Indolencia y maltrato de la mano

Los ciudadanos frecuentemente se las ven solos con sus problemas frente a entidades estatales que están diseñadas para prestar servicios, pero parece que olvidan su objeto social entre dilaciones, abandonos...

Caridad González Morfa (Carretera Central 1256, apto. 1, entre Dolores y Lucero, San Miguel del Padrón, La Habana) cuenta que en junio de 2006 se averió una tubería maestra situada en la acera. Y desde entonces el agua comenzó a manar e inunda su casa por los cimientos, aparte de que afecta el pasillo de acceso a varios apartamentos.

En agosto de 2016 Caridad lo reportó a Aguas de La Habana. Dos meses después se presentó una representante de esa entidad que detectó varios salideros. Pero en ese momento solo remendaron la acometida. Prometieron volver.

Fueron otra vez y constataron que la tubería maestra estaba en malas condiciones. Vieron con sus propios ojos solo los daños ocasionados a la casa de Caridad, pero la filtración subterránea se extiende. Hasta un vecino de los altos percibe cierto deslizamiento de su casa.

Se aprobó cambiar entre 60 y 80 metros de tubería. El pasado 30 de mayo volvieron, y tanto la compañera de Pitometría como el jefe de la brigada de reparaciones informaron que los trabajos se iniciarían a partir de la semana siguiente.

«Estamos finalizando agosto, cuenta en su carta, y no se ha personado funcionario alguno, ni de Acueducto y Alcantarillado ni de Aguas de La Habana, a ofrecer alguna explicación sobre el inicio de las reparaciones», señala.

Lo peor, según Caridad, es que «la indolencia y el maltrato se han dado la mano: El agua potable, tan escasa, la que tantos necesitan, se pierde irremediablemente a la vista de todos, dentro de mi casa y por el pasillo. ¿Cuánta agua se pierde y se perderá mientras no se asuma la reparación debidamente planificada, pero aún olvidada? ¿Y mi casa? ¿La perderé también?».

¿Los cerdos primero que las personas?

Mauricio Acosta Acosta (Mirasol 57, entre Real y Sánchez Gómez, Barreras, Guanabacoa, La Habana) cuenta que a mediados de 2015, en medio de la campaña por la erradicación de vectores, hizo una denuncia a su vecina colindante ante la Dirección de Higiene y Epidemiología municipal, por la cría de cerdos en su patio.

Conocedor de la legislación al respecto, Mauricio sabe que lo normado para la crianza de cerdos es que estén a 500 metros de la vivienda más cercana, hacerles sus fosas independientes, así como solicitar el permiso de la Dirección Municipal de la Agricultura para que evalúe y otorgue ese derecho.

Los inspectores se personaron allí, y decidieron el retiro inmediato del cerdo por no cumplirse las condiciones necesarias para su crianza: la vecina tiene el cerdo en el borde mismo del patio, a solo dos metros del comedor de Mauricio.

Consigna él que a los pocos meses, la aludida acondicionó la crianza a su manera, y situó dos cerdos, a pesar del reclamo de otro vecino que sufre la misma pestilencia y el peligro de cualquier contagio.

Mauricio fue esa vez, en julio de 2016, a la Dirección Provincial de Salud y expuso la reiterada situación. La visita apareció, señala, aunque algo tardía. Las inspectoras dictaminaron lo mismo que la primera vez, y le dejaron la indicación a la Dirección Municipal de Salud de dar seguimiento a lo dictado.

Pero como no se cumplen los dictámenes, a los pocos meses aparecieron dos animalitos más. El 1ro. de agosto, cuando me escribió, Mauricio contaba que dos semanas atrás, había ido a la Dirección Municipal de Salud de Guanabacoa, y no pudo hablar con algún directivo.

Entonces se dirigió a la Dirección Municipal de Higiene y Epidemiología. Allí le dijeron que tenía que presentar por escrito su reclamo. Al fin le tomaron los datos y prometieron indagar y hacerlo saber a los superiores.

«Hasta el momento —afirma Mauricio— no se ha realizado la visita, de la cual les recomendé que esta vez tiene que ser definitoria, pues no se puede soportar tanto atropello y tanta incompetencia de las autoridades en distintos niveles. En mi casa vive un niño alérgico, que tiene que convivir con la pestilencia y con el exceso de creolina que la vecina le echa a su corral.

«Espero que las autoridades de Salud tengan la suficiente convicción de poder dar término a este atropellante dilema que vivimos los vecinos afectados por dichos animalitos», concluye Mauricio.

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