al respecto, nuestro aire, que aún podemos respirar, un día lo recordaremos como hoy se recuerda el río de Campo Florido».

La segunda misiva la envía Maricela Plana Estupiñán, vecina de calle 31, número 21003, apartamento 16, entre 210 y 212, reparto Versalles, en el municipio capitalino de La Lisa.

A Maricela se le otorgó un televisor Panda en su centro de trabajo en septiembre de 2001, y ya en ese propio mes ella concertó su contrato de pago del equipo con el Banco de 23 y 8, en el Vedado. En octubre de ese año comenzaron a descontarle por nómina el pago del crédito concedido.

En septiembre de 2006 ya concluía el desembolso de los 4 000 pesos y, sin embargo, le han seguido descontando en nómina algo que ya está amortizado.

Maricela ha ido en varias ocasiones a la Dirección Municipal de Educación de Plaza, a la cual pertenece su centro, a entrevistarse con la compañera que atiende el área económica, y siempre le dicen algo diferente: que si ya le van a liquidar, que si las nóminas del 2001 y 2002 se perdieron, que si esa compañera comenzó allí después, que si está de licencia sin sueldo, que si vacaciones...».

En conclusión: siempre es un pretexto diferente, y le siguen descontando.

Maricela fue al Banco y pidió el submayor de su cuenta. Y según esa institución, todavía le queda un año por pagar. Maricela no entiende nada ya, y pregunta: «¿Hasta cuándo tenemos que seguir pagando las culpas del mal trabajo de otros?».

Elsa Mestre me escribe desde San Lázaro 1210, en la capital, para reportar un olvido que lacera a muchos ancianos: la Casa de Abuelos de Plaza, de calle 11 número 258, entre Paseo y A, ya va a cumplir un año cerrada por reparación. «Y esta es la fecha en que no han puesto ni un ladrillo».

La señora, que es presidenta del Consejo de Abuelos de esa institución, transmite la tristeza de los 60 veteranos que allí encontraron paz, orden y atención en sus vidas, entretenimiento y alta autoestima, esperan en sus soledades por que aquella salvación vuelva a llenar sus vidas.

Los viejitos han escrito cartas a diestra y siniestra a todos los niveles, y no ven cercana ninguna esperanza, ni tampoco una explicación fundamentada de por qué sigue aplazándose la recuperación de ese centro, que tanto necesitan.

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